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Entrevista a Mons. José Mazuelos Pérez, obispo de la Diócesis de Canarias

Mons. José Mazuelos Pérez, obispo de la Diócesis de Canarias, conversa con el Proyecto de Cultura Granada Costa sobre su vocación, su pasado como médico, la fe, la dignidad humana, la migración y la realidad de la Iglesia canaria.

jose mazuelos

Médico antes que sacerdote y pastor por vocación, Mons. José Mazuelos Pérez ha construido su trayectoria en torno a una constante: el encuentro con la persona, especialmente cuando aparece la fragilidad, el sufrimiento o la necesidad de esperanza. Nacido en Osuna (Sevilla), ejerció la Medicina antes de ingresar en el Seminario y ser ordenado sacerdote en 1990, iniciando un camino que años después lo llevaría al episcopado, primero al frente de la Diócesis de Asidonia-Jerez y, desde 2020, de la Diócesis de Canarias.

En esta amplia entrevista, concedida al Proyecto de Cultura Granada Costa a través del profesor emérito Don Diego Sabiote Navarro, quien ha hecho posible este encuentro y ha servido de nexo entre ambas partes, monseñor Mazuelos recorre algunos de los momentos fundamentales de su vida: los recuerdos de su infancia, su vocación médica, el descubrimiento del sacerdocio, sus años de formación y su experiencia como obispo. Pero la conversación se adentra también en cuestiones profundamente actuales, desde la defensa de la dignidad humana y el papel de la familia hasta la religiosidad popular, la secularización y, de manera especial, el drama de la migración que Canarias contempla cada día desde sus costas.

La entrevista adquiere además una dimensión singular al abordar la visita del papa León XIV a Canarias, un acontecimiento que situó en primer plano la realidad migratoria de las islas, la labor de acogida e integración desarrollada por la Iglesia y el mensaje de esperanza llevado por el Pontífice a lugares especialmente marcados por el sufrimiento. Arguineguín, la Catedral de Santa Ana, el Estadio de Gran Canaria, Las Raíces o Tenerife aparecen en estas páginas no solo como escenarios de una visita apostólica, sino como expresión de una Iglesia que, en palabras y experiencias compartidas por el propio obispo, quiere permanecer cerca de quienes más lo necesitan.

Una conversación extensa y personal en la que José Mazuelos habla del médico que fue, del sacerdote que decidió ser y del obispo que hoy contempla Canarias como una tierra de acogida, evangelización y esperanza.

ARGUINEGUÍN (GRAN CANARIA), 11/06/2026.- El papa León XIV mantiene un encuentro con más de un millar de inmigrantes de África, América Latina y con representantes de las principales instituciones y organizaciones sociales que trabajan en los servicios de rescate, acogida e integración. en el muelle de Arguineguín, en la isla de Gran Canaria, este jueves, en el sexto día de su viaje a España. EFE/ Angel Medina G. POOL

Monseñor, nació usted en Osuna, Sevilla, una tierra con una fuerte identidad humana, religiosa y popular. ¿Qué recuerdos conserva de su infancia y de sus primeros años?

De la infancia tengo un recuerdo bonito: viví una familia, una fuerte vida familiar. Después estudié en Osuna, donde había un bachillerato al que se entraba muy jovencito —después de cuarto de primaria, ya con nueve años—. Fueron momentos importantes: la vida de un pueblo, de amistad, de amigos, de familia, que forjan a la persona, y no solo los conocimientos.

Antes de ser sacerdote fue médico. ¿Qué le llevó a estudiar Medicina y qué aprendió de aquellos años de contacto directo con la fragilidad humana?

Estudié Medicina porque venía de una familia de médicos: mi bisabuelo era médico, mi abuelo era médico, mi padre era médico, mis tíos eran médicos. Viví la medicina desde pequeño y me enamoré de ella. Recuerdo cómo mis tíos se reunían en torno a la consulta de mi abuelo. Mi padre se entregó a la medicina en una época en la que había pocas pruebas diagnósticas, pero mucha clínica, y mucha gente que venía simplemente a que se le ayudara. Eso fue lo que me llevó a mí a la medicina. Del contacto directo con la fragilidad humana se aprende siempre; se aprende trabajando desde el propio ejercicio médico. Me lo recordaba un médico mayor: que, según los libros, hay personas que deberían estar vivas y están muertas, y al revés. Es decir, hay un plus en la vida humana ante el que el médico puede hacer poco, porque la vida depende del Señor.

Ejerció como médico en su pueblo natal y también durante el servicio militar en el Hospital Militar de San Carlos, en San Fernando. ¿Qué huella dejó en usted esa etapa?

Esa etapa dejó una huella grande. Allí descubrí mi vocación al sacerdocio, allí abrí las puertas a Dios. Tuve que discernir entre la medicina y el sacerdocio. Trabajar de médico me ayudó mucho a adentrarme en el misterio de la vida. Recuerdo también una autopsia que hice —no solo en la carrera, sino ya en las prácticas—, que me marcó mucho en el contacto con ese misterio: un señor que media hora antes estaba vivo y, de golpe, era el mismo hombre y estaba muerto. Ese misterio de la vida me ayudó a profundizar e iluminar el misterio de la vida a la luz del misterio de la muerte.

¿Cree que su formación médica ha influido en su manera de ser pastor, especialmente a la hora de acompañar el sufrimiento?

Sí, ha influido bastante, tanto a la hora de acompañar el sufrimiento como a la hora de discernir. A nivel espiritual, la dirección espiritual tiene mucho que ver con la medicina: viene gente herida, viene gente con problemas, y hay que saber escuchar, saber discernir, saber diagnosticar, en definitiva. Eso me ha ayudado a saber acompañar. Y tantas veces, como me enseñó la medicina, no sabes qué decir y, sin embargo, ahí estás, contemplando el misterio en silencio. Acompañar, aunque se sepan pocas cosas, es lo importante; es el gran reto de la medicina de la compañía.

En 1985 ingresó en el Seminario de Sevilla. ¿Cómo vivió el paso de la Medicina al discernimiento sacerdotal?

Lo viví siempre con la misma pregunta rondando: ¿por qué no seguir con la medicina para ayudar a la gente, con las misiones y demás? La cuestión es que descubrí algo: la medicina podía aliviar a mucha gente y, alguna vez, devolverle un poco más de años de vida; pero el sacerdote está llamado a dar la vida eterna. Eso fue lo que me llevó a entender con claridad que tenía que seguir al Señor que me llamaba, a llevar la eternidad, la vida eterna y la salvación a tantas personas.

El pintor Juan José Domínguez entrega al obispo tres obras inspiradas en la visita papal

¿Recuerda el momento en que sintió con claridad que Dios le pedía entregar su vida al sacerdocio?

Lo llevo grabado en el corazón, siempre. Hubo una lectura que me ayudó a discernir, de Isaías 55: «Mis caminos no son vuestros caminos». La tengo marcada; fue lo que me hizo ver que yo estaba luchando por seguir con la medicina, con mi vida, con el matrimonio, y aquel momento fue una luz que el Señor me dio para descubrir que la llamada iba por otro camino. Por eso: sus caminos son mis caminos, y en la medida en que sigo sus caminos y no los míos, no me he equivocado.

Fue ordenado sacerdote en 1990. ¿Qué permanece hoy en usted de aquel joven sacerdote que comenzaba su ministerio?

Las ganas de anunciar a Jesucristo, que no se han perdido; el descubrir que nuestro mundo necesita realmente a este médico que viene a curar y a sanar los corazones afligidos, a devolver la vista a los ciegos. Este mundo necesita esa esperanza que Cristo trae siempre a la vida del ser humano.

Completó estudios de Teología Moral en Roma, en la Pontificia Universidad Lateranense. ¿Qué importancia ha tenido la moral cristiana en su forma de comprender la vida, la libertad y la dignidad de la persona?

Ha tenido bastante importancia, sobre todo por la Academia Alfonsiana, de San Alfonso María de Ligorio, que ha hablado de la moralidad pastoral y de una moral no rigorista, sino integrada con la generalidad de las leyes, con el discernimiento, con el grado del espíritu. Es decir, no un moralismo, sino el encuentro con Cristo, que es lo que genera realmente la moral. Como decía el Concilio, lo importante es identificarte con Cristo, que es lo que configura el actuar moral, y no una moral separada de la fe, separada del encuentro con Cristo. Eso aprendí, en definitiva: la moral unida al encuentro con Cristo es lo que marca la vida.

Durante años ejerció distintos servicios pastorales y docentes. ¿Qué le ha enseñado la formación de seminaristas y sacerdotes?

La formación siempre enseña, porque lo primero que hace uno al formar a otros es formarse a sí mismo; uno se forma más y eso siempre ayuda. Por eso dar clase, formar seminaristas y sacerdotes, es también una ayuda para uno mismo, porque ayuda a profundizar y, al mismo tiempo, a navegar en la educación y en ese misterio de Dios que siempre tiene algo que sorprende y algo que enseñar. De la mano de los seminaristas y de los sacerdotes en formación, uno también va caminando con ellos.

En su trayectoria aparece una constante preocupación por la vida, la familia, la bioética y los grandes debates morales de nuestro tiempo. ¿Cómo debe hablar la Iglesia de estos temas sin perder cercanía ni claridad?

La Iglesia tiene que decir la verdad y seguir adelante con la verdad, pero no podemos olvidar que la virtud de la verdad tiene dos elementos: el contenido y la forma. El contenido no lo podemos abandonar; pero muchas veces, con la forma, deformamos el contenido. Hay que tener claro en qué plano estamos hablando: si es un plano moral, jurídico, teológico o médico. Hoy el problema que tenemos es que se mezclan los planos. La declaración Dignitas infinita habla precisamente de esto, porque el concepto de persona tiene diferentes connotaciones y definiciones según sea moral, psicológica, médica u ontológica; hay que tener claro en qué plano se está hablando para poder hablar con propiedad de ellos. Ese es uno de los elementos que tenemos que tener claro. Con la forma hay que tener cuidado: cuando se habla del acto moral, no identificarlo con la persona, por ejemplo, con el aborto. La Iglesia tiene que defender la verdad con mucho cariño. Y para mí ha sido una maravilla ver con qué delicadeza y con qué forma el papa León XIV ha expuesto la verdad, por ejemplo en el Parlamento español, sin renunciar en absoluto al contenido.

En 2009 fue nombrado obispo de Asidonia-Jerez. ¿Cómo recibió aquella llamada al ministerio episcopal?

Mi vida entera ha sido como un ir de más a más al servicio del Señor, seguir sirviendo y ver que el Señor seguía contando conmigo. Uno se ve pequeño y ve que el Señor le llama a un ministerio que le viene grande, y eso lleva a poner la confianza en el Señor y a descubrir que él va por delante y quiere darte la gracia; porque no se puede ser obispo por las propias fuerzas, con el propio moralismo, sino descansando y teniendo una intimidad profunda con Él.

¿Qué recuerdos guarda de su etapa como obispo de Jerez, una diócesis con una religiosidad popular tan viva?

Mis recuerdos son muy bonitos de Jerez. Mi predecesor, monseñor Pérez de Sosormía, me decía: «déjarme ser obispo a tu manera». Eso me llamó mucho la atención, y a mí también me gustaba ser obispo a mi manera. Después, en el campo, en Jerez me gustaba mucho el flamenco, me gustaban los toros, los caballos y, cómo no, el vino. Jerez fue una tierra donde siempre hubo acogida, mucha fiesta, mucha alegría, y particularmente me encantó su religiosidad, que para empezar era ya de las mejores.

Juramento de fidelidad de Pedro Martínez

La Semana Santa, las hermandades, las devociones y las tradiciones populares tienen una presencia muy fuerte en Andalucía. ¿Qué valor concede usted a esa fe del pueblo?

Veo varios elementos. El primero es cómo el Evangelio llega al pueblo a través de esas imágenes; es una forma que la Iglesia supo encontrar para llevar el Evangelio a quien no sabía leer. Por eso en Andalucía todo el mundo conoce la Pasión, Muerte y Resurrección, la gloria de María, la corredención de María: hay una teología que el pueblo conoce, un Evangelio que llega a través de las hermandades y cofradías. Pienso que eso es importante. Segundo, en un mundo totalmente secularizado, las cofradías ayudan a mantener abierta la puerta del misterio y de la trascendencia. Y el tercer elemento son los lazos, tan entrelazados: hay una red social y familiar importante que genera una sociedad más humana; esa red social, gracias a las cofradías, se va sosteniendo. Eso no quita que después tengamos que seguir evangelizando, porque el peligro que hay es que esa devoción se anule por la política cofrade. Ahí hay que estar siempre atentos, mantener ese equilibrio, porque hoy, con los medios de comunicación, la política cofrade está muy en boga. Pero lo que le da fuerza a todo aquello es la devoción, que yo viví con mi abuela, con mi padre: la devoción a una imagen, a una identidad de pueblo, a una familia a la que pertenecemos.

En 2020 fue nombrado obispo de la Diócesis de Canarias. ¿Qué sintió al llegar a una Iglesia insular, con una realidad tan distinta a la peninsular?

Llegué en plena pandemia. Venía de estar confinado y pasé a estar, digamos, «inconfinado» en Canarias. En el primer año pesó no poder recorrer la Diócesis ni visitar las parroquias; eso marcó un poco, porque me hubiera gustado conocer la Iglesia de cerca desde el principio. Pero vine con mucha ilusión, porque desde que puse mi vida en manos del Señor, siempre he pedido disponibilidad, sabiendo que él va por delante y que donde me envíe, alguien me está esperando. Y eso fue lo que sentí el primer día en Canarias: que el Señor estaba ya aquí, en la plaza de Santa Ana, esperando; y prácticamente me olvidé de Jerez, porque ahí estaba, en la Catedral de Santa Ana.

Canarias es tierra de frontera, de mar, de acogida y también de muchas heridas sociales. ¿Cuál fue el primer rostro de esta diócesis que más le impresionó?

Lo primero que me impresionó fue, precisamente, el nivel social: toda la crisis de Arguineguín, de los migrantes, de las pateras. Era lo que más sonaba, porque la gente estaba confinada y la actividad pastoral estaba reducida; y vi una Iglesia que salió al frente de aquello y respondió a esa realidad.

La Diócesis de Canarias tiene una realidad muy particular, repartida entre islas, parroquias, barrios, pueblos y zonas turísticas. ¿Cómo se acompaña pastoralmente una diócesis tan plural?

La particularidad de la diócesis es que abarca varias islas —hay otras diócesis con mucho territorio, pero esta tiene la peculiaridad de las islas—; pero, gracias a Dios, hoy está muy bien comunicada, y eso hace que, gracias a los medios de transporte, no encontremos demasiados problemas en ese sentido.

¿Qué le ha enseñado el pueblo canario desde que llegó como obispo?

El pueblo canario me ha enseñado muchas cosas: la acogida. A mí me llama mucho la atención Cáritas, la cantidad de voluntarios que había y la fuerza que tenía. Me ha enseñado bastante el pueblo canario a ser hospitalario con los que llegan, y desde el primer día me he sentido acogido y querido; puede que se deba a que los canarios y los andaluces occidentales somos casi primos hermanos.

Uno de los grandes desafíos de Canarias es la migración. ¿Cómo vive usted, como pastor, el drama de quienes llegan por mar buscando futuro?

Se vive mal, viendo tanto sufrimiento y tantas preguntas que surgen ante ese dolor. La primera certeza que aparece es descubrir que Cristo también viene en la patera, y eso te da otra forma de mirarlo, sabiendo que Cristo viene con ellos. En segundo lugar, tenemos que dar respuesta con un equilibrio entre la acogida, el bien común, el desarrollo de los países de origen y la denuncia de la explotación de las multinacionales y de las mafias en esos países. Es una realidad tan compleja que hay que tener mucho cuidado con las afirmaciones que se hacen; pero lo que sí está claro es que cuando llega una persona, ya en la costa, esa persona tiene dignidad y tiene que ser acogida y cuidada con todo lo que tengamos.

¿Cree que Canarias ha dado a España y a Europa una lección de humanidad en la acogida a los migrantes?

Creo que sí, y bastante, porque tantas veces Canarias no se ha sentido acompañada; el Gobierno español la ha dejado sola, y Europa también, en todas esas crisis migratorias que se han vivido, en Arguineguín y en El Hierro. Sin embargo, Canarias ha sabido dar respuesta a más de cinco mil menores que ha tenido que asumir en toda esta migración. Ha enseñado al mundo lo que significa esa humanidad.

Después de tantos años de ministerio, primero como sacerdote, después como obispo en Jerez y ahora en Canarias, ¿qué le sigue sosteniendo interiormente en su vocación?

Me sostiene el ir conociendo a Cristo. Siempre digo que lo mejor que tiene ser obispo es que puedes meter la mano en el corazón de la Iglesia, que —como decía alguien— es una anciana fea por fuera, pero con un corazón joven. Cuando uno ve que ese corazón de la Iglesia sigue siendo joven, se entusiasma con ese corazón sostenido en Cristo, en María, que impulsa la esperanza; y a medida que pasan los años, más enamorado estoy de la Iglesia, y más fe me produce ver que Cristo está vivo y actúa, y suscita tanto bien.

Monseñor, la visita de un papa a Canarias no es solo un acontecimiento religioso: también pone la mirada del mundo sobre unas islas marcadas por la fe, la hospitalidad, la frontera y el drama migratorio. ¿Cómo vivió usted la preparación y el significado de esta visita?

La preparación llevaba tiempo gestándose. Con el papa Francisco ya veíamos que sería bueno que viniera, porque era cuando Canarias se sentía un poco abandonada del mundo por la crisis de los cayucos; y le pedimos al papa Francisco que diera luz a toda esa realidad, y él la dio. Cuando llegó el papa León, lo primero que le dijimos fue: «no se olvide de esta realidad de Canarias». Y fue una alegría que no solo no se olvidara, sino que viniera a apoyarnos, a conocerla de primera mano, a tendernos la mano y a darnos ánimos. Por eso fue un acontecimiento grande: la preparación se vivió con mucha ilusión y esperanza, pero con la certeza de que el papa venía a animarnos y a darnos fuerza, y así fue.

Autor: Eros R. Santana/ACFI/EUROPA PRESS

Canarias fue la etapa final del viaje del papa León XIV a España. ¿Qué cree que aportaron las islas al conjunto de esta visita apostólica?

El viaje del papa León se asentó sobre varios pilares: la dimensión de la manifestación pública tuvo más peso en Madrid; la belleza estética, más en Barcelona; y la caridad, aquí, en Canarias —lo que no quita que en cada lugar se realzaran también las demás dimensiones—. A nosotros, en Canarias, nos tocó especialmente la dimensión caritativa: la acogida de una Iglesia al servicio de los pobres y del respeto a la dignidad de la persona. Pienso que la Iglesia de Canarias respondió bien, y sirvió también para mostrar al mundo lo que es una Iglesia caritativa y acogedora; y, al mismo tiempo, una Iglesia que vive en un espacio de gran secularización y mucho turismo, pero que está dispuesta a evangelizar y a responder a las preguntas existenciales de tanta gente golpeada por el materialismo, fruto de esa vida inmediata que trae el turismo; una Iglesia consciente de que tiene un tesoro que ofrecer a la sociedad.

El Papa quiso encontrarse en Gran Canaria con las realidades de acogida de los migrantes en el Puerto de Arguineguín. ¿Qué mensaje deja este gesto en un lugar tan marcado por la llegada de cayucos y pateras?

El gesto fue el apoyo total del Papa a lo que la Iglesia estaba haciendo, y el apoyo total a la defensa de la dignidad de la persona humana, y a una Iglesia que se preocupa por los pobres. Fue, también, un gesto de acogida hacia todos, no solo a católicos o a cristianos, y el Papa reconoció a toda esa gente fallecida en la travesía. Podemos decir que con ese gesto en Arguineguín le puso rostro a tanta gente anónima; gracias al Papa, gracias también a los testimonios, mucha gente conoció que los migrantes no son números, sino que tienen un rostro concreto. Esa es una de las grandes aportaciones del Papa en Arguineguín.

Arguineguín se ha convertido en símbolo de dolor, esperanza, rescate y humanidad. ¿Qué siente un obispo cuando ve que el Sucesor de Pedro se acerca personalmente a esa realidad?

El puerto de Arguineguín pasó a denominarse el Puerto de la Esperanza; le cambiaron el nombre. Un puerto que era de horror, de sufrimiento, de muerte, ha pasado a ser el Puerto de la Esperanza; eso es lo que significó la visita del Santo Padre: cambiar el rostro de un lugar que recordaba tantas muertes y tantos sufrimientos, dándole la esperanza de que es posible un mundo mejor.

El Papa habló con fuerza de la dignidad humana y de la necesidad de no acostumbrarnos a contar muertos en el mar. ¿Cree que Europa corre el riesgo de mirar la migración como una estadística y no como un drama humano?

Sí, es uno de los grandes riesgos que tienen Europa y, por desgracia, también nuestro propio Gobierno. Lo estamos viendo ahora mismo en la cuestión de Ceuta, donde a las personas se las quiere meter en un debate político: en el fondo es usar a las personas para el bien propio. Un riesgo es que Europa sea insensible ante una realidad migratoria que no es puntual, sino una realidad del mundo de hoy a la que hay que responder; otro riesgo es usar a las personas, aprovecharse de ellas con fines políticos y de poder, que es lo que estamos viendo ahora en Ceuta, donde unos usan a las personas para obtener beneficio político y otros pescan en río revuelto con el mismo objetivo de polarizar. Eso es lo que puede hacer Europa: usar la migración para polarizar, como hemos visto tantas veces en nuestro propio país. Las personas están por encima de eso, y la realidad de la persona nos llama a no polarizar la migración.

Muchas personas llegan a Canarias después de perder familiares, amigos, patria, seguridad y futuro. ¿Cómo puede la Iglesia acompañar no solo sus necesidades materiales, sino también sus heridas interiores?

Ese es el reto que tiene la Iglesia, y lo afrontamos con los comedores de hospitalidad, por ejemplo: hay que ir más allá de acoger a los menores solo con cama y comida; hay que verlos, hay que integrarlos. Con los programas de hospitalidad intentamos que encuentren un sitio donde encontrar familia, un futuro, estudios, trabajo y formación. Por eso es tan importante la integración, que es otro gran reto: no se puede acoger si después no se va a integrar; no se puede acoger para dejarlos luego tirados. Hay que integrar, y para eso hay que tener capacidad de integración, y también hay que verlo así. La Iglesia canaria lucha continuamente, no solo por la acogida, sino también por la integración. Puedo dar testimonio de personas que han sentido esa integración, incluso curando sus heridas: personas que habían sido víctimas de trata, mujeres a las que se cura, se atiende, se intenta ayudar e integrar.

El encuentro con obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, seminaristas y agentes de pastoral en la Catedral de Santa Ana fue un momento importante para la Iglesia canaria. ¿Qué mensaje cree que recibió el clero y la vida consagrada de las islas?

El «sí» de la Iglesia ha sido, muchas veces, difícil, porque nuestras islas viven la realidad del turismo, que trae consigo mucho de lo que supone una vida de placer, de inmediatez. Y ahí, la Iglesia —y esto fue lo que dijo el Papa— no es solo una Iglesia que acoge y que integra, sino una Iglesia dispuesta a llevar a Cristo, consciente de que tiene el mismo proceso de Cristo. Por eso el Papa habló de la navegación, de cuando dejaron las aguas turbulentas —que es también la realidad que se vive en Canarias—; nos decía que hay que coger la barca de la cruz de Cristo, saber que hay un Dios que está ahí, que nos ama, que habla de esperanza y que está dispuesto a acompañarnos a cada uno de nosotros. Ese fue el mensaje que nos dio el Papa; y después nos unió mucho también en la actitud eclesial de la que habló en la Catedral, para poder afrontar la misión que sabía que teníamos por delante, una misión fuerte, en un momento en que Canarias lleva ya varios años en un proceso sobre la sinodalidad, sobre la misión. Por eso el Papa nos dio esperanza y fuerza para nuestra Iglesia; y por eso fue tan grande y tan fundamental el encuentro de la Catedral con obispos, sacerdotes y agentes de pastoral, en la misma línea que la celebración en Las Raíces.

La Catedral de Santa Ana, en Las Palmas de Gran Canaria, acogió una llamada a vivir una Iglesia viva, cercana a los gozos y sufrimientos del pueblo. ¿Qué desafíos pastorales concretos tiene hoy la Diócesis de Canarias?

Los desafíos pastorales son los que vemos cada año en las jornadas de catequesis y de pastoral que tenemos: el gran desafío es cómo llevar a Cristo, cómo mostrar que Cristo es la gran esperanza del pueblo. Ese es el reto en el que estamos poniendo todo el empeño, para intentar llegar entre todos al mayor número de personas, cultivando también la forma de presentar a Cristo: una Iglesia más en salida, más volcada hacia fuera, con las unidades pastorales, con la comunión entre todos; una Iglesia más de comunión y de fraternidad, que es lo que nos puede dar la fuerza para salir a llevar la luz de Cristo. Esa es una de las cosas fundamentales que también nos ha dejado el Papa: nos ha hecho ver que somos un pueblo muy plural, pero un solo pueblo, y que estamos todos a una con el Santo Padre. Ese es también el gran reto que tiene la Iglesia de Canarias: vivir esa sinodalidad, estar todos a una en una misma misión. La misión es la esencia de la sinodalidad; es saber llevar a Cristo, y por eso todos son necesarios: uno llega a un sitio, otro a otro, pero lo importante es llevar a Cristo, que la gente se vaya convirtiendo, que tantos que se alejaron de la Iglesia puedan volver y descubrir una Iglesia misericordiosa, donde tanta gente pueda curar sus heridas, porque Cristo no viene a condenar a nadie, sino a curar heridas, a sanar los corazones afligidos. Ese es el gran reto que tenemos, y pienso que, al menos, ya hay disponibilidad en toda la Iglesia, y hay ganas.

La Santa Misa en el Estadio de Gran Canaria reunió a miles de fieles. ¿Qué valor tiene celebrar la fe en un espacio abierto, popular y multitudinario?

Pienso que ese fue uno de los grandes retos que teníamos. Muchos dudaban de si celebrar una misa en Canarias en el estadio no seria pasarse buscando un espacio demasiado grande; muchos no pensaban que el Santo Padre, que en definitiva es quien viene, el Sucesor de Pedro, fuera a despertar a tanta gente. Y al final resultó ser un descubrir de nuevo que este pueblo no está acabado, como piensan algunos, sino que hay mucha gente, con una gran demanda de fe; y eso nos anima a todos a salir a la manifestación pública de la fe.

¿Cree que aquella celebración mostró una Iglesia canaria, alegre, diversa y profundamente unida?

Sí que la mostró, porque al final, preparar una eucaristía de ese tipo —todas las liturgias, los cantos, todos los voluntarios que estaban allí acomodando a la gente, la seguridad— eso no se improvisa; eso se hace con una Iglesia viva. Y eso es otra de las cosas que descubrimos, una Iglesia viva, igual que ya nos lo mostró Arguineguín, con Cáritas preparando todo aquel acto impresionante: una Iglesia viva, con las pilas puestas, que está con la gente. En el estadio, pienso, mostramos también que somos una Iglesia viva y con mucho potencial; así que ahora toca desarrollar ese potencial.

En Tenerife, el Papa visitó el centro «Las Raíces», uno de los lugares más vinculados a la acogida de migrantes. ¿Qué significado tiene que el Papa no se quedara en los grandes actos, sino que entrara también en estos espacios de vulnerabilidad?

Como ya hemos dicho al hablar de Arguineguín, el Papa venía a conocer de primera mano la realidad de la migración y a apoyar la caridad de nuestras Iglesias, tanto de Gran Canaria como de Tenerife. Yo, en ese acto concreto, no pude estar porque tuve que viajar, aunque sí estuve en la misa de Tenerife; imagino que se dio en el mismo marco de Cáritas, donde estaban representadas las dos diócesis, Gran Canaria y Tenerife, y donde se le mostró al Papa esa realidad. Allí se puso más el acento en lo que hace la Iglesia; aquí, en Gran Canaria, se puso más el acento en la realidad de la migración en sí; en los dos lugares se buscó destacar la voz de la Iglesia por igual, y Tenerife y Gran Canaria se complementaron.

En la Plaza del Cristo de La Laguna se celebró un encuentro con las realidades de integración de los migrantes. ¿Qué diferencia hay entre acoger y verdaderamente integrar?

Acoger es, como dice la palabra, dar cama y comida; pero eso, por sí solo, no es integrar. Integrar es tener una perspectiva de futuro, como intentamos hacer con los programas de hospitalidad: dar formación, dar ayuda, integrar a la persona en la sociedad para que pueda seguir siendo un miembro activo de nuestra sociedad en el futuro, con su trabajo, con su lugar.

Canarias sabe mucho de emigración, de familias que partieron a América y de pueblos que buscaron futuro lejos de casa. ¿Ayuda esa memoria histórica a comprender mejor a quienes hoy llegan a las islas?

Totalmente de acuerdo; algo ayuda, y mucho. Para las islas, la «octava isla», por así decirlo, fue Venezuela; todo el mundo tiene vínculos con Venezuela, con Cuba. Es una tierra que sabe de migración y de sufrimiento; muchos volvieron, otros se quedaron, y eso marca también a una sociedad. Yo, que vengo de una sociedad andaluza donde también hubo mucha emigración, sé lo que supone abandonar tu tierra: de mi pueblo, mucha gente se fue a Barcelona, con el boom de Barcelona, y abandonó el pueblo. Esa memoria siempre ayuda a comprender a quienes llegan hoy a las islas.

La última Santa Misa en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife tuvo una gran fuerza simbólica: el mar, el puerto, el pueblo reunido y el mensaje de esperanza. ¿Qué lectura espiritual hace usted de ese momento?

Yo participé en la Eucaristía, pero ahí el protagonismo fue de la Iglesia tinerfeña. La verdad es que fue hermoso ver a la gente allí, con el sol, con el calor, con una fuerza y una esperanza, y una liturgia con mucha fuerza que animaba a toda la Iglesia de las islas. Allí la Iglesia de Tenerife mostró su ánimo, y a todos nos contagió esa fuerza; y felicito también cómo fue aquella ceremonia, que tuvo la impronta de la fuerza y de la esperanza.

Para terminar, Monseñor, después de esta visita del papa León XIV, ¿qué frutos pastorales, sociales y humanos le gustaría que permanecieran en Canarias?

También fue una enseñanza el estar con los migrantes, el estar en medio del sufrimiento, y al mismo tiempo transmitir una palabra de esperanza, de cercanía corporal para todos. Por eso, la cercanía que mostró el Papa cuando salió al balcón aquella noche —esa disponibilidad a ser cercano— es lo que nos muestra: una Iglesia cercana, una Iglesia que no se esconde, una Iglesia que está dispuesta a darse. Esos son los frutos que esperamos que podamos alcanzar.

Diego Sabiote – Profesor Emérito de Filosofía Universidad de las Islas Baleares

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