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Borges Todo Borges

Diego Nieto rinde homenaje a Jorge Luis Borges en un artículo que combina admiración literaria y recuerdos personales. Desde sus primeras lecturas de Ficciones y El Aleph hasta la poesía y los ensayos, el autor reflexiona sobre la grandeza de uno de los escritores más universales.

Borges libros

Desde que se me ocurrió escribir un articulillo sobre Borges he querido seleccionar uno de sus libros: imposible. Borges es todo Borges. No sé si es porque los dos anduvimos por las mismas calles, no sé si es porque teníamos conocidos en común (tres veces me ofrecieron presentármelo, y tres veces me negué, no por desdén sino por admiración), no sé si es porque algunos de sus cuentos se ambientan, aunque en otro tiempo, en la zona donde crecí, sur de Buenos Aires. En realidad, de Borges no se puede decir nada: hay que callar y admirar; de lo que sí puedo decir es cómo llegó a mí y que representó para mí.

Lo primero que leí de Borges fue Ficciones (1944). Tenía yo unos trece o catorce años y, excepto el cuento El Jardín de los Senderos que se Bifurcan, me produjo un histórico aburrimiento; sí, histórico porque todavía lo recuerdo. La segunda lectura, ya tenía veintiuno, quizás veintidós, fue de El Aleph (1949), y me hice Borgista, como podría ser madridista, barcelonista o xeneize. Volví a Ficciones: era una maravilla. Seguramente los años y la madurez que implican me ayudaban a ese descubrimiento. Supongo que en silencio mis amigos llegaron a odiarme porque no hubo cumpleaños al que al homenajeado no le regalara Ficciones, El Aleph, El Informe de Brodie (1970) o El Hacedor (1960).

Su poesía, que a muchos no gustaba o consideraban menor en aquellos años (los 60 y 70), también me entusiasmó desde los versos Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña que abren Fervor de Buenos Aires, su primer libro (1923), hasta He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz que, publicado en La Nación en 1975, leí cuando ya vivía en Brasil.

En cuanto a los ensayos borgeanos, son también un placer independientemente de las ideas que uno tenga (siempre y cuando uno sea capaz de pensar las ideas, no sentirlas). Porque Borges aúna las condiciones que yo creo que debe aunar un escritor-ensayista-poeta: pensamiento, incluso adquirido, conocimiento del idioma que maneja, imaginación sobre el idioma que maneja, técnicas en ese idioma, y, por supuesto, imaginación para urdir una trama (narrativa) o desarrollar un pensamiento (ensayo) o una emoción (poesía).

Borges ganó mucho más que el Premio Cervantes, ganó el reconocimiento general en vida. Recuerdo que en 1975, al otorgarle la Academia Sueca el Premio Nobel al poeta italiano Eugenio Montale, uno de mis grandes favoritos (debes leerlo si no lo has hecho), un crítico italiano escribió algo así como (cito de memoria) “a Borges no le dan el premio Nobel porque le queda chico”.

Como mencioné al referirme al Desierto de los Tártaros de Dino Buzzatti, casi toda la obra de Borges te hace dar saltos de alegría a medida que vas leyendo. Su claridad asombra.

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires (Argentina) en 1899 y murió en Ginebra (Suiza) en 1986. Como anécdota personal valga, según me contó quien lo presentó al público en el cine-teatro San Martín de Adrogué, que allí, precisamente en Adrogué, dijo que sus cuentos eran sobre todo turderenses (del barrio de al lado); hubo gente que se levantó y se fue. Quizás, al ser turderense yo mismo, yo mismo sea un cuento borgeano.

Diego Nieto Marcó

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