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Cuando el mundo duerme, el poder actúa

Un texto en prosa poética y denuncia: mientras la sociedad duerme, el poder calcula, normaliza la injusticia y erosiona derechos. Una voz insomne —“la mujer que no duerme”— sostiene la vigilia, confronta el coro social y convierte la incomodidad en el primer acto real de libertad.

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Imagen realizada con IA

Cuando el mundo duerme, el poder vela. No por cuidado, sino por cálculo. Duerme la gente exhausta, la que ha gastado el día sobreviviendo, la que confunde descanso con salvación. Se envuelven en mantas de sueño como quien se tapa los ojos ante un incendio lejano. No es cobardía: es cansancio. El sistema lo sabe y lo explota con precisión quirúrgica. Mientras tanto, las salas donde se decide la vida no apagan nunca la luz.

Allí, el poder no sueña. Administra. Mide el dolor en porcentajes, el hambre en balances, la dignidad en márgenes asumibles. Ha aprendido una filosofía simple y feroz: lo que no despierta protesta, no existe. Lo que no grita, se puede sacrificar. Lo que duerme, no piensa. El mal ya no necesita demonios: le basta con reglamentos.

Bajo su lógica, la crueldad se vuelve razonable y la injusticia, una acción técnica. Nadie ensucia las manos; las manos se lavan solas a través  de  informes, gráficos, comisiones. El daño se ejecuta a distancia, con lenguaje neutro, como si el sufrimiento fuera un error estadístico y no un cuerpo temblando.

Las personas vulnerables, las de piel fina y mirada honda, se refugian en el sueño como último territorio inviolable. Sueñan para no ver, para no romperse, para no enloquecer. El sueño se convierte en una anestesia moral impuesta desde arriba y aceptada desde abajo. Dormir es, muchas veces, la única forma de seguir siendo humano. Pero ese aislamiento tiene un precio: mientras nos adentramos en el mundo onírico, el poder avanza. Reescribe las reglas, desplaza los límites, convierte lo intolerable en costumbre. La noche es su aliada: nadie vigila, nadie cuestiona, nadie recuerda que el mundo podría ser distinto. La filosofía que rige la vida se vuelve una ética de mínimos: vivir sin molestar, existir sin estorbar, callar para conservar migajas de paz.

Y es que el  poder desprecia la sensibilidad porque no produce beneficio. La ternura no cotiza. La compasión no genera dividendos. Por eso la arrincona, la ridiculiza, la llama ingenuidad o debilidad. Prefiere ciudadanos dormidos antes que conciencias despiertas.

Y así, cuando amanece, la brutalidad ya está hecha. No llega con sangre visible, sino con ausencias palpables. Con derechos erosionados. Con silencios normalizados. Con personas que no saben en qué momento exacto perdieron algo esencial. El mundo despierta, pero despierta tarde.

Solo algunas almas insomnes, las que no logran dormir porque sienten la injusticia como una astilla clavada, perciben el engaño. Saben que el sueño no fue descanso, sino estrategia. Que alguien veló para someter mientras otros dormían para sobrevivir.

Cuando el mundo duerme, el mal gobierna. Y cuando el mundo despierta, ya le han enseñado a llamar normal a la ruindad.

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 La mujer que no duerme

Yo no duermo. No porque no quiera, sino porque alguien tiene que vigilar mientras el mundo se entrega a la mentira del descanso. El sueño no es neutral: es un privilegio que se compra con silencio. A mí no me lo vendieron. O quizá lo rechacé cuando comprendí que dormir era consentir.

Hablan de política como si fuera una abstracción, un juego de palabras altas, un tablero limpio. Pero la política entra en las casas por debajo de las puertas, se sienta a la mesa, decide quién come y quién aprende a tragar vacío. Yo la he visto de cerca. No tiene rostro, pero deja marcas.

Me dicen que exagere menos, que no todo es tan grave, que siempre ha sido así. Esa es la consigna del poder: naturalizar la ruindad. Convencerte de que la injusticia es parte del paisaje, como la lluvia o el polvo. Mentira. La injusticia se fabrica. Se planifica. Se ejecuta con firmas y sonrisas.

La sociedad duerme porque le han enseñado a hacerlo. Le han dado pantallas como cunas, consignas como nanas, promesas aplazadas como calmantes. Le han dicho: descansa, no mires, no cuestiones, mañana será mejor. Y mientras tanto, le han vaciado los bolsillos y la conciencia.

Yo alzo la voz por quienes no pueden. Por las mujeres agotadas que confunden el sueño con refugio. Por los cuerpos frágiles a los que llaman daños colaterales. Por los que ya no protestan porque protestar duele más que aguantar.

El poder detesta mi insomnio porque el insomnio ve. Ve las trampas del lenguaje, las palabras prostituidas: libertad, progreso, seguridad. Ve cómo se legisla contra los débiles y se llama orden. Cómo se recorta la vida y se llama eficiencia. Cómo se sacrifica a los mismos de siempre y se llama responsabilidad.

No me pidan moderación. La moderación es un lujo de quienes nunca han sido empujados al borde. A mí no me gobiernan con miedo ni con promesas. He aprendido que el silencio no protege: colabora.

Mientras ustedes duermen, deciden por ustedes. Mientras ustedes sueñan, les roban el futuro. Mientras ustedes confían, alguien hace negocio con su vulnerabilidad.

Yo no quiero despertar conciencias a golpes, pero tampoco voy a arrullar este mundo podrido con palabras bonitas. Si mi voz incomoda, es porque señala. Si molesta, es porque nombra. Y nombrar es el primer acto de desobediencia. No soy heroína. Soy consecuencia.

La consecuencia de una política que olvidó a las personas y de una sociedad que aceptó dormir para no sentir. Yo permanezco despierta no por valentía, sino porque alguien tiene que sostener la vigilia cuando el mundo decide cerrar los ojos.

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Diálogo en la vigilia

_ No seas injusta _dice el corifeo._ No todo es poder y crueldad. La sociedad hace lo que puede. Hay avances. Hay progreso. Hay que ser realistas.

Yo lo miro como se mira a quien repite un catecismo aprendido para no pensar. El realismo del que hablan es una jaula bien pintada.

_Vuestro progreso _respondo_ es una escalera que solo suben unos pocos mientras los demás sostienen el peso desde abajo. Le llamáis estabilidad al equilibrio del abuso. Le llamáis convivencia al miedo a perder lo poco que queda.

_Pero la gente elige _insiste_. Vota, consume, opina. Nadie obliga a nadie.

Mentira envuelta en ficción. Se elige entre opciones ya decididas. Se opina dentro de un marco que castiga la disidencia. Se consume porque el vacío también tiene hambre. La libertad que pregonan es un simulacro con instrucciones pequeñas.

_Dormís _les digo y llamáis paz a ese sueño inducido. Dormís mientras se privatiza la vida, mientras se mercadea con el cuerpo, mientras se negocia quién merece ser salvado y quién puede caer sin ruido.

El corifeo se inquieta. Prefiere los reproches suaves, las críticas que no amenazan.

_Tu discurso divide. Genera odio. Hay que cuidar las formas.

Ahí está el arma favorita del poder: la forma. Como si la injusticia se volviera aceptable con buenos modales. Como si el dolor debiera expresarse con cortesía para ser legítimo.

_No divido _respondo_. Señalo la grieta que ya existe. Vosotros la tapáis con consignas. Yo la abro porque por ahí entra el aire.

El corifeo baja la voz, como quien intenta calmar a un animal incómodo.

_ ¿Y qué propones? ¿El caos? ¿El colapso?.

El colapso ya está aquí, solo que repartido. Fragmentado. Administrado para que no estalle todo a la vez. El verdadero miedo no es al caos, sino a perder el control del relato.

_Propongo el despertar _digo_. Y el despertar siempre duele. Propongo dejar de dormirnos sobre el sufrimiento ajeno. Propongo que el miedo cambie de bando.

El silencio cae como una losa. No es un silencio vacío: es el momento exacto en que algo se quiebra. Algunos apartan la mirada. Otros sienten, por primera vez, la incomodidad de estar despiertos.

El corifeo retrocede. Su función es conservar, no transformar. Mantener el coro afinado, no permitir la disonancia.

_Si sigues _advierte_, nada volverá a ser igual.

Eso es exactamente lo que busco. Porque cuando el mundo duerme, el poder gobierna. Pero cuando alguien despierta y habla, aunque tiemble,
el sueño se resquebraja. Y no hay orden que sobreviva intacto
al primer acto de conciencia.

No fue un grito lo que despertó al mundo. Fue una incomodidad persistente, como una piedra en el zapato que ya no se puede quitar.

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El gesto no era ni heroico ni limpio. Aparecieron las renuncias, las veces que se miró  hacia otro lado, los silencios convenientes. Asomó el miedo a haber llegado tarde.

Yo seguí en pie, sin triunfo. No había victoria que reclamar. Solo una verdad compartida que ya no podía devolverse al sueño. El corifeo social calló, no por derrota, sino porque su canto había perdido sentido. No se puede arrullar a quien ha visto la auténtica luz, la de la Verdad.

La noche no terminó. Se hizo más profunda.

Pero ya no era la noche anestésica del engaño, sino la noche lúcida de quien sabe. En esa oscuridad nueva, áspera, comenzaron a reconocerse unos a otros. No como masa, sino como cuerpos despiertos, vulnerables y responsables. El mundo no mejoró. Pero dejó de mentirse.

Y eso, aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta,  fue el primer acto verdadero de libertad después de mucho tiempo durmiendo.

                                                              

Ana Martínez (Wércal)

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