Antes de que el viento se lo lleve todo
Un poema de resistencia íntima ante el paso del tiempo: el viento como metáfora de pérdida y desgaste, y la vida como un acto consciente de sostener el cuerpo, educar la memoria y elegir el camino —y la compañía— antes de que todo se disuelva.

Llegará el viento y arrastrará todo,
se llevará hasta las cenizas de los cuerpos
y los vestidos caros.
Los esparcirá donde no haya cabida para los sueños.
Hay que agarrar con fuerza la vida,
estirar cada día los músculos para evitar que se acorten
y educar a la memoria a recordar.
Quizá lo andado no fue sobre un prado verde,
quizá nos nubló la lluvia los ojos
y el sendero se tornó borroso
mientras permanecíamos en un paraje desierto.
Recuerdos de imágenes que se enquistan.
Aún nos queda edad para salvar el camino
si lo retomamos
aunque sea incómodo despertar del letargo.
Etapa de madurez
donde reavivar el deseo de reconocerse cada día
sin mirar la edad de las arrugas en el espejo.
Antes de que el viento se lo lleve todo
hay que sostener el cuerpo para que no se golpee
mientras se agarra con fuerza a la vida
y se ignoran las manchas que se apoderan de la piel.
Habrá que disminuir la distancia entre cada paso
para que no se quiebren los huesos de las piernas,
seleccionar con quien compartir los días
y el lugar adecuado que nos mantenga estables.

