CARTA DE UNA ALUMNA

Juan Martínez Monitor de Tai Chi Almería
En el artículo anterior contaba todas las sensaciones que como monitor experimento cuando un alumno entra en clase por primera vez y veo su evolución. Ahora es una alumna, que ha completado esta última temporada, la que me remite una carta. Una carta que no tiene desperdicio ya que cuenta su experiencia y transformación y que yo, con su permiso, quiero compartir con ustedes.
Querido Juan:
Ahora que acaba el curso, toca echar la vista atrás y hacer balance de lo que han supuesto estos meses. Unos meses enriquecedores de un modo que no habría podido imaginar cuando, por septiembre, llegué con mucha ilusión y ningún conocimiento de lo que iba a ser el taichí. Aún recuerdo mi primer día, cuando todavía no había empezado de forma oficial el curso. Ese día subí las escalera sin saber qué esperar de las clases a las que acababa de apuntarme solo porque coincidían con la hora de piscina de mi hijo. Maravillosa serendipia. Esa tarde resultó terrible y fascinante a la vez. Sesenta minutos de sufrimiento por no entender nada de lo que todo el mundo a mi alrededor ejecutaba con tanta facilidad. El mismo tiempo que necesité para decidir que yo quería hacer mío ese arte marcial tan elegante y fluido.
Los primeros meses fueron agotadores, sobre todo para una persona tan perfeccionista y con tanto sentido del ridículo como yo. No había manera de memorizar los movimientos, pensaba que había captado la idea y, al adoptar la pose, mis compañeros ya iban dos pasos más allá. Pero, a pesar de la frustración que sentía, siempre has conseguido que saliese de cada clase al menos con una idea pequeña, algo que quizá parecía insignificante, pero a mí me hacía reflexionar y compensaba los apuros que había pasado toda la tarde. De esa forma, semana tras semana, no sé cómo, un día me sentí en sintonía con la realización de los ejercicios. En ese momento entendí que no sabía nada. Y me sentí maravillosamente bien. Porque me di cuenta del camino que se abría a mis pies; una senda de entrenamiento sempiterna. Siempre hay que superarse, seguir avanzando, sentirte mejor que ayer porque has alcanzado un nivel que mañana se quedará corto.
Este año ha sido enriquecedor de un modo que nunca pensé. Escogí una disciplina por curiosidad y no solo me ha aportado un beneficio físico, sino que me ha regalado una nueva mirada llena de serenidad, templanza y profundidad, tan necesarias en esta vida acelerada y cada vez más superficial que nos ha tocado. Si pienso en todo lo que el taichí me ha aportado, no terminaría. A nivel físico, cada vez me encuentro más flexible y fuerte, además de haber mejorado mi equilibrio. Hace tiempo que no sufro contracturas musculares tan fuertes, regalo que me suele dejar de vez en cuando mi estrés, compañero inseparable de casi cualquier persona actualmente. En el plano psicológico, esos nervios que me escoltan han quedado un poco rezagados y ya no caminan a mi lado con tanto ímpetu.
Como beneficio adyacente, este tiempo me ha proporcionado, de forma inesperada, un grupo de amigos increíbles, bellísimas personas que han hecho de las clases nuestro punto de encuentro. Los veteranos nos han tratado a los nuevos con paciencia y cariño exquisitos; los novatos hemos intentado adaptarnos para no alterar más de lo necesario el ritmo de la clase. Entre unos y otros, hemos ido acercando posiciones hasta alcanzar una sintonía de grupo magnífica que hace que nos sintamos como una gran familia. Y grande es, sobre todo, cuando se producen los encuentros con los distintos grupos de la zona. Qué sensación más vivificante la de compartir una pasión rodeada de gente con igual motivación.
Por supuesto, esto no podría acontecer sin tu influencia. El cariño que le imprimes a cada clase llegas hasta nosotros y hace que te sigamos en todos los proyectos que propones. No podía haber entrado en este camino de la mano de mejor maestro.
Por último, solo me queda despedirme con la ilusión de saber que ya falta menos para que comience la próxima temporada. Mientras tanto, seguiré practicando este arte marcial ancestral siempre que pueda. Es el mejor regalo que puedo hacerle a mi salud. Gracias de todo corazón, sensei.
Graci Cano García.
Quiero terminar dándole las gracias a esta alumna, Graci, por la parte que me toca y que ha sido un placer conocerla y tenerte entre nosotros.
Creo que con sus palabras deja claro cómo el taichí tiene algo mágico, magia que cada persona descubre a su manera.


