Las Torres de Serranos es una de las doce puertas que integraban la antigua muralla cristiana de la ciudad de Valencia. Es un gran referente de la ciudad y un monumento de los mejor conservados. De la muralla antigua solamente quedan estas torres y las de Cuart (del siglo XV), además de algunos otros vestigios y restos arqueológicos referidos a la puerta de los Judíos.
Estas extraordinarias Torres constituían el ingreso de los que venían a la ciudad de las tierras altas del norte y noroeste, como entrada natural que comunicaba con los caminos que procedían de la comarca de los “Serranos”. Otra teoría supone que pudo tomar el nombre de la principal familia que habitaba la calle homónima.
Su enorme importancia no sólo es de carácter artístico e histórico-monumental, sino también por ser el ingreso urbano y castrense más grandioso de España. Pocas visiones de monumentos son más impresionantes que la de este “portal” desde cualquiera de sus alrededores, y muy especialmente desde el puente de enfrente llamado ”Puente de Serranos”.
Los Jurados de Valencia decidieron su construcción, encomendando la dirección de las obras al cantero Pere Balaguer, dándole carácter de arco triunfal y para que constituyera un elemento defensivo y de entrada a la ciudad, siendo uno de los accesos más importantes de la Valencia antigua, realizándose en la última década del siglo XIV, en un gótico severo y refinado. Se comenzaron las obras sobre los terrenos del anterior pórtico, el 6 de abril de 1392. La composición del grueso de los muros se hizo de mampostería muy sólida para que sirviera de fortificación. Posteriormente se revistieron de paramentos de sillería de piedra caliza, procedente principalmente de la localidad de Alginet, para darle el acabado suntuoso que requería en su función de carácter representativo. Las obras de esta grandiosa construcción finalizaron en marzo de 1398.
El trazado de las torres es simétrico y a “gola abierta”, formado por dos torres poligonales con tres plantas abovedadas en cada una de ellas, y una monumental escalinata de piedra dando acceso al edificio, que está formado por un cuerpo central de planta rectangular en el que se insertan las dos enormes puertas de madera con refuerzos de hierro y un matacán que une estos tres cuerpos. Cada torre gemela tiene tres pisos de cubierta en crucería abiertos hacia el interior de la ciudad, y entre sí enlazados por escaleras a la calle, a las terrazas almenadas superiores y a la larga y robusta, a la vez que decorativa, barbacana, cuyo recorrido constituye un largo paseo entre recios sillares por esta galería volada con vistas sorprendentes.
Escudos de la ciudad y una arquería ciega de “gótico terciario” decoran la fachada exterior. Y frente a este grandioso monumento medieval se encuentra el puente homónimo (ya citado), de nueve arcos apuntados, que exhibe su goticismo y mantiene una unidad con las Torres.
Su uso principal durante mucho tiempo fue servir de defensa en cualquier hipotético ataque a la ciudad, pero también se utilizaba para ceremonias y entradas oficiales de embajadores y reyes. Sin embargo, tras el incendio que sufrió la ciudad; desde 1586, este impresionante edifico se utilizó como prisión de nobles y caballeros hasta que los presos fueron trasladados al convento de San Agustín en 1887. Para ello habían sido cegadas las estancias altas abiertas a la ciudad, que tras su consiguiente restauración, recuperaron su aspecto primitivo. Y por el uso que se dio a las mismas, no fueron demolidas en 1865, cuando se inició el derribo de las murallas medievales.
Durante la Guerra Civil Española las torres se utilizaron como depósito de las obras evacuadas del Museo del Prado, tras realizarse la requerida adaptación para tal fin. Por ello, en diciembre de 1936 se construyó una bóveda de hormigón armado de 90 centímetros de espesor sobre el primer piso para evitar que las obras de arte sufrieran daños en caso de bombardeo y derrumbe del edificio. Sobre esta bóveda se acumuló un metro de cáscara de arroz (destinada a actuar como amortiguador) y, sobre ella, un metro de tierra y otro metro de tierra sobre el segundo piso, y la terraza fue cubierta con sacos terreros. Además se instaló un sistema automático de control de la humedad y de la temperatura.
En 1871, el Ayuntamiento decidió rellenar el foso situado ante las puertas. Entre 1893 y 1914, la Real Academia de San Carlos, llevó a cabo una restauración dirigida por el escultor y académico José Aixá. En el año 2000 se limpió la piedra y las torres quedaron con su aspecto actual. Hoy en día se utilizan como museo, y se pueden visitar subiendo a lo alto, desde donde se tiene una vista impresionante de Valencia. Al ser un edificio emblemático, ante ellas se celebra la crida o llamada a la fiesta de las Fallas, que tiene lugar todos los años el último domingo del mes de febrero, cuando la fallera mayor del ejercicio correspondiente proclama a los valencianos, falleros e invitados a la fiesta, que ya están en Fallas, desde una tribuna levantada delante de la fachada exterior, iluminándose el monumento con una gran variedad de colores, predominando el rojo por el simbolismo del fuego. Y tras su discurso, se canta el himno de la Comunidad Valenciana.
El origen de la expresión: “Quedarse a la luna de Valencia” viene de cuando por las noches se cerraban las puertas de la ciudad al toque de queda, y los rezagados no podían ir a su casa a dormir, por lo que tenían que pasar toda la noche al raso, a la luna de Valencia.



