«El duelo como espacio compartido en Pedagogía Hospitalaria”

Noelia Sirat Castillo
Psicologa. Master en duelo. 1 Congreso Internacional en Pedagogía Hospitalaria Universidad de Barcelona

En los últimos años, la visibilización del duelo en contextos educativos y sanitarios ha crecido de manera significativa. Sin embargo, sigue existiendo un vacío importante en lo que respecta a la atención emocional de los niños, adolescentes y profesionales que transitan el dolor desde los márgenes institucionales. Esta comunicación busca aportar una reflexión situada y profundamente humana sobre el duelo en el contexto del aula hospitalaria, integrando aportes teóricos contemporáneos, experiencias prácticas y una mirada pedagógica y relacional del cuidado. Más allá de la enfermedad o la muerte, el duelo se manifiesta como un proceso de transformación subjetiva que atraviesa todas las dimensiones de la experiencia humana: la corporalidad, el vínculo, el tiempo, la identidad y el sentido.
– El aula hospitalaria como encrucijada emocional
El aula hospitalaria representa una encrucijada donde confluyen vida, enfermedad, aprendizaje y despedidas. Los niños y adolescentes no solo enfrentan la interrupción de sus rutinas escolares, sino también la pérdida de su salud, sus roles previos y, a menudo, de sus compañeros. Estas pérdidas, que a menudo no se manifiestan con lágrimas ni se anuncian con palabras, están presentes en las miradas, los silencios, la resistencia al juego o el rechazo a volver a escribir. El duelo hospitalario, en este sentido, no se limita a la muerte, sino que incluye todo lo que ha sido arrebatado o transformado abruptamente.
– Comprender el duelo desde modelos contemporáneos
Autores como Robert Neimeyer, William Worden y Alba Payás han contribuido con modelos clave para comprender el duelo desde una perspectiva contemporánea. Neimeyer lo define como una reconstrucción del significado vital tras una pérdida; Worden habla de tareas adaptativas, como aceptar la pérdida, trabajar las emociones y recolocar al fallecido emocionalmente; y Payás propone un modelo integrativo-relacional donde el duelo solo puede ser integrado en el vínculo humano seguro. Estos enfoques coinciden en que el duelo no es un estado fijo ni una línea recta de etapas, sino una experiencia viva que demanda presencia, escucha y acompañamiento.
Duelo infantil y adolescente:Claves de acompañamiento
La infancia y la adolescencia son etapas vitales profundamente atravesadas por procesos de construcción subjetiva, por lo que el duelo en estas etapas no puede comprenderse desde modelos lineales o adultocéntricos. La muerte, como concepto abstracto, no se incorpora de manera completa hasta aproximadamente los 9-10 años, según diversos estudios en psicología evolutiva (Corr, 2004; Nagy, 1948). Por ello, acompañar el duelo infantil y adolescente requiere comprender no solo lo que sienten, sino cómo piensan, cómo simbolizan, y cómo viven el vínculo con la pérdida.
Infancia: lo que no se dice, también duele
En los niños pequeños, la muerte se vive más como una separación que como una desaparición definitiva. Por eso, pueden manifestar su dolor a través de síntomas regresivos ( aferrarse al adulto, chuparse el dedo), juego simbólico repetitivo, ansiedad por separación, irritabilidad o incluso euforia. No debemos confundir su aparente “normalidad” con indiferencia: los niños a menudo “dosifican” el duelo, alternando momentos de tristeza con juego y distracción.
La labor del adulto en este caso no es anticipar ni forzar el proceso, sino estar disponible, facilitar un lenguaje emocional accesible, ofrecer explicaciones claras y sin eufemismos (“se ha ido al cielo” puede generar confusión), y sobre todo, permitir que cada emoción tenga un lugar sin corregirla.
👉 Herramientas educativas:
- Cuentos como El corazón y la botella (Oliver Jeffers) o Para siempre (Camino García y Mónica Carretero).
- Dibujos libres que representen la ausencia o el recuerdo.
- Actividades de memoria (sembrar una planta, hacer un collage de fotos, crear un cuento con el nombre del ser querido).
Adolescencia: duelo en tierra movediza
Acompañar el duelo en la adolescencia es especialmente delicado. Esta etapa ya supone por sí misma una transformación vital intensa: redefinición de la identidad, necesidad de pertenencia, afirmación del yo, y descubrimiento de la muerte como algo que también puede alcanzarlos. Cuando un adolescente pierde a un compañero, a un ser querido, o vive su propia enfermedad, se enfrentan a un colapso del sentido.
A diferencia de los niños, los adolescentes entienden cognitivamente la muerte, pero pueden tener dificultades para expresar emocionalmente el dolor, ya que temen perder el control, mostrarse vulnerables o ser excluidos por el grupo. El duelo puede expresarse a través del silencio, la ira, la negación, el consumo de sustancias, la apatía o el retraimiento. Algunos incluso desarrollan actitudes nihilistas o preguntas existenciales profundas.
En este caso, el adulto debe ser un referente afectivo pero no invasivo. No se trata de forzar una conversación, sino de crear disponibilidad emocional, ofrecer escucha sin juicio, y habilitar espacios simbólicos donde no haga falta hablar si no se desea.
👉 Herramientas pedagógicas para adolescentes:
- Cuadernos de expresión emocional: pueden escribir o dibujar lo que no quieren decir.
- Listas de música que evoquen al ser perdido.
- Actividades de grupo para recordar colectivamente: un mural, una cápsula del tiempo, un rincón de la memoria.
- Cartas que no se entregan: escribirle a quien ya no está puede ayudar a integrar el vínculo.
Validar, no solucionar
En todos los casos, el acompañamiento se basa más en el testimonio emocional del adulto que en sus respuestas. Como señala Alba Payás (2014), “las emociones no necesitan ser corregidas, necesitan ser reconocidas”. Validar el enfado, la tristeza, el miedo, o incluso el deseo de no hablar, es ofrecer un espacio seguro. No tener prisa por “pasar página” es un gesto de respeto profundo hacia el proceso del otro.
En contextos hospitalarios, esto implica también cuidar la continuidad educativa desde un enfoque que respete el tiempo emocional del niño o adolescente. No es lo mismo seguir el currículo, que acompañar el sentido de estar presente en clase cuando el cuerpo o el alma duelen.
El rol del aula hospitalaria
El aula hospitalaria es muchas veces el único espacio donde el niño o adolescente puede hablar del duelo sin la presión del entorno familiar, donde muchas veces el dolor está silenciado o desbordado. En este sentido, el docente se convierte en facilitador del proceso, no en terapeuta. Su tarea no es curar, sino sostener, validar, y cuidar. Puede no tener todas las respuestas, pero su presencia cálida y constante es, muchas veces, más sanadora que cualquier discurso.
– Herramientas educativas para el acompañamiento del duelo
En el aula hospitalaria, no se necesita ser terapeuta para acompañar el duelo. Algunas herramientas eficaces incluyen:
– Cuentos simbólicos sobre la pérdida.
– Escritura de cartas o diarios personales.
– Creación de rituales simbólicos: plantar un árbol, hacer un mural o un rincón de memoria.
– Dinámicas grupales para compartir emociones (círculos de palabra, juegos simbólicos).
– Uso de títeres, arte y dramatización para representar el dolor de manera segura.
– Cuadernos de emociones o agendas del sentir.
Estas propuestas permiten a niños y jóvenes elaborar el duelo sin forzar el relato verbal, permitiendo el acceso a narrativas que construyen sentido.
– El duelo del profesional: humanizar el acompañamiento
Los profesionales del aula hospitalaria también experimentan pérdidas: alumnos que no regresan, vínculos breves pero intensos, familias devastadas por la muerte. Todo ello genera un duelo desautorizado que rara vez tiene espacio para ser procesado. Figley (1995) advierte del riesgo de fatiga por compasión: un desgaste emocional que, si no se atiende, puede derivar en agotamiento, apatía o despersonalización. Por eso, el autocuidado no es un lujo, sino una necesidad ética. Supervisión emocional, círculos de cuidado, validación entre pares y rituales internos (escribir, despedirse simbólicamente, recordar con respeto) son fundamentales.
– Casos y experiencias ilustrativas
• Caso Mar: Tras el fallecimiento de una niña, sus compañeros decidieron poner una flor en su silla cada lunes. Este gesto sencillo ayudó al grupo a sostener la memoria y el vínculo.
• Caso Iker: Adolescente que perdió a su amiga y se rehusó a hablar. Se le ofreció un cuaderno. Semanas después, devolvió el cuaderno con un dibujo que decía: “Gracias por no obligarme a hablar”.
• Caso colectivo: En un aula, tras la pérdida de un compañero, los docentes propusieron hacer un mural con frases, dibujos y colores. Fue una forma de despedida compartida que facilitó el tránsito emocional de todos.
– Conclusión: Educar desde el duelo, educar desde la vida
Educar en duelo es educar en humanidad. Implica mirar el dolor de frente, ofrecer presencia sin juicio, y recordar que la emoción no obstaculiza el aprendizaje, sino que forma parte de él. El aula hospitalaria, con su fragilidad aparente, puede ser uno de los lugares más transformadores de la práctica educativa. No todo lo que duele puede evitarse, pero casi todo lo que duele puede ser acompañado. La pedagogía del duelo no busca eliminar el sufrimiento, sino habilitar su expresión para transformarlo en sentido. Esta es, quizás, la tarea más valiente y necesaria que nos queda como educadores en contextos de vulnerabilidad.
Por todo ello, Esta comunicación no busca dar fórmulas cerradas, sino abrir preguntas necesarias: ¿Qué escuela queremos ser ante la pérdida? ¿Qué lugar tiene la emoción en nuestra pedagogía? ¿Cómo cuidamos al que cuida? ¿Cómo construimos espacios donde el dolor pueda expresarse sin temor? Educar en duelo es, en última instancia, una forma de humanizar la educación. Y el aula hospitalaria, puede ser uno de los lugares más poderosos para hacerlo posible.
