Dedicado a todos los niños y niñas con déficit de Atención. Desde la Biblioteca se ve la Luna
Cuento desde la biblioteca se ve la luna de Toñy Castillo
A Pablo le gustaba ir con sus padres a bañarse a la playa de la Ribera en días sin colegio. El mar de tonos azulados se convertía, junto a otros niños, en un compañero más de juegos, haciendo que vientos del levante y del poniente salpicaran la orilla de risas de vida.
Al caer la tarde, se sentaba sobre la arena mojada a la espera paciente de que el Sol se alejara despacito en el horizonte haciendo un guiño a la gran dama de la noche, la cual, majestuosa, aparecía elegante en el cielo iluminando a las olas. Éstas, bañadas por una cálida brisa, anunciaban el anochecer sobre la ciudad de Ceuta.
Pero ocurría… que al llegar la Luna… la voz de su madre le avisaba de que era momento de regresar de nuevo a casa, donde le esperaba el baño, la cena, y las horas de sueño, quedándose Pablo, un día y otro, con ganas de estar bajo el manto mágico de la señora de los mares.
Ese sábado se había levantado muy pronto. Una vez aseado y bien peinado, volvió al dormitorio para hacer la cama, pero en vez de ello, se sentó en el suelo para jugar con los coches que había dejado desperdigados la tarde anterior.
Carmen -su madre había ido a abrir un poquito la ventana para refrescar la habitación. Cuando lo vio jugando y le recordó que debía de hacer la cama y doblar las camisetas recién planchadas. A veces, a Pablo se le debía insistir que el orden es importante y que si mantiene su habitación limpia y recogida se sentirá mucho mejor en ella.
Más tarde, se oyó desde la cocina:
– ¡Pablo, a desayunar!
– ¡Voy, mamá! estoy ordenando mi ropa en los cajones.
Y mirando por la ventana sintió cómo el Sol empezaba a calentar con sus rayos los edificios vecinos.
– ¿La tostada con mantequilla y mermelada con el zumo de naranjas? o ¿el zumo primero y después la tostada con la leche?
Éste era el juego matinal para que Pablo, con una sonrisa, contestara: Primero el zumo, mamá y después lo demás. El niño sabía lo necesario que era empezar la mañana muy bien alimentado, y así tener la energía necesaria para realizar todas las actividades durante el día.
Al terminar el gran vaso de leche, miró a su madre y limpió cuidadosamente la mesa, depositando la mantequilla y la mermelada en la nevera. Carmen esbozaba una sonrisa de aceptación cuando su hijo le dijo:
– Tengo un sueño, Mamá.
– ¿Cual, Pablo?
– Deseo ser escritor.
– Los sueños, Pablo, no se desean, se persiguen y se lucha por ellos.
– Por eso… he de escribirle una carta a la Luna.
– ¿Y para qué deseas escribirle a la Luna?
– Para pedirle que siempre esté sobre mi armario y no se marche nunca.- Ese sueño, Pablo, es imposible.
– Mamá, tu acabas de decirme que luche por ellos.
Carmen miró a su hijo y respiró profundamente recordando sus propias palabras.
A sus 11 años, era un niño con mucha imaginación. Desde pequeño, necesitó un poquito de ayuda para estudiar, le costaba concentrarse, y se despistaba con mucha facilidad. Era inquieto, tanto, que en ocasiones pretendía leer un cuento, hacer un puzzle o comerse el bocadillo todo a la vez, por ese motivo, en casa siempre le decían de manera amable:
– Primero haz una cosa, termínala y estarás preparado para hacer cualquier otra.
Toda la familia, intentaban motivarlo mucho, facilitándole un ambiente tranquilo a la hora de hacer sus deberes, sin interrupciones, alejado de músicas y ruidos. Pero Pablo necesitaba cambiar de actividad con mucha frecuencia, y en ocasiones, se olvidaba de ordenar, recoger e incluso de mirar las tareas escolares en su agenda. Podía ponerse a hacer mates y cuando se daba cuenta… estar dibujando aviones sobre las multiplicaciones.
Sus padres intentaban mantener un orden, siempre igual, para ayudarle a organizarse. Le animaban felicitándole al terminar sus trabajos, sus dibujos, o esos cortos libritos que soñaba con publicar, y de esta manera, él se sentía más contento y con ganas de llevar al colegio los deberes bien hechos. Cuando colocaba nuevamente los cuadernos en su mochila para poder enseñárselos al profesor, se sentía muy feliz.
Nuestro amigo, conocía el gusto por la lectura. Unas veces… su padre le leía un cuento, otras… su tía Ana le contaba historias…otras… sentado sobre su silla leía relatos cortitos de aventuras a las que él mismo imaginaba el final, o escribía fábulas de pocas líneas que inventaba.
Siempre que no estaba jugando con María, su hermana, a hacer puzles; buscaba entre los tomos de la estantería revistas de pasatiempos para entretenerse buscando diferencias, o solucionando un crucigrama fácil.
Pablo iba poco a poco, siendo más mayor y más responsable, teniendo su habitación con más orden, a la vez que imaginaba historias de barcos de pescadores en la Almadraba, castillos encantados en el Desnarigado o dragones en el Foso San Felipe.
Nuevamente en el dormitorio, miró hacia la mesa de estudio, en ella, estaba todo lo necesario para iniciar su carrera como escritor. La luz entraba por la ventana iluminando la mesa. Sobre ella, un pequeño bote de lápices con puntas y bolígrafos de diversos colores que junto a una gran libreta y un pequeño cuaderno para apuntar, dejaban la mesa despejada para escribir cómodamente. Pero su cara cambió cuando recordó que su profesor le había comentado que tenía que mejorar su caligrafía.
-¿Un escritor puede tener mala letra…? “Uysss… Creo que no…” -pensó-.
Él se esforzaba en seguir las indicaciones que sus padres y profesores le daban. Le repetían las normas despacito para que no se olvidara en ellas, le recordaban la necesidad del orden en casa y de llevar la mochila de la escuela solo con los materiales necesarios, y que debía repasar la agenda al llegar del colegio para no olvidar de hacer los ejercicios pendientes de terminar.
Se sentó en su silla colocándola bien recta sobre su espalda, ésta se había convertido en una gran aliada para ayudarle a mantener una postura adecuada y le permitía la altura necesaria para mirar tras los cristales un trocito de mar.
Su mente, siempre activa, le hacía imaginarse escribiendo libros de aventuras, y eran muchas las tardes que empezaba historias que no acababa.
Estaba observando los lápices de colores de puntas afiladas, cuando se levantó decidido a ir al comedor para preguntarle a su madre:
– Mamá, ¿esta mañana iremos a la biblioteca?
– No, hoy es sábado y no hay actividades, pero el lunes irás por la mañana.
A Pablo le gustaba mucho ir al sitio donde duermen los libros a la espera de que algún niño o niña los despierte, y participar en un ambiente de respeto a las normas. Él admiraba lo ordenado que tenía los libros la encargada de la biblioteca. Por ello, su buen comportamiento hacia los compañeros y el cuidado de los materiales era su principal preocupación. Siempre amable, se esforzaba en escuchar atento las explicaciones para realizar sus trabajos lo mejor posible.
– Y después al salir ¿podremos pasar cerca de la Ribera un momento?
– ¿Para qué, Pablo? -Continuó su madre-.
– Para ver si está el Sol o la Luna.
– Pablo, en verano el Sol se marcha tarde.
– ¿Pero podemos pasar un momentito? -Replicaba el niño-.
– ¡A ver…! podemos pasar… pero por la mañana no está la Luna, mejor
después de comer nos vamos a la playa hasta la hora de cenar.
– Mamá, yo un día la vi cuando iba por la Calle Real caminando, ella me acompañaba y se quedó quieta en el cielo, estaba justo encima de la terraza de la biblioteca, cuidando de las historias que cuentan los libros,… ¡es cierto… estaba allí! ¡Y tengo que hablar con ella!
Las palabras del niño sorprendían a la madre, que con un gesto incrédulo añadió:
– Bueno… bueno… a veces pasa que la Luna está durante las mañanas de luz clara, pero no es lo habitual… ¿para qué quieres hablar con ella?
– Para luchar por mi sueño.
– ¡Ahhh! -exclamó Carmen sin terminar de entender las palabras de su hijo-.
– ¿No dices que cuando una persona tiene un sueño ha de luchar por él?
– ¡Sí…! lo dije.
– Pues he de hablar con ella. Por la noche no puedo verla desde mi ventana. O bueno…. ¡igual le escribo una carta y se la llevo!
– ¿A dónde se la vas a llevar?
– ¡A la biblioteca, mamá!, por si pasa por allí una mañana.
– Sí…. es una buena idea, Pablo -concluyó Carmen acostumbrada a las fantasías de su hijo-. Tanto fue lo que el pequeño Pablo ansiaba ser escritor que decidió escribirle esta carta.
«Querida Luna, me gustaría poder pasar algunas horas contigo, pero cuando tú llegas a la playa es mi hora de marchar. Intento buscarte desde mi ventana, pero los edificios son altos y no puedo verte, me gusta mucho cómo brillas, incluso, cuando no ha llegado la noche, y desearía saber: “ cómo puedo hacer que te quedes durante el día conmigo y me ayudes a sacar buenas notas en lengua, y escribir sin faltas de ortografía para convertirme en escritor? Mi madre dice que es un sueño imposible que te quedes a mi lado, pero yo creo… que si lees esta carta…, entenderás los motivos por los cuales te necesito.
Te explico un secreto…me despisto…. No me concentro y me cuesta a veces no confundir las letras…. ordenar mis ideas… pero estoy aprendiendo mucho, y ahora voy mejor en el colegio… pero para ser escritor… se necesita seguir aprendiendo y como sé que tú cuidas los libros, creo que podrías ayudarme.
Si lees esta carta, te espero el lunes en la playa de la Ribera un momento antes de que marche el Sol y hablamos.»
Tu amigo Pablo.
Las actividades transcurrían con normalidad en la sala infantil. El olor a libros impregnaba la estancia recordando mil y una leyendas. El niño no dejaba de mirar entre los cristales por si aparecía la Luna en el cielo, pero las horas pasaban y entre manualidades e ilusiones pronto sería la hora de recoger.
Pablo tenía su carta entre las manos cuando anunciaron la visita de un poeta. Miguel llevaba tiempo componiendo textos y sus poemas le reconocían ya como escritor, y venía para explicar a los niños en qué consistía su trabajo. Entusiasmado Pablo por conocer a un escritor, le preguntó bajito:
– ¿Tú eres amigo de la Luna, verdad?
– ¿Por qué me preguntas eso?
– ¿Ella te ha ayudado a escribir bien? -continuó-.
Miguel no sabía qué contestar. ¿La Luna…? ¿Escribir bien?… aun así, y viendo cómo el niño insistía en sus palabras le dijo:
– ¿Qué llevas en ese papel?
– Una carta -contestó sigilosamente-.
– ¿Eres escritor también?
– ¡No, pero quiero serlo! por eso he escrito esta carta. ¿Tú se la puedes entregar por mí a ella? Porque seguro que tú la conoces… ¿verdad?
– ¡Claro, yo se la entrego! Y tomándola de entre las manos de un Pablo ilusionado, Miguel se marchó después de hablar con los niños y niñas, de letras de comparsas de carnaval, de textos escritos y de poemas al viento. Miguel se llevaba un pedazo de sueños donde la fantasía se unía a la realidad y donde un niño deseaba superarse para lograr poder escribir un trozo de su propia historia.
Subió a la terraza de la biblioteca y miró al horizonte, la figura de una montaña con los pies descansando definía la playa de Benzú y se quedó unos instantes mirando el mar que envuelve la ciudad de Ceuta. En ese instante, tomó el ascensor y despidiéndose al salir, corrió apresuradamente a una tienda cercana, allí compró un gran espejo y una caja donde meterlo.
Al caer la tarde, Pablo esperaba ansioso la respuesta a su carta, pero al mirar hacia la barandilla que daba a la playa, pudo observar cómo de ella bajaba Miguel, en sus manos sostenía un gran envoltorio y al llegar a la altura del niño dijo:
– ¡Hola, ya estoy aquí!
– ¿Pero has entregado la carta?
– Sí, lo he hecho
– ¿Y va a venir?
– ¡Claro, en unos momentos estará aquí! he hablado con tus padres y se van a quedar un ratito más hasta anochecer.
– ¡Qué guayyyyy…! y ¿estaré en la playa cuando se marche el Sol?
– Sí, estaremos juntos….
– ¿Le habrá gustado mi carta?
– ¡Mucho! Y va a venir, ten fe en los sueños.
Pablo estaba ilusionado, conseguiría sacar buenas notas en lengua y escribir sin faltas y todo eso por haber escrito la carta. Pero en ese instante le dijo Miguel…
– Verás, la Luna no te va ayudar a hacer los deberes.
– ¿No…?
– No…
– Pero si tú intentas poner atención, sigues tan ordenado, y escuchas a tus padres y profesores… seguro… seguro… que llegarás a sacar buenas notas en el cole.
– Pero yo quiero tener a la Luna conmigo -susurró un poco triste Pablo-.
Apenas habían pasado escasos minutos… cuando… La señora de la noche apareció majestuosa en el cielo dejando paso al crepúsculo. El tono rojizo desaparecía en el horizonte para brillar una luz blanca sobre el mar. Miguel abrió la caja y dentro de ella quedó reflejada la Luna en el espejo. Pablo la miraba emocionado con el semblante iluminado por la esperanza. Y al cerrarla, le pidió que nunca la abriera para que ésta no se escapara al cielo. Se la regaló al niño que, con ojos brillantes y mirada serena, regresó a su casa llevando entre sus manos el mayor de sus deseos.
Han pasado los años y hoy Pablo nos deja este poema:
Dicen que la Luna duerme encima de un armario.
Donde un niño lucha por sus sueños.
Dicen que ya no está sobre la Ribera,
porque salió del mar convertida en la gran dama
que hizo realidad sus sueños…
Autora Toñy Castillo, ilustraciones Juan Orozco
