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ATEISMO EN LA BIBLIA

Descartes (1596 -1650), “Padre de la Filosofía Moderna”, en  sus famosas “Meditaciones Metafísicas” y “Discurso del método”, nos demuestra, con  claridad meridiana, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, sirviéndose sólo de la “razón  natural”. Pues bien, yo, valiéndome del periódico GRANADA COSTA, deseo dedicarte esta  breve reflexión, querida Cati, como compendio de nuestras largas y amenas conversaciones teológicas.

Es cierto: vivimos  en una  sociedad que cada vez deja menos resquicio para lo imprevisto; hay quienes se empeñan en considerar al hombre como un animal, cuando – así lo demuestran los estudios psicoantropológicos – es un ser que quiere saber qué  sentido tiene la vida y qué relación guardan las  cosas entre  sí. Se comprende bien  la resistencia de tantos hombres a esa especie de “animalización”: para  continuar siendo hombres necesitan  escapar al engranaje; necesitan  un “absoluto” que escape  a toda  manipulación y  que, a la vez, dé  pie a  una  conducta  no “programada” como las bestias. “El  hombre – decía san Agustín – ha  nacido para cosas mayores”. Y es verdad, también, que  el ser humano  se  vale de los  más sofisticados recursos para hallar “su liberación”, como por ejemplo, la magia, las  drogas, las supersticiones, etc.

En el fondo – si nos fijamos bien – se trata de una situación bastante parecida a la que refleja la Biblia. En los tiempos bíblícos abundaban  lo que hoy llamaríamos ateos; con la diferencia de que la Biblia los denomina idólatras. Si son  hombres – escribe José Miguel Pero-Sanz en “Ateismo, hoy”, pág. 36 (Madrid, 1975) – y no bestias  reconocerán  a Yahvéh como Dios; o bien tendrán su ídolo, su falso “absoluto” (aunque se trate de un dios bestial, como el de aquellos de quienes hace notar San Pablo que “su dios es el vientre”, tal como leemos en Filipenses 3,19). Seamos objetivos y honestos: el calificativo más exacto no es, pues, el de ateos, sino el de idólatras. Puede que su “absoluto” sea el placer, o el dinero, o lo que sea, si  a ello están  dispuestos a sacrificar todo  lo demás; pero en cualquier caso, se trata de un dios. Así se comprende aquella otra expresión del apóstol Pablo, cuando hace alusión  al “fornicario o impuro, o avaro, que es como adorador  de ídolos”, leemos en la carta a los  Efesios 5, 5

El ateo estrictamente dicho  es considerado en la Sagrada Escritura  simplemente como un estúpido; sólo su necedad puede explicar este ateismo. Y así  el salmista, profeta y rey David  dirá: “Dijo  el necio en su corazón: No hay Dios (Sal 13,1). El “Libro de la Sabiduría” (13,1) dice lo siguiente: “Vanos son por naturaleza todos los hombres que carecen del  conocimiento de Dios, y por los bienes  que disfrutan no alcanzan a conocer al que es la fuente de  ellos y por la consideración  de  las  obras no conocen  al  artífice”. Pensamos que una  estupidez así  tampoco  acarrea forzosamente un  ateismo completo; lo que habitualmente sucede con eses hombres, según la  Biblia, es  que “… al fuego, al viento, al aire  ligero, o al círculo de los  astros, o al  agua impetuosa o a las lumbreras del cielo tomaron por dioses rectores del universo” (ibidem 13,2). En algunos casos puede suceder que no conocen a Dios, por simple miopía: “… por ventura yerran buscando realmente  a Dios y queriendo hallarle (…), aunque no son  excusables. Porque si pueden alcanzar tanta ciencia y son  capaces de investigar el universo, ¿cómo no conocen más fácilmente al Señor  de él?, (ibidem 6,8 y 9). Más duro, sin embargo, es  el  juicio de la Sagrada Escritura respecto a otros ateos: respecto a los que “voluntariamente” sustituyen “absoluto”, sea verdadero o falso. Y tal es así que, consciente o inconscientemente, todo el  mundo sitúa en alguna parte su absoluto. Esa  ha  sido la  trayectoria histórica del  hombre: ignorancia, soberbia, poder, ¡y tantos otros “becerros de oro”!, han perturbado la mente del ser humano, olvidándose de quien es la “razón  última” de su existencia.

El genial filósofo Xavier Zubiri (1898 – 1983) escribe: “Lo que suele llamarse ateísmo suele consistir casi siempre  en negaciones de  cierta idea de Dios: por  ejemplo, la contenida  en  el credo  cristiano. Mas la no creencia  en  el cristianismo y, en general, la no  aceptación de una determinada idea  de Dios, no es rigurosamente ateismo”, cfr. “Naturaleza, Historia, Dios” (1944). Lo que ocurre es que  a  eso se  le suele llamar  ateismo; y hacerlo así, es decir, calificar de ateo al que pone su  absoluto  en “otro” dios, no  es algo  exclusivo de quienes  profesamos  la religión católica. Creo – pienso yo – que quien conozca las ideas de Sócrates (s. V a.C.) no se atreverá a considerarlo ateo; de ninguna manera, y, sin embargo, fue acusado  en  su tiempo de ateísmo, porque no manifestaba gran  entusiasmo hacia los dioses de la mitología  ateniense. La historia nos enseña que  entre  las  acusaciones   que se formulaban  en  el Imperio Romana contra los primeros cristianos, figuraba igualmente la de que eran ateos. ¿Cómo era aquello posible? Porque  se negaban rotundamente a rendir  culto a toda  aquella constelación de Dianas, Minervas y Mercurios, en la que se llegaría a incluir hasta los mismos  emperadores. Increíble, pero cierto.

Ahora bien, no se puede situar en  el mismo plano el “ateísmo”  de los cristianos ( que no reconocían a Venus, a Júpiter o a  Vesta), que el ateísmo de aquellos  a quienes  la  Biblia califica cómo idólatras. Nada  más  lejano. Los “Hechos de los Apóstoles” 19,26 nos cuentan cómo Demetrio, orfebre  de Efeso y  acusador de ateismo contra los cristianos, formula su denuncia contra san Pablo en estos términos: “Este Pablo ha persuadido y llevado tras de sí a una gran  muchedumbre, diciendo que no son  dioses los  hechos por  manos de  hombres”.

Causa pena decirlo, pero es así la realidad: muchos hombres necesitan un dios y, si llega el caso, se lo fabrican, o lo eligen entre las realidades que contemplan (el sol, la tierra, el mar…) o entre los ideales que les  mueven (la ciencia, el sexo, las drogas…). Pero  el “dios” – opinión mía subjetiva – cuya “divinidad  DEPENDE  de  que  los hombres  manifiesten la necesidad de  un “absoluto”, resulta  muy poco  “absoluto”. Esto es  lo que se quiere decir cuando se califica de “ateos” a los idólatras que – en la Biblia- desconocen a  YAHVEH  o niegan  el culto. La Teología  Fundamental  nos enseña que Yahvéh  es una PERSONA que no  depende  del  mundo. Es cierto, asimismo, que los hombres lo necesitan, aunque no tengan conciencia de ello; pero lo necesitan  porque  YAHVEH  los ha creado, no porque sean ellos quienes precisen  un dios y se lo formen.

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