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ECO DE LA SENDA POÉTICA DE MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LEÓN

Crónica íntima de mi llegada a la Tertulia de Versos Pintados del Gran Café Gijón (2018) y del encuentro con María Antonia García de León: poesía, cine y feminismo vivido sin estridencias. Un relato sobre cómo la literatura también es amistad, mirada y destino compartido.

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Era una tarde otoñal de 2018 cuando llegué por primera vez a la Tertulia de Versos Pintados del Gran Café Gijón de Madrid. Empujé la puerta con un temblor leve en la muñeca, como si entrara en un plano que aún no había sido rodado. De inmediato aprecié las mesas de mármol, el sonido de las tazas, las cucharillas que tintineaban como metrónomos antiguos, olor a café, las notas del piano de fondo y un leve murmullo de palabras superpuestas. En el exterior Recoletos arrastraba una luz transversal de película italiana. Una treintena de escritores habían acudido al espacio de intelectuales aquella tarde.

Me senté al fondo, con la discreción de quien llega por primera vez a un rodaje y no quiere pisar cables. Los poetas empezaron a recitar. Yo llevaba preparado un relato, pero de inmediato me di cuenta de que los asistentes leían poesía. Busqué ente mis documentos y vi que llevaba un único poema que había compuesto para la presentación de uno de mis libros titulado Esperanza, de pronto pensé, leeré este poema. Lo había recitado en un par de ocasiones y tenía la sensación de que siempre me daba suerte y así lo hice. Una amalgama de voces heterogéneas se sucedió pronunciando un mar de versos de diferente temática. De pronto se escuchó una voz especial.  No fue un golpe, fue un travelling lento: una mujer rubia, muy atractiva, cosmopolita, leía versos con una claridad que no pedía permiso. Cada palabra parecía haber pasado antes por la biblioteca, por el cuerpo y por la historia. María Antonia García de León —alguien susurró el nombre— sostenía el poema como se sostiene una verdad: sin alzar la voz, pero sin ceder un milímetro. Sentí que aquellos versos no solo hablaban de la vida: la pensaban. Había en ellos feminismo sin consigna, cultura sin pedantería y cine sin pantalla. Los poemas se movían como escenas bien montadas: primer plano de la conciencia, plano general del mundo. Cuando terminó la lectura, el silencio fue una ovación íntima. Después escribí un verso que me inspiró en el cuaderno. El camarero dejó dos cafés en ambas mesas. El vapor se cruzó como si los aromas se conocieran antes que nosotras. Al finalizar la tertulia se levantó —no supe por qué— y se acercó a mi mesa. María Antonia me miró con una sonrisa de reconocimiento inmediato, como si ya la hubiera leído antes.

—¿Escribes o escuchas? —preguntó.

—Las dos cosas. A veces la escritura se esconde en el ruido —respondí sorprendida.

Mientras tanto, los poetas debatían acerca de Lorca, Machado y Miguel Henández. Hablamos de escritura como acto político, de poesía como montaje, de mujeres que no piden plano secundario. En ese momento sentí que el Gijón era una sala de cine sin proyector, donde las ideas eran luz.

—¿Qué piensas sobre la escritura en general? —le dije con cierta timidez.

—Te confieso que siempre he sentido el amor por el “buen escribir”, por la buena escritura, fue una especie de «desideratum», un mandato interior, y también, como no, una afición-un gusto.

Además, he leído mucha buena literatura desde la infancia, y hago mío el mandato de Orson Wells: «¿Como se aprende cine? Encerrándote en la cinemateque». Mutatis mutandi: encerrándote a leer la buena literatura. (ojo, también se aprende, a veces, de lo malo). Soy de una generación difícil, rebelde. Por llevar la contraria a todo, no me encaminé directamente a las letras, sino a la rebelión y etc.

—Me gustaría comprarte alguno de tus poemarios.

—¿Cuál de ellos? Tengo publicados 15 títulos: El yo conquistado (2016), Desde mi torre de adobe en La Habana (2016), Cernuda, el pájaro pardo, la guacamaya, mi abuela Umbelina y yo (2016), Casa de fieras (2017), No hay señal (2017), Años de luz y niebla. Contra la conjura del olvido. Premio Internacional de Biografía y Mamorias “Stefan Zweig” (Madrid 20218), Acariciar un poema (Bajo el delirio tecnológico),…

—Me gustaría Años de luz y de niebla. Contra la conjura del olvido—dije de inmediato.

—Ese lo acabo de publicar. Es uno de mis preferidos. El próximo lunes te lo traigo dedicado.

Cuando nos despedimos tras abordar otros temas, supe que algo había cambiado. No era solo haber conocido a una poeta admirable, sino haber entendido que la literatura también es encuentro, que el feminismo puede decirse en verso y que el cine —como la poesía— enseña a mirar el mundo sin bajar los ojos. Aquella noche salimos juntas del Gijón. Madrid nos acompañaba. Quedamos para la semana siguiente.

Esa noche estaba inspirada y escribí otro poema sin miedo. Al día siguiente me metí en Google para conocer la trayectoria de María Antonia y descubrí que era profesora de sociología, en la Facultad de Educación, de la Universidad Complutense de Madrid. Sus líneas de investigación y sus publicaciones pertenecían al campo de la sociología del género, sociología del cine y sociología de la educación. Es sobresaliente (y pionera en la bibliografía española) su contribución al estudio sociológico de las élites femeninas españolas, especialmente focalizado en el colectivo de mujeres altamente cualificadas en distintos ámbitos profesionales (empresarias, ingenieras, políticas, catedráticas, académicas…). Había sido  directora de diversos proyectos I+D, entre ellos: Las Académicas (2001). Su carrera como investigadora se ha llevado a cabo  en prestigiosas universidades extranjeras: Universidad de California en Berkeley, en Santa Bárbara, Wellesley College, Roehamton University, Unicam Brasil…

Cuando me trajo el libro me sorprendió descubrir a una persona cercana y amable. Nunca he olvidado la dedicatoria que me escribió: Querida Ana: Estas páginas mías te acompañarán este verano, tejerán nuestra amistad, junto al cine, la poesía viajes y tantas otras cosas. Con cariño. María Antonia.

Os confieso que me emocioné, acababa de llegar y ella me tendía la mano ante un mundo prácticamente desconocido para mí. Le compré todos y cada uno de sus libros de poesía que fui investigando al detalle. Su obra poética adquirió el carácter de Biblia en mi trayectoria. Un día me comentó que su poesía nace de la unión de la naturaleza y sensibilidad. Me atrevo a decir que su vida en la universidad probablemente ha sido una vida de pensamiento, de Cultura, dentro de la cual el género literario de la poesía ocupa el puesto número 1, porque en ella está lo mejor del logos y es el acto más intelectual, para el cual se conjuran los saberes: música, ritmo, inteligencia y las bellas artes. Un día me dijo: quien hace un poema también pinta y esculpe sustantivos uno a uno, lima adjetivos sin cesar, en fin, se mete en el atelier al completo.

Foto de María Antonia y Ana María

Un miércoles día del espectador el cine Renoir de la calle Martín de los Heros olía a lluvia reciente, la marquesina mostraba una luz tímida sobre la acera mojada, y a celuloide antiguo. Era una de esas noches en las que Madrid parece escrita por alguien que ama el detalle: farolas como planos fijos, carteles iluminados, conversaciones en voz baja antes de que empezara la película. Yo llegaba con el paraguas y un cuaderno bajo el brazo. En el vestíbulo la reconocí de inmediato: María Antonia, rubia, serena, con la elegancia de quien sabe escuchar tanto como decir. Hablaba con un crítico de cine sobre una directora iraní; sus palabras tenían ritmo, como si ya estuviera montando un poema invisible. Nos saludamos con un abrazo breve, sincero, de esos que inauguran algo.

La película —una historia de mujeres que miran de frente al mundo— pasó casi sin darme cuenta. Yo observaba la pantalla, pero también a María Antonia: cómo asentía en los silencios, cómo sonreía ante un plano bien resuelto. Comprendí entonces que el cine también era un idioma común, otro hilo más que se sumaba a la poesía, a la escritura, al feminismo vivido sin estridencias.

Al salir, caminamos despacio por la acera, comentando escenas, palabras y gestos. La conversación se volvió íntima, necesaria. Hablamos de libros por escribir, de voces femeninas aún por conquistar su espacio, de la urgencia de decir sin pedir permiso.

Fue entonces cuando me detuve.

—María Antonia… —dije, como quien se decide a mostrar un manuscrito un año después de conocernos—. He terminado mi primer poemario.

Hubo un segundo de silencio, cargado de cine y de noche madrileña.

—Me gustaría… si lo consideras oportuno, que me lo presentaras.

María Antonia me miró con una mezcla de orgullo y ternura, como si ese gesto fuera también un reconocimiento mutuo.

—Será un honor —respondió—. Las voces nuevas necesitan ser acompañadas, no juzgadas.

Desde aquella noche, los lazos se estrecharon sin ruido: cafés, lecturas compartidas, correcciones al margen, risas cómplices. Dos escritoras hambrientas de conocimiento, caminando juntas, sabiendo que la amistad —como la buena poesía— también se construye plano a plano.

Meses después el barrio de Salamanca amanecía con una luz limpia, casi cinematográfica. Las fachadas claras devolvían el sol como si alguien hubiera subido la exposición del día. Volvimos a encontrarnos. Caminamos despacio por la calle, entre escaparates silenciosos y cafés donde el tiempo parecía escrito en cursiva. Nos sentamos en una terraza discreta. Sobre la mesa, dos libros y un cuaderno abierto: rituales de reconocimiento.

—Aquí todo parece ordenado —dije—, pero debajo late una intensidad extraña.

Hablamos de mujeres que aprenden a nombrarse, de ciudades que miran de vuelta, de cuerpos que ya no piden permiso, de escritoras invisibilizadas, de películas que enseñan a resistir, de la escritura como un acto de conciencia, de amor propio y de cine. Recitamos poemas mientras el barrio de Salamanca seguía su coreografía elegante, preparándose para el rodaje de una escena de escritoras, ajeno a la pequeña revolución que se gestaba en aquella mesa.

—Tus poemas tienen plano corto —me dijo al terminar—. No se esconden. Eso no se aprende: se asume.

Luego María Antonia abrió su libro. Sus versos se mezclaban entre la gente como una arquitectura precisa: pensamiento, emoción y memoria. Sentí que sus palabras además de enseñar, me acompañaban. Había feminismo sin consigna, cultura sin frontera, cine sin pantalla: poemas que sabían mirar.

Intercambiamos libros como se intercambian promesas.

—Para que subrayes sin miedo —dijo María Antonia.

Nuestras conversaciones se volvieron un hábito, casi un rito. A veces nacían de una película recién vista —un plano secuencia que nos había dejado sin aliento, una actriz que sostenía el mundo con la mirada— y otras de la vida. Nos enviábamos notas a través de WhatsApp y sugerencias de películas, exposiciones, viajes y cultura en general, sin jerarquías.

La última vez que estuvimos juntas hablamos de sus dos últimas obras: Acariciar un poema y Escucha mi voz, esta últimapresentada en el Ateneo de Madrid, una edición traducida a inglés, francés y árabe. Fue un éxito, cuento con el honor de que María Antonia me eligió para recitar uno de los poemas en español Adiós a las hijas de Bernarda Alba.

Mi admiración por María Antonia García de León ha ido creciendo sin ruido, día a día, como crecen las convicciones verdaderas. Su obra me ha enseñado a afinar la mirada, a distinguir entre lo que emociona y lo que permanece, entre el gesto brillante y la verdad narrativa. Dónde otros levantan muros, ella traza líneas que unen. Siempre la he escuchado con gratitud y coraje, tomando notas mentales que luego se volvían versos. Cuando hablo de su persona la defino como una gran mujer, intelectual pública, puente entre universidad y cultura, voz clave para entender la excelencia femenina invisibilizada. Leída como una autora que entra en conversación con otras grandes pensadoras, ampliando el marco del feminismo, la sociología y la cultura crítica en España. ¡Me siento orgullosa de ser amiga de Antonieta!

Ana María López Expósito

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