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MIRADA AL PASADO – Juicios extravagantes

José María Escribano Muñoz repasa algunos de los **juicios extravagantes** de la historia: procesos contra animales, condenas en efigie y episodios judiciales marcados por la superstición que hoy resultan difíciles de imaginar.

XXVIII Jornadas Medievales.

Recreación del juicio farsa de Ávila

Durante la Baja Edad Media, incluso hasta bien entrado el siglo XVIII, en muchos países llegó a considerarse que los animales tenían la capacidad de hacer el mal, motivo que les llevó a tenerse que someter a juicios como si se tratara de seres racionales. La literatura está sobrada de casos que hoy los vemos disparatados, pero no solo en este caso de los animales; tenemos casos que, si no fuera por la gravedad, por afectar a personas, los podríamos tildar de extravagantes; entre otros, considerar a las personas por su condición de color de piel o simplemente por su condición social. También tenemos casos en los que la superstición tomó asiento en los tribunales, como fueron los juicios por brujería; pero, como colmo de las rocambolescas prácticas judiciales, fueron los juicios y posteriores ejecuciones en efigie.

A lo largo del presente artículo, haremos un repaso a algunos de los episodios más llamativos, con el fin de aportar una cierta base para que aquellos interesados puedan recurrir a fuentes en las cuales encuentren sobrada información.

A menudo suele decirse que las instituciones son fruto de los tiempos; pero yo entiendo que esto suele ser una excusa para no querer asumir la responsabilidad de lo mal hecho. Esto lo afirmo en base a que siempre los que se asientan en las diferentes instituciones cuentan con una información que, por lo general, el pueblo en general no tiene a su alcance; por lo tanto, no estaría de más que, en lo que viene a ser anuarios o resúmenes y balances históricos, se tomaran la molestia de desnudarse ante el pueblo y reconocer los atropellos cometidos.

La justicia tenía que ser percibida por el pueblo como un galante de sus libertades y derechos; sin embargo, cuando este mismo pueblo ve que, día tras día, de forma machacona, se transmite la idea de que la justicia es igual para todos y comprueban que no es así —y, si no, que se lo pregunten al que fuera presidente de la República Francesa, con un elenco de casi cien abogados a su servicio, dilatando la causa hasta la exasperación— y cuando, por fin, tenemos condena, comienza a trabajar ese gran equipo de abogados, con sueldos millonarios, para que no cumpla condena en la cárcel. Una vez expuesto este ejemplo, entre miles que se podían poner a lo largo y ancho de todo el mundo, con presidentes y mandatarios de distintos países, creo conveniente que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿realmente creemos que la justicia es igual para todos? Si lo seguimos creyendo, lo estamos encuadrando en los cuentos de hadas o los mismos Reyes Magos.

Catedral de Autun

Antecedentes:

La justicia y los juristas hunden sus raíces en los primeros grupos humanos de la prehistoria. Es fácil entender que, sin el respeto de unas normas, impuestas por regla general por alguno de los miembros del grupo tribal de mayor respeto, no podía haber sido posible su supervivencia.

Don Julio Caro Baroja, tanto en sus libros como en clases magistrales, siempre nos decía que, para saber cómo vivieron nuestros antepasados en la prehistoria, no era necesario hacer cábalas, solo acercarnos a tribus en las que sus miembros vivían en semejantes circunstancias. Siguiendo estos consejos, hemos podido conocer, en pueblos del África central o incluso en aldeas recónditas del Amazonas, ellos les llaman de diferentes formas, pero viene a ser el patriarca, incluso cuando la decisión se toma de forma colectiva, el consejo de ancianos; sistema este que perduró durante la Edad del Hierro, como vemos por la toponimia, en todo el área de influencia íbero-mediterránea. El “Aitona” era el buen padre, aquel que gozaba del respeto de su pueblo y cuyos consejos eran tenidos en cuenta, pero sobre todo por su intervención en conflictos de toda índole y condición.

Con la implantación del cristianismo, fueron los tribunales eclesiásticos los que se encargaron de impartir justicia; sin embargo, desde la Baja Edad Media, el derecho de impartir justicia también estuvo delegado en algunos señoríos, así como, para delitos menores, en alcaldes y regidores de ámbito local que contasen con el correspondiente aforamiento.

Es cierto que la propia Iglesia fue la que trató de profesionalizar los tribunales, con especialistas encargados, aunque el primer y casi único objetivo fue el de hacer frente al paganismo y la herejía. Es cuando los tribunales eclesiásticos proliferan con mayor protagonismo, antesala de lo que más tarde sería el Santo Oficio o los diferentes Tribunales de la Inquisición.

Solo cuando comienzan a triunfar las diferentes revoluciones europeas es cuando la justicia comienza a impartirse por tribunales laicos. Uno de los principales ejemplos lo tenemos tras la Revolución francesa, sobre todo porque a la justicia se le dota de un carácter profesional, pero sobre todo de imparcialidad, alejada de ideas tanto dogmáticas como políticas; este fue el surgimiento de los juristas profesionales.

Pero en el intermedio de esta cronología tenemos todo tipo de actuaciones que, a la vista de cualquier observador, no dejan de ser grandes disparates: desde juzgar a un animal al que se le intuyen intenciones criminales, cuando a lo máximo, como mucho, podríamos calificar de defensa propia, resulta un tanto llamativo; pero, si tenemos en cuenta aquellos juicios llamados de brujería, en los que se podía condenar a una persona por su capacidad de convertirse en mosca para introducirse por la rendija de una puerta o ventana en una casa, con el fin de llevar a cabo cualquier tropelía, no digamos ya de aquellas otras condenadas por hundir barcos o provocar tempestades. Si todas estas supersticiones podían ser tenidas como ciertas, imaginar qué garantías jurídicas podía tener cualquier ciudadano o ciudadana ante cualquier acusación. Así pasaba que, cuando había una delación por envidia, el acusado, por regla general, podía darse por condenado antes incluso de ser juzgado.

El juicia a las ratas

Juicios a los animales:

Durante la Baja Edad Media, los juicios llevados a cabo contra animales fueron muy comunes, tiempos en los que la superstición imperaba sobre la razón; animales de todo tipo, desde cerdos hasta roedores, prácticamente ninguno estaba libre de ser acusado de algún crimen. Solo faltaba que un grupo de vecinos se dirigiera al tribunal eclesiástico de turno para abrir un proceso.

En los libros de sentencias de aquellos tiempos tenemos juicios de los más extraños, práctica muy difundida por toda Europa. Como sería interminable la lista de estos extraños juicios, por calificarlos de alguna manera, vamos a hacer mención a uno de ellos, por su carácter jocoso y, al mismo tiempo, extravagante; se trata del que tuvo lugar en la región francesa de Autun, donde un grupo de aldeanos recurrieron a la corte eclesiástica en busca de justicia. La causa era que un grupo de ratas se habían comido sus cultivos de cebada; la denuncia contaba con el aval de todos los párrocos de las iglesias de la comarca.

Tras investigar el crimen, el tribunal decidió abrir juicio, mandando a un funcionario al área de donde se creía que vivían las ratas delincuentes. Allí, el citado funcionario, en alta voz, dio a conocer la solemne declaración.

La corte aceptó el ofrecimiento del joven abogado Bartolomée Chassenée; el proceso contó con todo el protocolo y garantías exigidas en el momento. Pero, como era de esperar, las ratas no acudieron a su primera citación judicial. El abogado defensor argumentó que, dada la dispersión de sus clientas, no había sido posible la comunicación de forma individual a cada una de ellas.

Más adelante, en otro de los requerimientos, ante la no presencia de las ratas, el abogado argumentó que, dado que no se les había asegurado un camino libre de peligros para su integridad, les había sido imposible acudir a la citación, sobre todo por los peligros que acarreaba el viaje; fue entonces cuando el abogado pidió a la corte que les garantizara a sus clientas un camino seguro, ya que temían ser atacadas por gatos hostiles y no podían exponerse a semejante riesgo para sus vidas.

Finalmente, ante no poder garantizar un camino seguro para las acusadas, el tribunal decidió cerrar el caso sin sentencia; sin duda, el argumento de la defensa fue de lo más absurdo, pero no me negarán que más absurdo fue llevar a juicio a un grupo de ratas.

Juicio a un cerdo

Los juicios a esfinges:

Durante toda la Edad Media fue muy común la celebración de juicios sin la presencia del acusado, representados ante los tribunales mediante muñecos alegóricos, incluso con imágenes que trataban de representarles.

Uno de estos más sonados, por llevarse a cabo contra el mismísimo rey, fue el que tuvo lugar a la sombra de las murallas de Ávila, mediante el montaje de un teatrillo, de ahí su nombre de “el teatrillo de Ávila”; en este caso, la persona sometida a juicio fue el rey Enrique IV. Este acto también es conocido como “La farsa de Ávila”.

El motivo que desencadenó este conato de rebelión, llevado a cabo por ciertos nobles castellanos, no fue otro que ciertas medidas reales que, a entender de estos nobles, les quitaban derechos sobre la población. Ante “semejante atropello”, no dudaron en ponerse del lado de la rama bastarda de los Trastámara, que, tras las diversas disputas familiares, trasladadas en guerras, terminó imponiéndose, con una buena carga de propaganda y promesas, buscando aliados a través de recompensas.

De esta forma echa a andar la estirpe de los Trastámara, con la primera reina más conocida, Isabel I de Castilla; pero, volviendo al tema central, que no es otro que el de la farsa de Ávila, diremos que es uno de los ejemplos más antiguos, no por estrambótico, sino por ser uno de los primeros llevados a cabo mediante un tribunal popular. Si analizamos este juicio-farsa, nos damos cuenta de lo negativo que puede ser un tribunal constituido sin juristas conocedores del derecho procesal; desde el origen histórico de estos tribunales, siempre estuvieron dirigidos a promulgar una sentencia dictada de antemano, y así fue el resultado de este lamentable y ridículo juicio, que tuvo lugar el 5 de junio de 1465.

En un estrado montado a tal efecto, un muñeco que representaba a un rey entronizado, dotado de los atributos reales, corona, espada y cetro; entre las personalidades que participaron en la farsa se encontraban: Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo; el marqués de Villena; el conde de Paredes; el conde de Plasencia; el conde de Benavente. También se le había hecho venir al infante don Alfonso, hijo bastardo y hermano de padre de Enrique IV. Hay que decir que, en ese momento, Alfonso tan solo contaba con diez años.

Tras la celebración de la misa, comienza el juicio con la subida al estrado de algunos de los rebeldes, leyendo los agravios de los que se le acusaba a Enrique IV; tras la lectura, el arzobispo le arrebató la corona a la efigie (símbolo de dignidad real). A continuación, el conde de Plasencia le despojó de su espada (símbolo de la administración de justicia). Finalmente, el conde de Benavente le quitó el bastón (símbolo del gobierno).

Por último, Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia, derribó la estatua al grito de: ¡A tierra, puto!

Seguidamente, subieron al niño al trono, ocupado anteriormente por la efigie, para proclamarle rey, al grito de: ¡Castilla por el rey don Alfonso! Finalizando con la ceremonia de besamanos; mientras tanto, el pueblo pisoteaba y jugaba con el muñeco que había estado en el teatrillo, figurando como rey.

Estas prácticas de juicios con esfinge fueron una constante casi hasta las primeras décadas del siglo XIX, con la recuperación de la Inquisición tras la llegada de Fernando VII. Es cierto que el mayor número de estos procesos, con la ausencia del enjuiciado, tuvieron lugar durante los siglos XVI y XVII. Por lo general, se trataba de hombres y mujeres que no habían superado las fases de interrogatorio, con unas condiciones pésimas de prisión a las que acompañaban reiteradas sesiones de tortura; pero los tribunales tenían una consigna, que era la de llevar hasta el final el cumplimiento de las penas, por lo que, si el reo era condenado a la hoguera, el día de la celebración del acto de fe y había fallecido, se le procesionaba junto al resto de condenados mediante una efigie de madera, siendo colocada en la hoguera como uno más de los condenados presentes.

Teatrillo de Ávila,(Museo del Prado)

Conclusiones:

Cuando analizamos cualquier capítulo de nuestro pasado histórico, nos damos cuenta de lo conveniente que es tenerlo presente, sobre todo para no reiterar errores. Esto lo podemos aplicar a todos los ámbitos de la vida. Hoy he querido acercarme a un capítulo que es el de la justicia, porque, de forma reiterada, vemos comportamientos en los cuales priman más los intereses de diferente tipo que el mandato de impartir una justicia que obedezca a su nombre. Como hemos visto, cuando la justicia se deja llevar por supersticiones u otras influencias que se alejan del razonamiento, nos encontramos con disparates que, como hemos visto con el juicio a las ratas, puede que despierten hilaridad, pero que en su tiempo fueron aceptados con toda rigurosidad.

Para finalizar mi artículo de hoy, creo conveniente extraer del poema “Romero sólo”, de León Felipe, los siguientes versos:

“Un día
todos sabemos/ hacer Justicia. Tan bien como el rey/hebreo/la hizo Sancho el
escudero/ y el villano Pedro Crespo…”

Creo que este grande entre los grandes poetas que parió este pueblo llamado España merece que terminemos con estos versos, que nos invitan a reflexión.

José María Escribano

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