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La frontera que llevamos dentro

La polarización en España amenaza con convertir cada crisis en una nueva trinchera. Juan Antonio Mateos reflexiona, a partir de Ceuta, sobre la necesidad de recuperar el diálogo, el matiz y la capacidad de convivir con quien piensa diferente.

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Juan Antonio Mateos

«La polarización no se trata de desacuerdo, sino de deshumanización.»

Naomi Klein

«La democracia desfallece en sociedades polarizadas porque los ciudadanos dejan de ser capaces de tejer lazos de unión con el diferente.»

Adela Cortina

Hay momentos en los que una sociedad parece necesitar un enemigo para poder explicarse a sí misma. No necesariamente un enemigo real, sino alguien sobre quien proyectar los miedos, las frustraciones y las incertidumbres que no sabemos gestionar. Quizá eso explique, al menos en parte, el auge de la polarización en España. Y quizá también explique por qué, después de Ceuta, volvemos a tener la sensación de que todo puede convertirse en una nueva trinchera: la inmigración, la frontera, Marruecos, la seguridad, el Gobierno, la oposición, la solidaridad, incluso la manera de entender qué significa ser español.

La crisis de Ceuta ha sido mucho más que un problema migratorio o fronterizo. Ha sido también un espejo de nuestra dificultad para afrontar juntos una realidad compleja. La entrada masiva de personas los días 30 y 31 de julio, la presión sobre los servicios de la ciudad y la posterior disputa política han colocado de nuevo sobre la mesa una cuestión que llevamos demasiado tiempo abordando desde las emociones y demasiado poco desde la serenidad. El propio Gobierno ha declarado la situación de interés para la Seguridad Nacional ante la presión extraordinaria generada sobre los servicios públicos y la capacidad de acogida.

Y ahí está precisamente el problema. No es que existan desacuerdos. Una democracia necesita desacuerdos. Lo preocupante es que hayamos empezado a considerar al que discrepa como alguien moralmente sospechoso. El texto que sirve de base a esta reflexión lo expresa con claridad: “La polarización política no es sino una forma moderna de tribalismo”, recuerda el sociólogo Luis Miller. Hemos dejado de discutir sobre lo que debemos hacer para discutir sobre quiénes somos nosotros y quiénes son ellos. La política ha dejado de ser solamente un espacio de propuestas para convertirse en un territorio de pertenencias.

Ceuta ha demostrado hasta qué punto ocurre esto. Para unos, la cuestión es esencialmente una crisis de seguridad y de control fronterizo; para otros, ante todo, una tragedia humana y migratoria. Unos ponen el acento en Marruecos y en la necesidad de responder con firmeza; otros temen que esa respuesta termine alimentando discursos xenófobos. Unos denuncian la incapacidad del Gobierno; otros denuncian la instrumentalización política del drama. Y mientras unos y otros levantan la voz, corremos el riesgo de olvidar algo elemental: detrás de las categorías políticas hay personas.

No es necesario negar la dimensión política, geopolítica o de seguridad de lo ocurrido para recordar esa humanidad. Tampoco hace falta negar la necesidad de controlar las fronteras para comprender el sufrimiento de quienes intentan atravesarlas. La realidad no cabe en una consigna. Pero vivimos precisamente en una época en la que las consignas tienen más éxito que la realidad.

El problema es que la polarización simplifica aquello que necesita ser comprendido. Un asunto como la inmigración exige hablar de fronteras, derechos humanos, seguridad, cooperación internacional, integración, desigualdad, relaciones con Marruecos y responsabilidad europea. Sin embargo, el debate político tiende a reducirlo todo a una pregunta mucho más cómoda: ¿con quién estás? Y cuando la pregunta fundamental ya no es “¿qué solución es justa?”, sino “¿de qué lado estás?”, hemos empezado a perder la capacidad de pensar juntos.

No estamos hablando, por tanto, solamente de una confrontación entre partidos. Estamos hablando de una distancia emocional que empieza a afectar a la convivencia. Y quizá aquí esté la verdadera gravedad del problema. Podemos sobrevivir a una sociedad políticamente dividida; lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una sociedad que ha dejado de reconocerse mutuamente. Porque una democracia no necesita que pensemos igual, pero sí necesita que aceptemos que el otro tiene derecho a pensar diferente.

La polarización funciona precisamente así: transforma los matices en sospechas. Si pides más control, alguien puede acusarte de insolidario. Si reclamas más humanidad, alguien puede acusarte de irresponsable. Si cuestionas al Gobierno, eres utilizado por la oposición. Si cuestionas a la oposición, pareces justificar al Gobierno. Y poco a poco vamos entrando en una lógica absurda en la que pensar por cuenta propia se convierte casi en una forma de deslealtad.

La polarización no surge, por tanto, de un exceso de ideología, sino de un déficit de sentido. Quizá esa sea una de las claves para entender nuestro tiempo. Vivimos cansados, saturados de información, permanentemente conectados y emocionalmente expuestos. Las redes nos ofrecen una corriente interminable de opiniones, imágenes, titulares y enfrentamientos. Reaccionamos antes de comprender. Contestamos antes de escuchar. Y terminamos confundiendo información con conocimiento y opinión con verdad.

La indignación, además, se ha convertido en una mercancía. Cuanto más radical es el mensaje, más atención consigue. Cuanto más humillante es el insulto, más fácilmente se comparte. La política descubre así que el conflicto produce audiencia, y las redes descubren que la indignación produce beneficios. El resultado es una sociedad permanentemente excitada, incapaz de encontrar un espacio para la pausa.

Necesitamos recuperar una virtud que parece haber desaparecido del debate público: el matiz. El matiz no significa tibieza. Significa inteligencia. Significa comprender que una frontera puede necesitar seguridad y, al mismo tiempo, humanidad; que un Gobierno puede equivocarse sin que todo lo que haga sea un desastre; que la oposición puede denunciar legítimamente sin convertir cada problema en una oportunidad para destruir al adversario.

Luis Miller lo resume: “El entendimiento, incluso los acuerdos, entre políticos de ideologías muy diversas es posible, siempre que no partan de una imposición disfrazada de consenso”. Tal vez debamos recuperar precisamente esa idea: el acuerdo no consiste en que uno venza y el otro se rinda, sino en aceptar que ninguno posee toda la verdad.

Ceuta debería obligarnos a pensar en ello. Una ciudad pequeña, fronteriza, plural, acostumbrada a convivir con distintas culturas y religiones, no puede convertirse simplemente en una ficha más del tablero político nacional. Necesita respuestas, recursos, coordinación y responsabilidad. Pero también necesita que quienes hablan de ella recuerden que allí viven personas, no argumentos.

Emmanuel Levinas nos recordó que la ética comienza cuando el rostro del otro nos interpela. Quizá también la política debería comenzar ahí: en el momento en que dejamos de mirar al adversario como una amenaza y empezamos a reconocer en él a otro ser humano, tan vulnerable y tan limitado como nosotros. España necesita recuperar esa mirada. No necesitamos una sociedad sin conflictos, porque eso no existe. Necesitamos una sociedad capaz de atravesar los conflictos sin romperse. Una democracia madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que somos capaces de convivir con quienes piensan de otra manera.

Después de Ceuta, quizá deberíamos preguntarnos no solamente qué ha ocurrido en la frontera, quién tiene la responsabilidad o qué política migratoria debemos adoptar. Deberíamos preguntarnos también qué nos está ocurriendo a nosotros. Porque quizá la verdadera frontera que debemos vigilar no esté solamente entre España y Marruecos, sino dentro de nuestra propia sociedad: esa frontera invisible que estamos levantando entre unos y otros.

Frente al ruido, necesitamos conversación. Frente a la sospecha, confianza. Frente al fanatismo, pensamiento. Frente a la tribu, comunidad. Y frente a la tentación permanente de convertir al otro en enemigo, necesitamos recordar algo profundamente sencillo: seguimos compartiendo país, problemas, incertidumbres y, sobre todo, la misma fragilidad humana. La democracia no se salva cuando conseguimos que el otro deje de pensar como nosotros; se salva cuando somos capaces de seguir caminando juntos a pesar de que piense diferente.

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