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Corazón que escucha XIII

¡Oh, cómo pasa el tiempo! Se deslizan los días como si nada, como si de pegotes de mantequilla se tratase; o como por aquellos remotos juegos de infancia… cuando en lugar de bajar los peldaños, uno a uno, nos lanzábamos resbalando por la balaustrada de la escalera. ¿Recuerdan ustedes? Pues, sí; ya ha transcurrido un año desde que empezamos a  compartir los presentes artículos de: «Corazón que escucha». En cierta ocasión, el director del Granada Costa: Pepe Segura, me hizo una observación que sopeso a menudo. Parafraseando sus palabras, recuerdo que vino a decir que a escribir se aprende escribiendo… y es bien cierto.  Hoy quisiera dar las gracias a Pepe Segura, a Rogelio Garrido, y a todas las personas que componen el equipo de este proyecto de colaboración cultural, por la oportunidad que me brindaron en su día, y que hoy permite el seguir acercándome a todos ustedes, desde este corazón que escucha.

Y mientras la vorágine del verano arrastra, a algunas personas, hacia un cierto concierto para instrumentos desafinados, a otras, las olas de calor les hinchan las piernas, les tumban los cuerpos, y las deja abatidas. No obstante, y sin más dilección, seguiremos retomando el tema de la gestión del tiempo y el retorno a una vida sencilla que iniciamos el  mes pasado. Ante todo, gracias por las muestras de interés y las respuestas que he recibido. El buzón de correos sigue abierto para ustedes: yugmarisa@gmail.com.

Corazón que escucha se detiene hoy para comentarles el contenido de una de las cartas que han contestado acerca del tema propuesto, y que me ha llamado especialmente la atención. Se trata de una familia que vivía en una ciudad, y tomó la decisión de ir a vivir a un pequeño pueblo, a las afueras de la gran urbe. De este modo, persiguiendo el ideal de mejorar la calidad de vida, y buscando disponer de más tiempo, modificaron no solo el entorno laboral y social, sino también la organización de su hogar. Curiosamente, con el paso del tiempo, la familia se dio cuenta de un trasfondo con el que no contaba. El gran descubrimiento fue que, después de superar y adaptarse a las dificultades que los cambios externos entrañan, en su vida familiar no había más calma ni  más tiempo ni más calidad de vida. Quien suscribe esta carta, afirma con gran claridad lo que la experiencia les ha enseñado: lo que determina ese estado de bienestar, y serenidad confiada, que perseguimos todos − no siempre con la misma suerte − no es el lugar en el que uno vive, sino la actitud desde la que uno se dispone ante la vida. ¡Menudo aprendizaje! ¡No hay para menos que agradecer el poder compartirlo con todos ustedes!

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En efecto, en palabras de Theilar de Chardin: «para pensar hay que comer»[1]; o en otras palabras, que primero es el pan… y luego el intelecto. Es decir: que es preciso nutrirse para poder hacer la digestión.

De modo que todo empieza y todo acaba dentro de nosotros, y no fuera. Pretender cambiar el contexto externo, con la intención de mejorar las condiciones para instaurar una vida sencilla, tantas veces no es la solución más adecuada. Obsérvense las  consecuencias a la luz de los hechos. La más inmediata de este vano intento será la de  chocar; como aquel que camina a tientas en una habitación a oscuras, y va dándose golpes ciegos con los muebles de la estancia, hasta que acierta a palpar el interruptor de la luz. Es entonces, y solo entonces, cuando todo se vuelve mucho más sencillo y se torna más fácil.  Por supuesto, el retorno a una vida sencilla empieza cada amanecer; puesto que cada día es una oportunidad insustituible para empezar a situarnos desde una actitud distinta ante la vida.

En el Budismo Tibetano, una de las primeras meditaciones que se practican, a partir de las 4:00h de la madrugada, se basa en la toma de conciencia de la siguiente afirmación: “un día… voy a morir”, “un día…”, “sí, no sé cuándo… ni sé cómo… ni dónde… pero, lo que es seguro es que un día moriré. De todo lo demás puedo dudar; pero, de ese hecho no hay ninguna duda. Pueden estar seguros de que una mente que no está adiestrada no soporta estas verdades como puños. Ante esta afirmación, que nos consigna a la certeza de que: un día… nosotros también seremos pasto para las amapolas; el primer impulso de la mente es el de querer huir, o salir corriendo de la sala. A la mente le cuesta mucho aceptar y superar algunos tabus; como lo son, por ejemplo, el hablar de la muerte, o de la culpa – aunque estas son cuestiones que nos vinieron instauradas con el biberón−. Mas cuánta benevolencia y compasión se abre en el corazón humano, cuando detrás de estas palabras el Lama añade, con contundencia: ¡por eso, hoy tengo la oportunidad de aprender! ¡Hoy tengo la maravillosa oportunidad de abrir mi mente y mi corazón desde una actitud distinta!

Aún quisiera apuntar una observación más al respecto del retorno a una vida sencilla. ¿Han estado alguna vez en un hospital? Cuando una persona está ingresada en un centro de salud, tiene ante sí uno de los mejores campos de observación sobre lo que es vital y, al mismo tiempo, un buen método para economizar. Fíjense en lo que precisa un ser humano desde que despierta hasta que vuelve a descansar en los brazos de Morfeo. Como lo dictara aquel antiguo proverbio: «La salud es la Corona del hombre sano que solo ve el hombre enfermo». Lo único indispensable para el ser humano es lo que conforma el tratado de su dulce cotidianidad. Es decir, que lo esencial es lo cotidiano: lavarse, comer, pasear, hablar, sonreír, contemplar… Por cierto, cabe recordar que, también los Budistas atesoran que: el mejor terapeuta es uno mismo. Nadie mejor que nosotros mismos para saber discernir lo que nos conviene y lo que no. Y mucho más, cuando nos va la vida en ello.

Permitan que, a modo de colofón presente, les acompañe con esta bellísima imagen de aquel borrador a lápiz que legó Goya a la humanidad:

«¡Aún aprendo!».

corazon que escucha XIII

 

Marisa Barros

[1] Teilhard de Chardin, Pierre, El fenómeno humano, 5ª ed. Madrid, Taurus, 1971, p.80.

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