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volver al libro

Hay libros que llegan a nuestra vida en el momento justo. No sabemos por qué los elegimos, ni siquiera si seremos capaces de explicar años después qué encontramos en aquellas páginas. Simplemente aparecen. Los abrimos, empezamos a leer y algo sucede.

A veces no es una gran revelación. Puede ser una frase, un personaje, una escena que se queda dando vueltas en la cabeza. O simplemente esa sensación difícil de explicar de haber encontrado palabras para algo que llevábamos tiempo sintiendo.

Y luego pasan los años. La vida cambia, nosotros cambiamos y, un buen día, volvemos a abrir aquel libro. La portada es la misma, las páginas siguen en el mismo orden, las palabras no han cambiado. Pero nosotros sí. La verdad es que pocas cosas resultan tan curiosas como releer un libro que nos marcó. Uno espera encontrar al mismo personaje, la misma historia, las mismas emociones. Y encuentra otra cosa: una parte de sí mismo que ya no recordaba.

Porque releer no es volver al libro. Es volver a quien éramos cuando lo leímos. Quizá por eso algunos libros deberían esperar. Novelas que a los veinte años nos parecen extraordinarias, al releer con cuarenta o cincuenta, nos parecen una novela totalmente distinta. No porque la novela cambiado una sola palabra, sino porque

hemos acumulado pérdidas, alegrías, decepciones, amores, despedidas y unos cuantos años más. Un mismo párrafo puede hacernos sonreír una primera vez y dolernos mucho tiempo después.

Por ejemplo en El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Muchos lo descubrimos como lectura en etapa escolar y lo recordamos como una historia sencilla, casi un cuento. Después volvemos a sus páginas y descubrimos que hablaba de cosas que entonces no podíamos comprender del todo: la amistad, la pérdida, la responsabilidad, la soledad, esa extraña manera que tenemos los adultos de complicarlo todo. El libro no ha envejecido. Los que hemos cambiado somos nosotros.

Algo parecido nos pasa con un clásico como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. La manera de mezclar lo cotidiano con lo extraordinario, sus personajes, sus historia imposible y años más tarde, el mismo pueblo puede parecer distinto. Aparecen con más claridad la memoria, el paso del tiempo, la repetición de los errores y esa sensación de que algunas familias —y quizá algunas personas— pasan buena parte de su vida intentando escapar de aquello que llevan dentro.

Y es que cada lector construye un libro diferente. No existe una única lectura. Existe la que hacemos nosotros en un momento determinado de nuestra vida. Por eso una novela puede acompañarnos durante décadas sin agotarse. Cada regreso abre una puerta distinta.

También sucede con la poesía. Un poema que parecía hablar de amor puede terminar hablando de pérdida. Un verso que apenas nos llamó la atención puede convertirse, años después, en una frase que necesitamos recordar. La poesía tiene esa capacidad casi misteriosa de esperar. Y quizá los libros que más nos cambian no son siempre los que consideramos mejores. A veces son simplemente los que llegaron cuando tenían que llegar.

Un libro leído después de una ruptura no significa lo mismo que leído unos años antes. Una historia sobre padres adquiere otra profundidad cuando empezamos a comprender a los nuestros. Un personaje que nos parecía egoísta puede despertar comprensión cuando la vida nos coloca en una situación parecida. Incluso los villanos cambian cuando aprendemos que las personas rara vez son completamente buenas o completamente malas.

La literatura madura con nosotros. Por eso hay que conservar algunos libros. No solo por lo que contienen, sino por lo que representan. Hay ejemplares que llevan dentro una época de nuestra vida: una estación de tren, una habitación, una persona que ya no está, una tarde de verano. A veces abrimos sus páginas y aparece hasta el lugar donde estábamos cuando lo leímos por primera vez.

Es curioso cómo funciona la memoria. No siempre recuerda lo importante. Recuerda lo que dejó huella. Una frase subrayada. Una esquina doblada. Una dedicatoria. Una mancha de café en una página. Pequeños rastros que convierten un libro en algo más que un objeto. Y es que releer también significa aceptar que ya no somos los mismos.

Quizá ahí está la verdadera magia de volver a un libro que nos cambió. No buscamos recuperar al lector que fuimos, porque eso sería imposible. Lo que hacemos es sentarnos frente a él, aunque sea durante unas horas, y escuchar qué tiene que decirnos ahora. A veces nos confirma. Otras nos contradice. Algunas veces nos decepciona. También puede ocurrir que descubramos que aquello que tanto admirábamos ya no nos dice gran cosa. Y no pasa nada. También eso forma parte de crecer.

Los libros no tienen la obligación de acompañarnos para siempre. Pero algunos lo hacen. Y cuando sucede, cuando una historia consigue atravesar distintas etapas de nuestra vida, deja de ser solamente un libro. Se convierte en una especie de compañero silencioso. Alguien que estuvo allí cuando éramos otros y que, muchos años después, vuelve a sentarse a nuestro lado. Quizá por eso hay libros que no se terminan nunca. Se cierran. Se guardan. Pasan los años. Y un día volvemos a abrirlos.

En ese nuevo momento vemos que las palabras siguen exactamente en el mismo lugar, pero nosotros hemos cambiado. Y es precisamente ahí, en ese pequeño cambiodes entre lo que fuimos y lo que somos, donde vuelve a comenzar la historia.

José Manuel Gómez

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