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La oscuridad necesaria

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Hay libros que no se leen con toda la luz encendida. Se leen a media luz, con la cautela de quien baja una escalera sin conocer del todo el último peldaño. No prometen consuelo. Prometen algo distinto: la certeza de que abajo también hay vida, y de que alguien tuvo que bajar antes que nosotros para contárnoslo.

Octubre es el mes ideal para esa clase de lecturas. Anochece antes. La niebla, en la plana de Lleida, se echa sobre los campos como una manta húmeda y borra los caminos que creíamos saber de memoria. Los frutales sueltan la hoja, el aire huele a tierra mojada y a leña, y el año entero parece recogerse hacia dentro. Las estaciones tienen su manera de decirnos qué toca mirar.

Y ahora toca mirar abajo.

La verdad es que la literatura nunca ha sido solo luz. Nos gusta pensar que los libros existen para elevarnos, y a veces lo consiguen. Pero los que más huella dejan suelen ser los que se atreven a descender. Dante lo entendió desde el primer canto de su Divina Comedia: a mitad del camino de la vida se encuentra en una selva oscura, con el sendero recto perdido. No empieza con un milagro, sino con un extravío. Y de ese

extravío nace uno de los viajes más grandes jamás escritos. Para volver a ver las estrellas, tuvo que atravesar el infierno entero.

Ésa es la primera lección de la oscuridad necesaria: no hay camino hacia arriba que no pase antes por mirar lo que hay debajo.

Dostoyevski lo sabía bien. En Crimen y castigo, Raskolnikov no es un monstruo de feria, sino un joven inteligente que se encierra con sus ideas en un cuartucho de San Petersburgo hasta que la cabeza se le convierte en un sótano. Lo que perdura de la novela no es el crimen, sino la fiebre que viene después: ese tormento que no necesita juez ni tribunal. La oscuridad no está en la calle. Está dentro. Y los libros que entran ahí nos incomodan porque se parecen demasiado a nosotros.

Algo así ocurre en El túnel, de Ernesto Sabato. Desde la primera línea, Juan Pablo Castel nos confiesa que ha matado a María Iribarne, y aun así seguimos leyendo, atrapados, con cierto escalofrío, porque entendemos la lógica de su soledad. Ahí aparece la segunda lección: la contradicción. Los grandes personajes oscuros no son villanos de cartón. Son personas que aman y destruyen a la vez, que desean ser comprendidas y se emparedan, que buscan la luz y levantan muros. La buena literatura no los absuelve ni los condena. Simplemente los mira, sin apartar los ojos.

Y luego está la poesía, que es mi casa y donde esto se siente de otra manera.

Siempre he pensado que el verso nace más de la sombra que de la claridad. No porque el poeta sea triste, sino porque la luz se explica sola y la sombra necesita palabras. García Lorca, el poeta de la luna, los gitanos y las tardes de Granada, viajó a Nueva York y escribió allí unos versos que parecen de otro hombre: una ciudad de acero y de angustia, un lugar donde el aire se acaba. Poeta en Nueva York es el descenso de quien había cantado a la claridad y de pronto se queda sin ella. Y, sin embargo, o precisamente por eso, es una de las voces más verdaderas que nos dejó.

Porque eso es lo que tiene la oscuridad bien escrita: nos devuelve la verdad. Cuando todo brilla, nos distraemos. Cuando se apaga la luz, aprendemos a escuchar. Se agudiza el oído, se afina el tacto, las palabras pesan más. Quien escribe poesía lo sabe: hay versos que solo pueden nacer cuando ya ha anochecido por dentro.

Y es que no hay que confundir oscuridad con desesperanza. La oscuridad que defiende la literatura no es la que apaga, sino la que enseña a distinguir. Quien nunca ha bajado no sabe cuánto vale una lámpara. Quien nunca ha atravesado una noche larga no entiende de verdad lo que es un amanecer. Los libros que bajan con nosotros no nos abandonan allí: nos acompañan hasta la puerta y nos devuelven a la superficie con los ojos más abiertos.

Quizá por eso, cuando la vida se complica, no siempre buscamos libros alegres. Buscamos libros honestos. Esos que no nos dicen «todo irá bien», sino «yo también estuve ahí, y mira, he podido contarlo». Y en esa frase —sencilla, humilde, casi susurrada— cabe más consuelo que en mil promesas.

Octubre nos invita a eso. A bajar el ritmo y la luz. A abrir un libro de los que incomodan un poco, de los que remueven lo que habíamos dejado quieto en el fondo. No para quedarnos allí, sino para entender mejor quiénes somos y de qué estamos hechos. Porque la oscuridad, cuando se mira sin miedo, no es lo contrario de la luz. Es su cimiento.

Así que este mes, cuando caiga la tarde y la niebla se acerque a la ventana, no enciendas la luz grande. Enciende una lámpara pequeña, abre un libro y baja despacio. Abajo, probablemente, te espera algo que llevabas tiempo buscando. Y arriba, cuando vuelvas, la luz tendrá otro color.

José Manuel Gómez

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