CHIQUITA O EL VIAJE INTERMINABLE (1 de 3)

Este cuento lo escribí pensando en
Dolors López a quien se lo dediqué.
—Mamá, tengo hambre, cuéntame un cuento.
—Si hija mía, pero arrímate que entremos en calor.
Bajo los soportales de una ruinosa construcción, acurrucadas una contra la otra, madre e hija trataban de burlar el frío, ya que no podían engañar al hambre que las corroía.
La madre tragó saliva, lo único que llegaba a su estómago desde el día anterior, e inició la narración:
‹‹Érase una vez una muchachita llamada Chiquita que tenía una pequeña granja de la que conseguía, con mucho esfuerzo, lo justo para vivir, a pesar de que no consentía que nadie pasara hambre a su alrededor.
»Aquel día, cuando aún no se había desperezado el sol, Chiquita, como cada dos semanas, partió hacia la ciudad para comprar las provisiones y los avíos necesarios para arrancarle frutos a la tierra. Se llevó el poco dinero que había podido reunir con la venta de los productos que le daba la granja. La heredad necesitaba algunas reparaciones ››.
Madre e hija se abrazaron aún más, no por manifestarse su cariño, que eso ya lo sabían, sino para evitar que el viento les arrebatara el poco calor que desprendían sus cuerpos.
‹‹Cargó Chiquita una canasta en la vieja furgoneta, en ella llevaba la comida que precisaría ese día. Esa misma noche debía estar de vuelta para ordeñar a los animales. No obstante echó una manta, por si no le quedaba más remedio que dormir en el vehículo. Partió sin apresuramiento para no despilfarrar combustible, le quedaba poco y, a ser posible, no quería repostar hasta llegar a la ciudad, allí era más barato. Entre canciones que ella misma se cantaba para espantar las preocupaciones que le venían a la cabeza cuando la tenía ociosa, pasaron las cuatro horas de camino. Cuando llegó, sin haber tenido que repostar se alegró mucho, ahora dispondría de unos cuantos pesos más para gastar en los materiales que precisaba el ranchito. Lo primero que hizo fue comprar los vivieres que precisaba para la quincena entrante. En el colmado donde los adquirió, la propietaria comentaba muy triste a un conocido, que su hijo menor padecía de los pulmones y el clima de la ciudad costera le estaba arruinando la salud. Los médicos les habían dicho que debían mandarlo a la montaña. Chiquita, pidió lo que precisaba, pagó la compra y se ofreció a los tenderos para que enviaran a su hijo a pasar las vacaciones en su granja que, al estar en la sierra, beneficiaría al niño. Los padres le preguntaron cuanto les cobraría por ello y Chiquita, tras abrir exageradamente sus enormes ojos, les contestó que se trataba de una invitación no de una venta. Los comerciantes aceptaron gustosamente, se lo agradecieron y le dijeron que se lo mandarían la próxima semana, cuando concluyera la escuela››.
La madre se ha interrumpido para recobrar el aliento que el frio cristaliza al salir de su boca, su hija la observa en silencio con los ojos tan abiertos como la atención.
‹‹Salió Chiquita, dichosa por el servicio prestado a la salud del crío y, gozosa como estaba, se dirigió a la farmacia, necesitaba comprar aquellas tabletas que le iban tan bien para combatir aquel dolor de espalda, que cosechaba con las penosas labores de la granja. Cuando llegaba a la botica se topó con una conocida del pueblo a la que hacía mucho tiempo que no veía. Esta le contó que había tenido que abandonar la aldea porque de la relación que mantenía con un hombre casado, había quedado embarazada y el padre de la criatura, al que no quiso nombrar, aunque su identidad era de dominio popular, le dio dinero para que se fuera a abortar a la capital. Ella, aunque al principio no deseaba aquel niño, había acabado amándolo. Pero partió hacia la ciudad y con el dinero que le había dado el indolente padre y el que pudo conseguir trabajando en lo que iba saliendo consiguió juntar unos ahorrillos. Llegada la fecha pario al niño en un hospital público y lo crio con sus economías y lo poco que sacaba con los trabajos que encontraba. Pero al llegar el momento de vacunarlo, como en los trabajos que conseguía no la aseguraban, debía pagar las vacunas y para eso no contaba con suficiente dinero. Chiquita solo le preguntó la cantidad que le hacía falta, cuando la supo la sacó del saquito que guardaba en el escote y se la entregó››.
— ¿No tendrá Chiquita un poco de dinero para nosotras?
—Hija que Chiquita no es más que un cuento. ¿Quieres que continúe?
—Sí mamá, que tengo mucha hambre.
‹‹Chiquita no llegó a entrar en la botica, no podía, después de entregar aquel dinero a su paisana, no le llegaba para comprar el medicamento: se calmaría los dolores masticando aquella hierba que le aconsejaron los aldeanos, aunque casi no le hacía efecto. Los comprimidos los compraría la próxima vez que acudiera a la ciudad, siempre que la cosecha de tomates se diera bien. Se encaminó hacia el almacén de materiales de la construcción en busca de los repuestos necesarios para la finca. Al pasar junto a unas chabolas el desesperado llanto de unos niños la hicieron detenerse, el berrinche venía causado, según le dijo la madre de los niños, por el hambre que devoraba a las criaturas. Chiquita, sin decir nada, cogió la cesta con su comida y la entregó a aquella familia. El agradecimiento que le dispensaron en forma de sonrisas la recompensó sobradamente. Prosiguió hasta el almacén, debía arreglar el tejado de la casa y la valla del gallinero, se acercaban días de viento y la vieja techumbre y el cierre del corral no estaban en condiciones de soportar muchos embates. Cuando cargó los elementos que precisaba y se dirigía a la ferretería, presenció un accidente de tránsito, un viandante había sido arrollado por el coche que circulaba delante del suyo. Socorrió a la víctima y la trasladó hasta el hospital más próximo, que no lo estaba tanto. Por lo que, tras ingresar al accidentado, dejar todos los datos que le pidieron y firmar todo lo que le pusieron delante, cuando volvía camino de la ferretería, la furgoneta se paró en un descampado. Se había quedado sin gasolina. Arrimó el vehículo cuanto pudo a la cuneta para no entorpecer la circulación, levantó el capot indicando que el automóvil se encontraba averiado y esperó que alguien parara para ayudarla. Nadie lo hizo, por lo que tuvo que ir andando hasta la gasolinera más cercana —a más de dos kilómetros— para comprar algo de gasolina con la que poder acercar el coche hasta el surtidor. Cansada por la caminata y estresada al ver como pasaba el tiempo con las tareas que aún tenía pendientes, empezó a inquietarse. Tenía que llegar a la granja antes de que despuntara el nuevo día para poder ordeñar y poner comida al ganado y para eso debía salir de la ciudad antes de que anocheciera, si salía más tarde tendría problemas››.
La madre ha interrumpido la narración del cuento al creer que su hija se había dormido, pero inmediatamente dos inmensos ojos se han abierto, iluminando su tristeza, para desmentir su creencia.
Continuará


Chiquita y su mamá son Coyas de Bolivia o Perú???
Hablan quechua o Aymará????.