Portada » Autoridad marital

La había conocido cuando apenas éramos unos niños, ella llevaba trenzas y yo suspiraba por unos pantalones largos. Nos habíamos enamorado aún antes de saber lo qué era eso, ni cómo se le llamaba a aquella relación. Empezamos a pasear juntos mientras nuestras manos se buscaban tímidamente. Aprendimos juntos todo lo que los tiempos que corrían, nuestros padres y los profesores nos censuraban. El miedo a esa reprobación nos hacía contar ansiosamente los días y, sobre todo, las noches, que faltaban para casarnos. Cumplimentamos todas y cada una de las esclusas que los hombres habían dispuesto en el canal del amor. Hipotecamos nuestro porvenir en un pisito propio y por fin, nos casamos, como correspondía, en una bonita iglesia a la que jamás he vuelto a entrar y fundimos los ahorros de nuestros padres en un fastuoso convite para demostrar a nuestros parientes, amigos y conocidos lo derrochadores que podíamos llegar a ser.

Nuestra vida conyugal siempre fue normal, al menos, como la que contaban mis compañeros de trabajo, aunque los churumbeles se resistían a llegar. Ya andábamos pensando en ir al médico para que nos dijera porque ella no se quedaba preñada, cuando un día se le ocurrió acudir a una de esas reuniones en las que se vendía potingues, cosméticos y otras chorradas, pero, como mucho después supe, resultó ser una de esas reuniones para la concienciación femenina.

Cuando volvió de la reunión me miraba de una forma extraña. Yo lo achacaba a que, seguramente, le habría dado poco dinero, porque volvió sin haber comprado nada y cargada de papeles. Ese tipo de reuniones menudearon, y aunque yo le daba algo más de dinero, pocas veces volvía con alguna crema o algún perfume.

Una tarde me contó la verdad de aquellas reuniones. Me quedé a cuadros, le eché una bronca de aquí te espero y hasta pensé en prohibirle que volviera a esas reuniones, pero con eso solo les estaría dando la razón. No sé qué le habían hecho, pero ya no era la misma, empezaba a tener ideas… ideas extravagantes, muy distintas de las que había adquirido conmigo. Quería opinar sobre todo y lo hacía hasta cuando estaba con mis amigos. Pero lo peor era que su apreciaciones eran distintas de las mías y no le importaba manifestarlas hasta cuando íbamos a casa de sus padres… ¡o de los míos!

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 Aunque no nos gastábamos todo el dinero que yo llevaba a casa, se empeñó en ponerse a trabajar, diciendo que necesitaba realizarse. ¡Cómo si no se realizara bastante limpiando y aseando la casa! ¿Qué para qué había estudiado tanto? Y por mucho que le decía lo bien que estaba en casa sin que nadie te mandase nada ¿iba a ir a buscarte problemas?

Un día debió pillarme en la hora tonta, consentí que se pusiera a trabajar y empezamos a no vernos: entre nuestros trabajos, las reuniones de ella, mis cenas con los amigos, mis partidos de futbol, mis partidas de dominó, mis reuniones de los jueves para echar la quiniela y los domingos de caza, apenas nos cruzábamos.

A partir de entonces empezó a torcerse la cosa: primero los reproches, las malas caras, para culminar con enfrentamientos en que llegaba a desafiar mi autoridad marital.

En un primer momento, me lo tomé a guasa y hasta le reí algún capricho, siempre que no se enfrentara abiertamente a las bases que yo había fijado en nuestra relación. Entre otras cosas acepté recortar mis salidas nocturnas sin ella y pasear juntos por el parque todos los días al atardecer.

Una tarde, cuando acababa de ponerme a ver el video del clásico de futbol de la temporada anterior me dijo, señalando el reloj, que era la hora del paseo. Yo le dije que pasearíamos después del partido.

Se atrevió a discutirme argumentando que el video podía verlo más tarde y ella no podía retrasar el anochecer y que si no quería salir con ella, se iría sola a pasear.

Sentí que desafiaba desvergonzadamente mi autoridad marital, me arrepentí de haber sido tan blando con ella e hice lo que debí hacer desde un principio: con la máxima seriedad y dignidad le lancé un ultimátum: si salía de esta casa sin mí, que no se le ocurriera volver más.

Todo fue mucho más sencillo y concluyente de lo que había pensado. Desde entonces ambos paseamos por el parque sin problemas y cuando nos apetece.

A veces la veo.

Y en ocasiones hasta me saluda.

Mi autoridad marital había quedado a salvo.

Alberto Giménez Prieto

Katena

Merendero

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  1. Hola Alberto, cuanto me gustaría poder decirte, con pocas palabras lo que he sentido, cuando he leído tu relato pero no pues para que, tú ya sabes que esta es la historia de la mayoría de la y los que estamos separados. Un saludo

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