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¿Depresión o síndrome de Ulises?

Artículo que analiza la diferencia entre la depresión clínica y el llamado síndrome de Ulises, un cuadro de estrés extremo vinculado a duelos múltiples que sufren muchos migrantes al dejar atrás familia, cultura, lengua y estabilidad.

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Ponerse en la piel del emigrante (persona que abandona el país de origen para establecerse en el extranjero) o migrante (persona que llega a un país para establecerse en él) resulta complejo. Por diferentes motivos, y desde siempre, las personas se han desplazado de un lugar a otro del planeta para mejorar su nivel de vida, huir de un peligro inminente o unirse a otros miembros de su familia ya establecidos.

Emigrar representa un cambio de vida en todos los ámbitos, que implica situaciones de diversa índole. En su aspecto positivo, el cambio puede suponer una mejora en la vida del que emigra, que mantiene su ilusión en el proyecto hasta llevarlo a cabo.

No obstante, la emigración también reúne otro tipo de connotaciones, que pueden crear inseguridad ante un futuro inmediato, que el migrante desconoce y siente como incierto al compararlo con la seguridad que tenía y ha abandonado.

Aunque cada caso sea diferente, el migrante, para poder  adaptarse con mayor facilidad a la nueva situación, necesita poseer suficiente energía, buen estado de ánimo, confianza en sí mismo, salud y equilibrio. De ahí, que, inicialmente, hayan emigrado los más fuertes de cada grupo familiar.

Sin embargo, no todas las personas migrantes responden de la misma manera a las dificultades que el cambio les depara, especialmente si no llegan a cubrir sus necesidades básicas, su trabajo es precario e irregular y han de hacer frente a una soledad temporal no deseada.

Cuando el migrante no consigue superar las necesidades más elementales y se ha de conformar con una mínima parte de sus aspiraciones, aparecen determinados estresores que pueden alterar,  con el tiempo, su salud física.

La persona se vuelve ansiosa, siente que puede fracasar no sólo en los objetivos, que se había planteado (un techo y un trabajo seguros) sino que también irrumpen en ella la inseguridad por no haber adquirido la nacionalidad y carecer de los derechos que tiene la gente del país

Todas estas carencias, experimentadas conjuntamente, conducen, a lo largo de los años, a un sentimiento de indefensión por el que la persona siente que no puede ni va a poder mejorar su situación (es a lo que Seligman denominaría indefensión aprendida).

Si este sentimiento está muy arraigado, la persona puede perder su autoestima y al tener su mirada puesta en su país, en su familia, costumbres y amigos, es cuando empieza a peligrar su salud mental. Aparecen entonces dolencias, que se van repitiendo: ansiedad, sentimientos depresivos, tristeza, indefensión, síntomas, que, de no tratarse adecuadamente, podrían cronificarse.

J. Achotegui, en 2002, compara el sufrimiento de los emigrantes de este segundo grupo con el que padeció Ulises en la Odisea, cuando, al sufrir por los acontecimientos a los que tiene que enfrentarse, piensa con dolor en su tierra y su familia, aunque el viaje de Ulises sea de regreso a su patria, mientras que el del migrante es de llegada, habiendo dejado atrás su particular Itaca.

Considera Achotegui que un emigrante puede llegar a padecer hasta siete tipos de duelo: la pérdida de la familia, el  lenguaje, la cultura, la tierra de la que procede, el estatus social, el grupo al que pertenece, la integridad física. Duelos que puede experimentar cuando entra en una situación de crisis permanente, similar a la que sufrió el héroe griego durante los diez años de ausencia -y otros diez si sumamos los que dedicó a la guerra de Troya-. 

         El problema podría presentarse si se atiende al migrante  como una persona ansiosa y depresiva, al que se trata sólo  farmacológicamente y no como una persona inmersa en un proceso de duelo, influido por el dolor y la incertidumbre de lo que aún no ha podido conseguir.

Estas dificultades, según el poeta de Alejandría, Kavafis, refiriéndose a Ulises, -y que también se podrían aplicar al emigrante en situación de crisis- pueden entorpecer, más que impedir el recorrido iniciado, ya que éste depende de la calidad del pensamiento, que se ve alterado por la ilusión fallida de realizar su sueño en un país, que todavía no siente como suyo.

La necesidad de elaborar un duelo múltiple requiere que el migrante sea atendido partiendo de esta base y no únicamente como  un paciente depresivo, al que ahora es necesario escuchar y orientarlo en su nueva adaptación.

Maria Vives Gomila, Profesora Emérita de la Universidad de Barcelona y escritora

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