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INDIFERENCIA RELIGIOSA

El “indiferentismo religioso”  es una  doctrina que proclama la igualdad de valor de todas  las religiones. Yo, cristiano de a pié, tranquilo y sereno cierro mis ojos; incluso tapono los oídos para escuchar y atender sólo los latidos del corazón que, sumamente  sorprendido, se pregunta: ¿Cómo  es posible  la indiferencia religiosa cuando,  desde  siempre,  he oído  decir a los grandes y honestos filósofos que  el  hombre es, por  naturaleza, “homo religiosus”?. No  lo entiendo. No soy “ningún beato”, en  sentido peyorativo.¡Qué más quisiera serlo en su  sentido  etimológico y teológico!. Hoy nadie puede sentirse ajeno a esta penosa y terrible realidad social.

El apóstol Juan (4, 43-54) nos narra los milagros que Jesús hizo  cuando pasó  de Samaria  a Galilea: convertir el agua en vino y la curación del hijo de un funcionario.

El texto nos demuestra que es el milagro el que hace nacer la fe del  funcionario y de toda su familia. En los dos casos, como en todas las curaciones, la fe y los milagros están  en estrecha relación. Ahora bien – pregunto – ¿No  se deberá  la “alergia” moderna a los milagros a nuestra crisis de fe?. Oímos que un  poco de fe bastaría para “trasladar un  monte” (Mt. 17). Una metáfora, sin duda; pero que encierra una gran  verdad. Porque el  creyente confía, pone  su  vida en manos de Dios, para el  que “nada es imposible” (Lc. 1,37), cfr. “Evangelio 2016”(07/03/16). Y por  eso el Evangelio  puede asegurar: “Todo  es  posible  para  el  que cree”. A la luz de mi  creencia, no dudo  en  afirmar que la fe introduce a Dios en la vida del creyente, y  al  creyente  en  la vida de Dios. Quiero dejar bien  claro: soy  profundamente respetuoso con toda vivencia  religiosa, pues,  a la verdad, “nadie ha visto  a Dios” (Jn 1,18). Por cualquier camino podemos llegar a El. Este era,precisamente, el pensamiento del famoso físico y químico  ingles  Miguel  Faraday (1791 – 1867), quien nos  dejó dicho: “La noción  de Dios y el respeto a Dios llegan  a mi espíritu por caminos tan  seguros como los que nos  conducen a verdades de orden físico”.

Es lógico admitir que los Papas , fieles guardadores de la  fe  cristiana, se  hayan  preocupado por  esta inquietante  lacra que tanto ha perjudicado a la humanidad. Este fenómeno de masas – escribe Antonio Jiménez  Ortiz, Profesor de Teología –  es relativamente reciente. Sólo a partir del siglo XVIII se tiene constancia de grupos de indiferentes  en  el  mundo  de la cultura, de la aristocracia e incluso  de la burguesía. Pero como realidad  sociológica  numéricamente significativa, sólo  es  posible detectarla  desde finales  del siglo XIX hasta  nuestros  días: en  ninguna otra  etapa histórica  Dios había muerto  en  la mente y en  el  corazón de las grandes masas, en  las  que se extingue el  sentido  religioso, sin  crisis llamativas ni traumas, cfr. “Ante  el  desafío  de la increencia”, pág. 87 (Madrid, 1998). Es cierto: El  paso  a  la indiferencia  religiosa se va dando de forma lenta, a veces imperceptible, como un  fuego que se apaga  silenciosamente por falta de combustible.

Ante la imposibilidad de citar todos los textos pontificios, diré, al menos, que León XII (1823 -1829), tras muchas dudas y contra la voluntad de la corona española, fortaleció la Inquisición y actuó con autoritarismo frente al liberalismo, la masonería y el indiferentismo que sostenía la igualdad de valor de todas las religiones. La misma línea siguió Pío VIII (1829 -1830) que condenó el indiferentismo religioso, el jansenismo y las  sociedades secretas en su encíclica “Traditi  humiliati”. Otro tanto realizó el  ascético benedictino Gregorio XVI (1831 -1846), condenando el indiferentismo, la libertad  de prensa, culto y conciencia. San Pío X (1903 – 1914), sucesor de aquel sabio y prudente Papa León XIII (1878-1903), nos dejó escrito: “Nuestro  mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han  alejado  de Dios, han prescindido  de  Él en el ordenamiento  político y social. Todo  lo  demás  son  claras  consecuencias de esa  postura” (“En supremi apostolatus cathedra”).           Permitidme, benévolos lectores de GRANADA COSTA, ponga aquí, al menos, que San Pío X, en su testamento, dejó  escrito: “ Nací pobre, he vivido pobre, muero pobre”, porque siempre supo ser pobre en su corazón: sobrio y frugal en las comidas, amante de la limpieza y del orden, sencillo  en  sus vestidos, nada amigo de recibir aplausos fue el papa Sarto como presbítero, como obispo, como cardenal y como Papa. Murió el 20 de agosto de 1914. Bromeando, cuando oía decir de él que era  un Papa santo, solía  comentar: “No santo, Sarto, Sarto”, aludiendo a su apellido. El Papa Pío XII (1939 – 1958) lo proclamó santo el 29 de mayo de 1954. Había que remontarse hasta 1572 para encontrar  el último pontífice proclamado santo: San  Pío  V, cfr. “Historia de los Papas”, pág. 416-417 , de Luís-Tomás Melgar  Gil  (Madrid, 2015).

No puedo dejar sepultada, en la cuneta del olvido, la memoria del gran Papa  Pío XI ( 1922 – 1939), quien, en  el mismo año de su elección, proclamó su primera encíclica, “Ubi arcano Dei”, en la que afirma que el mal que aqueja a la  humanidad radica en  el hecho de que los hombres se han alejado de Dios y han olvidado la realeza de Cristo. De esa encíclica nace la Acción  Católica y en  ella  se fundamenta el  hecho de  que, en 1925, Pío XI  instituya la  fiesta de Cristo  Rey en  el último domingo de octubre (ibidem, pág. 419).

Cuando, en 1931, surgieron las discrepancias entre el gobierno facista y el Vaticano, Pío XI proclamó su encíclica “Non abbiano bisogno”, en la que criticaba la ideología facista, a la que consideraba estadolátrica, como  la nazi, la bolchevique o la jacobina. En la encíclica “Mit brennender  Sorge”, de 1937, el Papa denuncia el carácter pagano del nazismo y condena el racismo;  el  mismo año la “Divini Redemptoris”  condena el marxismo, el comunismo  ateo y la doctrina de los sin Dios, y en  esa  misma línea, cuando Adolfo Hitler (1889 – 1945) visitó Roma en 1938, el Papa abandonó el Vaticano para no entrevistarse con  el  dictador  alemán. En  la “Quadragesimo anno”, conmemorativa de la “Rerum Novarovarum” de León  XIII, el Papa recuerda la obra de la Iglesia a favor  de los trabajadores y condena, una vez  más, el comunismo y la indiferencia  religiosa. No menos árdua y eficiente ha sido la labor de los siguientes Papas: Pío XII, Juan  XXIII, Pablo VI, Juan  Pablo II, Benedicto XVI y, de manera especial, nuestro actual Papa Francisco I quien, a través  de  sus  escritos, nos hace ver cómo Dios está  en el  ser  humano y en la misma  naturaleza, que nos  rodea en  todas  sus dimensiones. El tema “La indiferencia religiosa” merece, según mi modesta opinión, que le dediquemos  otro  artículo, dadas sus características, tipos y  factores  que la desencadenan o la  fomentan y, sobre  todo, qué hacer frente a  ella.   Abril  2016

 

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