EL DIOS INTERIOR
EL día 22 de diciembre caminaba yo por la Gran Vía de Granada a eso de las siete de la tarde y al llegar cerca de la iglesia del Corazón de Jesús vi que entraba en ella un amigo al que conocí cuando hacíamos la mili. No era en aquel momento mi intención de saludarlo y tampoco entrar en la iglesia y seguí andando, y cuando ya me había alejado unos 20 metros me vino a la memoria que Germán, que ese es su nombre, jamás había pisado una iglesia desde que era niño, y si no era ateo, al menos sí que era contrario a todas las prácticas religiosas.
Prueba evidente y con fuerza que cuando se casaron sus dos hijas se negó en rotundo a asistir a la ceremonia religiosa a pesar de los insistentes ruegos y enfados de la familia de uno y otro lado. Confieso, con cierta vergüenza, que el motivo que me empujó a volverme y entrar en la iglesia para ver qué hacía fue la curiosidad. Allí sentado, a cierta distancia, en un banco estuve observándolo, y al cabo de unos quince minutos, cuando ya iba a empezar la celebración de la misa se levantó, se fue directamente a donde están las velas que mediante una moneda tiene derecho a encender una, y depositó su limosna, pero no encendió vela alguna, y a continuación salió de la iglesia., Yo le seguí y ya en la calle, nos saludamos y con cierta insistencia me rogó que fuéramos a tomar un chocolate con churros a la plaza Bib-Rambla, y nos sentamos en una de las terrazas, que por cierto, estaba muy concurrida y alegre. Esa plaza tiene un cierto encanto, algo indefinible, quizá por el recuerdo indestructible de tiempos pasados como la caracola que se pescó hace cien o mil años que cuando te la llevas al oído puedes oír la resonancia y el rumor de sus olas; el pasado no muere, está siempre presente para quien sabe ver y escuchar.
Antes de continuar debo decir que Germán no es un tipo corriente, no, es una figura enigmática, caprichosa, culta, razonable, atrayente por sí misma pero también desconcertante, no solamente no se parece en su comportamiento a otros hombres, sino que no se parece siempre a él mismo. Una persona así se le cuelga sin más, el cartel de raro y cuando no loco, antisocial. Y es que Germán, como decía Ortega y Gasset: “ lleva en el ángulo de la pupila una inquietud latente la cual hace pensar en un niño acurrucado y escondido, presto a dar el brinco genial sobre la vida, la carrera loca y alegre”.
Para René Dubos: “Los hombres selectos, tengan la edad que tengan, siempre tienen en un rincón del corazón una edad de 20 años”.
Así era a grandes rasgos Germán, a veces niño caprichoso, y otras muy razonable y ponderado, y por tanto, nada fácil de adaptarse a una sociedad de “rebaño” como acostumbraba a contestar cuando alguien le llamaba raro, inadaptado, antisocial, antipático e incluso, loco. A estos adjetivos era imprevisible su reacción. Unas veces contestaba de buena manera, sonriente, y decía que la locura era un regalo de Dios, pero en otras ocasiones te soltaba un taco.
Después de acabar con los churros y el chocolate, rápidamente pidió la cuenta y le pregunté si le había tocado la lotería. Me contestó de esta manera: “ No quiero que seáis ricos para que no tengáis necesidad de muchas cosas, sino que quiero que seáis hombres ricos que no necesitan nada. Porque no es rico el que tiene muchas posesiones, sino el que no tiene necesidades”. Esto lo dijo un ermitaño en el siglo VI que se llamaba Philoxenos, que es más o menos, lo que dice el Nuevo Testamento. Por supuesto que siempre tendremos necesidades, pero sencillas y éstas no son difíciles de satisfacer.
A continuación le dije que le había visto salir de la iglesia… no me dejó acabar la frase y me dijo con toda rotundidad: “Y qué tiene eso de extraño, toda la vida he estado entrando y saliendo de la iglesia”. Ante esta respuesta mi primer pensamiento fue que su carácter desconcertante, contradictorio y, quizás también esa rara locura que los que les conocíamos, le asignábamos, y que con los años se había acentuado. Por el gesto de mi cara él descubrió mi pensamiento, y me dice:” Tú, como otros muchos estáis convencidos de que yo soy antirreligioso, incluso ateo, como algunos y “algunas” me han tachado porque no suelo asistir a las ceremonias religiosas. Todos se quedan en la superficie sin mirar en el fondo. Una de las cosas que más detesto son las mentiras y la hipocresía, y todas las celebraciones religiosas no me atraen, es más, cuando por algún motivo forzoso he tenido que asistir, jamás me he concentrado, ni he podido pensar que estaba en un lugar sagrado como es una iglesia, me distraía contemplando los vestidos, las alhajas, quién asistía y quién no.. rezo cuando estoy en el campo, solo, a la orilla del mar, sentado en un banco en cualquier jardín, cuando miro al cielo y veo las nubes, las estrellas, cuando oigo la música de Beethoven y también cuando estoy en la iglesia, pero sólo sin ceremonia alguna… Es entonces cuando siento la presencia de Dios, ese dios que habita en el interior de cada uno de nosotros, que responde del origen y gobierno de nuestros pensamientos y acciones.
Como has podido comprobar hoy, sigo paseando solo, eso creen todos, pero voy acompañado con mis pensamientos y desde que me jubilé visito las iglesias porque en ellas me siento reconfortado y libre de ataduras, pudiéramos decir que consolado y esperanzado, pues a nuestra edad hay que tener las maletas preparadas. En estas visitas he podido comprobar que cada iglesia tiene también su espíritu propio que las distingue unas de otras. Tienen un no sé qué que te inquieta o te produce una especie de dulzura celestial; es como si cada iglesia, como lugar sagrado, tuviese su dios interior.
Volviendo al ermitaño Philoxenos, : “Sal al desierto, solo, sin llevar contigo nada del mundo, y el Espíritu Santo irá contigo”. Así soy, así actúo y no espero que nadie me comprenda.
Yo que le he tratado durante muchos años le entiendo a medias y no estoy totalmente seguro. Pienso que es pretencioso querer comprenderlo todo y, le acepto como es, porque por encima de cualquier reticencia es un hombre bueno.
Al pronunciar sus últimas palabras se quedó mirándome fijamente y observé en su mirada que en sus pupilas asomaba una luz enigmática e intuí que ponía punto final al tema. Me vinieron a la memoria las palabras del Papa Pablo VI: “Hay algo en el hombre que supera al hombre, hay en él un reflejo que tiene algo de misterio, de divino”.
ROGELIO BUSTOS
Granada a 23 de diciembre de 2022

Muy bonita la historia
El Señor nos acompaña siempre.
Es bueno recordarlo