Una gata con recursos
Alberto Giménez Prieto firma **Una gata con recursos**, un relato lleno de humor cotidiano, olvidos encadenados y una gata llamada Massiel que parece tener mucho que decir ante el desastre doméstico de sus dueños.

Aquel domingo se habían levantado aún más tarde de lo que acostumbraban en tales días, y eso que casi no habían dormido. Pero no por eso que ustedes están pensando, no, sino porque se habían acostado cuando el sol ya se colaba entre las rendijas de la persiana para arañar los cristales de la ventana, aunque el silencio dominical invitaba al sueño. Era lo que sucedía cada vez que se juntaban con aquellos amigos tan marchosos que, como ellos, nunca encontraban el momento de levantar el campo.
Úrsula, preocupada por los estragos que la fiesta hubiera podido producir en su rostro, nada más echar pie a tierra corrió a consultarlo con su más fiel asesor, el espejo del aseo, aunque en ocasiones se mostrara soberbio y su veredicto resultara grosero e irritante. No le sorprendieron las aureolas pardas con que habían sido galardonados sus párpados. Las presentía y hasta las esperaba, pero su presencia no la hizo desfallecer e inmediatamente entró en el capítulo de recomposición.
Obsesionada como estaba en enmascarar las trazas que el festejo se había tomado la molestia de fabricarle, olvidó completamente que debía llamar al restaurante de su amiga Carolina, para reservar mesa a la hora de la comida de ese día. En los domingos veraniegos si no se contaba con previa reserva, por mucha amistad que tuviera con la propietaria, no había posibilidad de comer en aquel mesón.
Cuando Rodolfo, su marido, impaciente por encontrar un hueco temporal, en el que llevar a lavar su nuevo vehículo, le preguntó a Úrsula a qué hora había reservado en el restaurante. Ella, disculpándose con una necesidad imperiosa, se escabulló presurosa hacia el aseo. Cerro el pestillo al mismo tiempo que marcaba el número particular de Carolina y le rogaba a su móvil, con una devoción, que a ella misma le sorprendía, que alguien hubiera anulado su reserva a última hora y quedara alguna mesa libre, aunque fuera la que hacía guardia ante los lavabos.
Pero sus plegarias no fueron atendidas y tuvo que escuchar como su amiga Carolina, lamentaba con gran dolor de corazón, no poder encontrarles un acomodo espacio-temporal para ese día. Úrsula escuchó la negativa, sobre el fondo sonoro de los impacientes pasos de Rodolfo, en su frenético deambular pasillo arriba, pasillo abajo, ante la puerta atrancada del baño, esperando anhelante la respuesta de Úrsula.
En su desesperación recurrió a los otros dos restaurantes del pueblo donde los conocían, porque en un caluroso domingo de mediados de julio, en un pueblo turístico como aquel, se necesitaba una recomendación celestial para conseguir una reserva. Y aunque llamó a ambos haciendo uso y hasta abuso de sus reconocidas habilidades teatrales, sus llamadas fueron infructuosas.
Revisó aceleradamente su extenso registro de excusas y justificaciones, pero lo que halló le pareció tan insulso e informal que lo desechó. No le servía para la ocasión porque ya lo había empleado o le parecía demasiado pueril para justificarse ante Rodolfo.
Los inquietantes pasos de su marido sonaban apremiantes, inquietos y atropellados. Sus continuos carraspeos anunciaban la proximidad de una áspera bronca.
Úrsula se resignó, revistió su rostro de una digna compunción y con un lenguaje entregado admitió ante Rodolfo haber olvidado la reserva del restaurante. Lo hizo llanamente sin más escusas que lo poco que habían dormido. La sorpresa de Rodolfo, acostumbrado a sus histriónicas excusas, ante una confesión tan sincera y espontánea lo desarmó y permitió que Úrsula superara con mucha habilidad y alguna mentirijilla la admisión de la negligencia, del que salió sin más penitencia, que haber tenido que reconocer su desatención.
—Bueno, ¿qué le vamos a hacer?, a todos nos puede pasar, anda descongela un par de pizzas y nos arreglamos con ellas —le había dicho Rodolfo, apenado ante la contrición de su mujer.
A pesar del prudente encaje que su marido había dispensado a su descuido, Úrsula había enmudecido, se había quedado cortada. No es que no supiera que decir, es que no llegaba a adivinar cómo reaccionaría Rodolfo cuando le dijera que el congelador estaba más vacío que una iglesia en carnaval. No sabía cómo se tomaría Rodolfo que ella le dijera que también había olvidado reponer la despensa y que para comer no tenían más que esas sobras para las que nunca se encuentra el momento adecuado de comerlas o tirarlas.
Pero calló, ya tendría ocasión para decírselo cuando él se sentara a una mesa poblada por sobras del pleistoceno. No le quedaba más remedio que exprimir su imaginación y preparar una comida que resultara al menos aceptable con los escasos medios de los que disponía. Lo que le resultaba verdaderamente humillante era que, después de haber admitido ante Rodolfo su descuido con lo de la reserva del restaurante, ahora tuviera que reconocer que también había desatendido la previsión alimentaria. .
Sobrellevando su propio pesimismo, Úrsula abrió el refrigerador, ante sus ojos se mostraba una imagen desoladora, solo quedaban sobras cuya antigüedad rebasaba en algunos casos su memoria.. La noche anterior, entre ellos y los invitados, habían liquidado todo lo que encontró con apariencia de ser comestible y tuvo a bien sacar. Había sacado cuanto tenía incluyendo algunas conservas cuya fecha de caducidad prefirió no consultar.
¡Cómo no se comieran la comida de su gata Massiel,!
Al pensar en la gata, recordó que tampoco había comprado comida para ella, y cuando involuntariamente movió el comedero de aluminio del felino, el sonido hizo que esta llegara de inmediato anunciando su llegada con un maullido de agradecimiento prolongado y entrecortado. No la había vuelto a ver desde la cena de la noche anterior, en la que la recompensaban con pequeños bocados por cada una de sus monerías.
La gata llegaba con la curiosidad grabada en la mirada. Al llegar, aun antes de examinar su comedero, se restregó mimosa por entre las pantorrillas de Úrsula, luego se la quedó mirando y al ver que no depositaba comida en el recipiente metálico, acentuó la interrogación de su mirada, reforzándola con un maullido alargado, para quedársele mirando con una fijeza insolente. No pedía, no suplicaba, simplemente exigía una respuesta coherente a aquella llamada injustificada, a la par que le echaba en cara la escasa atención que se le dispensaba. Era esa mirada altanera y despectiva la que le había inspirado a Rodolfo el nombre de Massiel.
Úrsula trató de disculparse con el felino, en un tono pueril, como si hablara con un bebé. La gata tras agriar la mirada de reproche, se volvió desdeñosa y desapareció de nuevo, mientras Úrsula trataba de volver a la dura realidad con la que tenía que enfrentarse y confeccionar con aquellos restos lo que comerían aquel domingo resacoso, tanto ellos dos como la gata.
Continuará
Con este relato, cuyo desenlace se publicará el próximo mes, concluyo mi colaboración con este apreciado periódico y aprovecho para despedirme de todos sus lectores. Han sido cinco años de estrecha colaboración de los que guardaré un grato recuerdo.

