LA MUERTE LOS HIZO SILENCIOSOS/ LA POESÍA LOS HIZO ETERNOS
La escritora Ana María López Expósito nos conduce por las tumbas de poetas universales como John Keats y Charles Baudelaire, compartiendo recuerdos, emociones y reflexiones sobre la inmortalidad de la poesía y el legado literario que permanece vivo más allá de la muerte.

Hay lugares en los que la literatura parece adquirir una dimensión diferente. Son los cementerios donde descansan los poetas. Allí, entre lápidas, cipreses y silencios, como viajera visitante comprendí que la muerte no siempre consigue poner punto final a una vida dedicada a la palabra. Se podría decir que la muerte de un poeta no significa necesariamente el final de su existencia. Soy consciente, que las tumbas de los grandes poetas poseen algo diferente. No son sólo lugares donde reposan unos restos humanos: se convierten en espacios simbólicos donde parece descansar también una parte de la historia de la literatura. Ante algunas de estas tumbas tuve la sensación de que el tiempo se había detenido y que el mármol guardaba silencio, pero los versos continuaban hablando. Entonces pensé que el silencio de la tumba puede hacer más poderosa la voz del poeta. Los cementerios de escritores constituyen, en cierto modo, grandes bibliotecas de piedra. Cada lápida contiene una historia; cada nombre recuerda una época; cada inscripción puede convertirse en una puerta hacia una obra.
Me siento afortunada por ser una viajera infatigable y puedo decir que he visitado algunos de estos lugares y siempre he sentido la misma emoción: la extraña sensación de estar muy cerca de alguien que ya no está, pero cuya voz continúa acompañándonos.
Cuando visité Roma por primera vez uno de mis objetivos fue visitar la Pirámide de Cestia, ya que en ella se encuentra la tumba de John Keats, uno de los grandes poetas del Romanticismo inglés. Murió en 1821, con apenas veinticinco años. Sobre su lápida quiso dejar una frase estremecedora: «Here lies one whose name was writ in water», Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido.Keats temía que su nombre desapareciera. Pero ocurrió exactamente lo contrario. El nombre que él imaginaba destinado al olvido se convirtió en uno de los nombres inmortales de la poesía universal. Cuando permanecí ante su tumba, pensé en esa paradoja. El poeta había muerto joven, pero sus versos habían encontrado una forma de eternidad que ninguna enfermedad podía destruir.
En cambio, cuando visité París y entré en el cementerio de Montparnasse, sentí que caminaba por una de esas páginas donde la literatura y la muerte se encuentran. Entre las avenidas silenciosas del cementerio, bajo la sombra de los cipreses y rodeada de nombres que pertenecen a la historia de la cultura, buscaba una tumba muy especial: la de Charles Baudelaire, el poeta de Las flores del mal.
Confieso que me costó encontrarla, a pesar de las indicaciones, tal vez por la impaciencia de lograr ese objetivo que me había planteado años atrás. Su hallazgo produjo en mí una emoción difícil de explicar. Ante aquella lápida desaparecía por un instante el bullicio de París. Ya no estaba frente al poeta que había escandalizado a la sociedad de su tiempo, ni ante el escritor que convirtió la belleza, el dolor, la melancolía y la decadencia en materia poética. Estaba ante un hombre que había muerto joven, a los cuarenta y seis años, y cuyo cuerpo descansaba allí, en Montparnasse. Me quedé unos minutos en silencio.
Pensé entonces en aquella extraordinaria capacidad de Baudelaire para descubrir poesía donde otros solamente encontraban tristeza. Él supo mirar las calles de París, sus multitudes, sus luces y sus sombras, y transformar la experiencia de la ciudad moderna en literatura. En sus versos convivían la belleza y la podredumbre, el deseo y el hastío, el cielo y el abismo. Entonces deposité un ramo de violetas encima de la tumba. Después me arrodillé y leí uno de sus poemas preferido, “El albatros”. Al rato leí un poema de mi autoría, que me había inspirado su obra; lo escribí en él en el Gran Café Gijón de Madrid una tarde otoñal viendo caer la lluvia tras los cristales. Le titulé: “Desierto de oquedades” y lo publiqué en mi primer poemario “Luces y sombras verticales” en 2018. A continuación, les muestro la letra:
Cortina de humo. Idioma perdido. /Máscaras danzantes. Orillas de abismos. /Alambrada de turbulentas espinas. /Silencio vertical. Maremotos. /Dolor que no cesa. Rabia acumulada. /Hueco que esconde nombre fecha y rostro. /Hueco que esconde hastío en la materia gris. /Una esperanza de plata. /Una esperanza de fuego. /I love you. I love you very much. / Flores que son instantes. Días sin rumbo fijo. /Corazón de trueno, poemas que gimen en la noche. /Cueva adormecida /como pintor en tinieblas, /sin lienzo ni pincel, como canto sin música. /Oquedad verde mar de nostalgia/empujada al indomable abismo. /Emerges al mundo, sin horas de amor, /como flor te evaporas más allá de palabras. /El concierto de oboes solloza/en tenebrosos atardeceres. /Una esperanza de plata. /Una esperanza de fuego./
I love you I love you very much. /I love you I love you very much.
Quizá por eso su tumba me produjo una sensación paradójica: allí descansaba el hombre, pero el poeta parecía estar en todas partes. Mientras contemplaba la lápida, pensé que todo cementerio puede guardar los restos del poeta, pero no su voz. La tierra puede recibir su cuerpo, pero no puede sepultar sus palabras. A pocos metros descubrí el cenotafio conservando la memoria del poeta.
Salí del cementerio lentamente. Al regresar a las calles de París, la ciudad parecía diferente. Comprendí que Baudelaire había convertido aquellas entrañables calles en materia de su poesía. La ciudad que yo contemplaba con mis propios ojos era, en cierto modo, también la ciudad que él había observado más de un siglo atrás.
Tras aquellas experiencias comprendí que los poetas no mueren del todo cuando mueren sus cuerpos. Mueren solamente cuando dejamos de leerlos. Baudelaire continúa viviendo en cada lector que abre Las flores del mal, en cada persona que descubre en sus versos una belleza escondida en la oscuridad, en cada mirada que aprende a contemplar París —o cualquier otra ciudad— con mayor profundidad.
Por eso, cuando abandoné Montparnasse, no sentí que me alejaba de Baudelaire. Sentí que me llevaba conmigo una parte de su poesía y de su espíritu. Y mientras caminaba por París, aquella ciudad inmensa y luminosa me pareció, durante unos instantes, una de las flores que Baudelaire había dejado creciendo para siempre sobre la tumba del tiempo.
Pensé en las palabras de Alfredo Saldaña en su ensayo, «la poesía es la tumba del poeta». El poeta se entierra voluntariamente en el lenguaje para sobrevivir a su cuerpo. Cada vez que alguien lee un verso por segunda o centésima vez, el poeta habla de nuevo.
Llegué a la conclusión que los personajes más notables descansan en discretas sepulturas. Así lo pude apreciar en la tumba de Baudelaire y rememoré la de Menéndez Pidal, en la madrileña Sacramental de San Justo. Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada diecinueve de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.
No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió. Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon: “Blessed be the man that spares these stones, And cursed be he that moves my bones.” Bendito sea el hombre que respete estas piedras, y maldito quien mueva mis huesos. La advertencia tiene algo de conjuro.
En la Literatura española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces. Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió uno de sus textos más conocidos, «El miserere», donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.
También pienso en Oscar Wilde, en París, ante su monumental sepultura de Père-Lachaise; en Federico García Lorca, cuya ausencia y memoria siguen profundamente ligadas a Granada; en Rosalia de Castro, en Santa Teresa de Jesús, Neruda, Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz, en Antonio Machado, enterrado en Collioure, donde su tumba se ha convertido en un lugar de peregrinación literaria; o en tantos otros escritores cuyos nombres permanecen unidos para siempre a los lugares donde reposan.
Cada tumba cuenta una historia.
Para los interesados en ampliar conocimientos sobre este tema les sugiero lean a Cees Nooteboom, “Tumbas de poetas y pensadores”, publicado por Siruela.
Es probablemente la referencia más directa para este tema. Nooteboom viaja por distintos países para visitar las tumbas de los escritores que admira y establece, mediante la literatura, una especie de diálogo con ellos.
También existe toda una tradición poética relacionada con los cementerios. En la literatura inglesa del siglo XVIII surgió incluso el llamado «Graveyard School» o «poetas de cementerio», cuyos autores reflexionaban sobre la muerte, las tumbas, los epitafios y la fugacidad de la existencia. Entre ellos están Thomas Gray, Edward Young, Robert Blair y Thomas Parnell.
En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas. El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

