Donde empieza el límite

“El cansancio es un mensajero que nos invita a detenernos y a escucharnos.”
ANSELM GRÜN
“Hay un cansancio del alma que ni el sueño repara.”
CLARICE LISPECTOR
El cansancio es una presencia tan universal como inevitable, un huésped que nos acompaña desde el inicio de la humanidad y que adopta múltiples rostros a lo largo de nuestra vida. No es solo el agotamiento que llega tras un esfuerzo intenso ni la somnolencia que nos obliga a cerrar los ojos; es una experiencia más profunda, que se infiltra en el cuerpo, anida en la mente y cala en lo más hondo de nuestras emociones. Su naturaleza es ambivalente: puede ser una señal de peligro, una pausa necesaria o, en ocasiones, un estado crónico que erosiona poco a poco nuestra capacidad de vivir con plenitud. Aristóteles recordaba que “la virtud está en el justo medio”, y quizá el cansancio sea esa advertencia íntima que nos indica que hemos sobrepasado el equilibrio. Sin embargo, en el mundo acelerado en el que vivimos, esa advertencia rara vez es escuchada a tiempo.
El cansancio físico es, tal vez, el más evidente. Se reconoce en la pesadez de los músculos, en los gestos que se vuelven lentos, en la respiración que se agita con mayor facilidad y en la fuerza que parece disiparse sin explicación. Puede ser la consecuencia lógica de una jornada laboral extenuante, de un esfuerzo deportivo, de una enfermedad o incluso de la falta de sueño acumulada. Pero también puede instalarse de manera más insidiosa, como una fatiga de fondo que nunca desaparece del todo y que, con el tiempo, limita la capacidad de acción y la confianza en uno mismo. Cuando el cuerpo no responde como antes, cada movimiento se convierte en una pequeña negociación con la voluntad, y la vida cotidiana se transforma en una sucesión de obstáculos silenciosos.
A su lado, y con frecuencia entrelazado, está el cansancio mental. Es más difícil de detectar, pero igual de incapacitante. No deja huellas visibles, pero se manifiesta en la dificultad para concentrarse, en la sensación de que los pensamientos se vuelven densos y lentos, en la imposibilidad de tomar decisiones sin sentir que cada una es una carga excesiva. Oliver Sacks lo expresó con una claridad inquietante: “Cuando el cerebro está fatigado, todo lo demás se vuelve fatigante”. La mente, saturada por un flujo incesante de información, interrumpida por la multitarea y presionada para responder de inmediato a demandas constantes, se convierte en un terreno estéril donde la creatividad se marchita y la memoria se fragmenta.
Más sutil aún, y muchas veces más devastador, es el cansancio emocional. Se acumula cuando sostenemos durante demasiado tiempo sentimientos intensos —la preocupación, la tristeza, la ira, incluso la euforia— o cuando los reprimimos hasta que dejamos de reconocerlos. Carl Gustav Jung advertía que “lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”, y las emociones no procesadas se transforman en cargas invisibles que drenan energía día tras día. Este tipo de cansancio es silencioso, pero profundo: distorsiona la percepción de uno mismo, debilita los vínculos con los demás y puede, incluso, desdibujar el sentido de la vida.
Lo más frecuente es que estas tres dimensiones —física, mental y emocional— no se presenten por separado, sino que se entrelacen, potenciándose mutuamente. Un agotamiento físico prolongado debilita la capacidad de concentración y hace más difícil la gestión emocional. Un desgaste mental constante reduce la resistencia corporal y aumenta la irritabilidad. Una carga emocional intensa puede traducirse en síntomas físicos y en bloqueos de pensamiento. El cansancio, así entendido, es un fenómeno global: no es una suma de partes, sino una trama compleja en la que cada hilo refuerza la tensión del otro.
En la sociedad actual, esta trama se ha tensado hasta el límite. Vivimos en lo que Hartmut Rosa denomina “aceleración social”: un tiempo en el que el ritmo de los acontecimientos supera con creces nuestra capacidad de asimilarlos. Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como propio de la “sociedad del rendimiento”, en la que el individuo ya no obedece órdenes externas, sino que se autoexplota bajo el espejismo de la libertad. En este contexto, el cansancio deja de ser un simple estado pasajero para convertirse en una condición estructural, un telón de fondo permanente que normalizamos sin darnos cuenta. Simone Weil ya lo advirtió: “El cansancio es la marca de la servidumbre”, y en nuestros días esa servidumbre se ejerce bajo la apariencia de éxito, productividad y superación constante.
Ocultamos la fatiga tras sonrisas automáticas, la disimulamos con cafeína y suplementos, la postergamos con agendas saturadas, hasta que se cronifica y se convierte en la única voz que escuchamos. Nos acostumbramos a vivir cansados y, en esa costumbre, perdemos la capacidad de reconocer que algo no está en equilibrio. Sin embargo, el cansancio no es siempre un enemigo. Puede ser un mensajero que nos advierte de que hemos perdido el compás, que nos empuja a replantear nuestras prioridades, que nos invita a un cambio de ritmo. Antonio Machado, con su sabiduría de caminante, aconsejaba: “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”, recordándonos que apresurarse no siempre es avanzar y que la calidad de la vida no se mide por la velocidad con la que la gastamos.
Reconciliarnos con el cansancio implica aprender a escucharlo sin miedo, a reconocerlo como parte natural de la vida y no como una debilidad. Significa aceptar que nuestra energía es limitada, que no todo esfuerzo es necesario y que no todo descanso es pérdida de tiempo. Nietzsche escribió que “el que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”, pero ese porqué se apaga si nunca le damos espacio al reposo. Quizá la clave esté en comprender que el cansancio es un umbral: si lo atravesamos con conciencia, nos conduce a un lugar donde la vida puede respirarse a otro ritmo, más humano y más nuestro; si lo ignoramos, nos arrastra hacia un desgaste que lo devora todo. En ese equilibrio entre esfuerzo y pausa se juega, en gran medida, la posibilidad de vivir con sentido.

