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Una decisión atemporal (1 de 2)

“Una decisión atemporal (1 de 2)”, de Alberto Giménez, narra el conflicto de un escritor entre el éxito comercial y la autenticidad creativa.

Pekin  (23) - copia

En aquella ocasión, Javier había escrito algo que le gustaba plenamente, aunque se apartara del estilo que lo había encumbrado, aunque no se acoplara a sus superventas. Lo había parido sin dolor, sin tener que corregir a cada párrafo para que no se apartara de su estilo y su vocabulario, al que tenía acostumbrados a sus lectores y que definía su obra. Se apartaba de cuanto había escrito el Javier triunfador, y se aproximaba peligrosamente a los escritos de aquel Javier que se amontonaban en el cajón del olvido.

Era tal la diferencia, tanto de forma como de fondo que ni siquiera intentó amoldarlo al estilo, que lo había hecho tan popular y tan vendido. Hacerlo hubiera significado una labor, ante cuya magnificencia prefería tirarlo a la papelera. Y aunque trató de que cumpliera el mandamiento favorito del editor, fue un esfuerzo vano. De aquellas magnificas líneas no podía sacarse una novela histórica.

Era lo más imaginativo que había escrito y, al contrario de lo que había ocurrido en las pocas ocasiones en que le había asaltado aquella desbocada imaginación, no solo no había destrozado lo escrito, sino que además no le había puesto cortapisas a aquel incontenible emanar. Sin esfuerzo había ido fluyendo la narración que solo teclearla le producía un no sé qué placentero y al releerla se sentía orgulloso de ella, a pesar de lo alejada que estaba de su obra ordinaria y de la que mantenía su estatus.

Quiso conocer opiniones de aquel escrito. Lo pasó con la firma de un sobrino imaginario a sus dos lectores cero habituales y al editor. Como intuía el parecer de estos, decidió hacer algo que se había prometido no volver a hacer: dárselo a leer a Damián, amigo y escritor de vanguardia al que él leía en secreto, porque Damián no le correspondía. Consideraba a Damián uno de los mejores escritores, alguien que pasaría a la historia, aunque no vendiera un duro.

Hacía muchos años, cuando Javier andaba desesperado por publicar, le dio a leer a Damián la obra con la que empezaría a ser un superventas para no dejar de serlo desde entonces. De haber seguido la opinión de su amigo nunca habría salido de la miseria que por entonces los rodeaba, porque la habría tirado a la papelera. La opinión de Damián había sido cuando menos lacerante, sino humillante, llegó a llamar novelucha a su obra. Javier nunca olvidó aquella conversación y a partir de entonces, mantuvieron una amistad distante, aunque no volvió a darle nada a leer. Cuando se veían, Damián le felicitaba por su éxito de ventas, sin que nunca mencionara haber leído su obra. Tampoco Javier se lo preguntó jamás.

El editor fue el primero en responderle y su respuesta fue tan sencilla como tajante: «Impublicable, dile a tu sobrino que el tiempo de la imaginación pasó. Ahora hay que ubicar la acción en algún evento histórico, la fantasía se acabó con el señor Verne. Es cierto que es de escritura muy fluida, culta y hasta intrigante, pero se desarrolla en una ciudad inventada y con seres sin existencia real. Es invendible».  

También le llegaron las opiniones de los lectores cero, uno dijo: «He disfrutado leyéndola, aunque es muy densa: No la veo indicada para el gran público…». La opinión del otro no difería demasiado: «Está bien, pero para un lector hecho, muy hecho. He pasado un buen rato leyéndola, tu sobrino domina la narración, pero no creo que interese a las editoriales. Se aleja de hechos ordinarios o históricos. Alégrate de que tu estilo sea otra cosa».

Damián no daba señales de vida y Javier le tuvo que llamar en dos ocasiones que resultaron ser infructuosas, pues su amigo aún no había iniciado la lectura. Pasado un tiempo más que prudencial, le hizo una tercera en la que tuvo que recurrir a su capacidad histriónica y escenificar un relato lacrimógeno para convencerlo de la urgente necesidad de su opinión. Damián, compungido, prometió acometer la lectura aquella misma noche. Javier temía que pensara que era una obra suya y no quisiera leerla, para no darle su opinión, que al ser siempre sincera, ya estuvo a punto de destrozar su amistad.

Lo que no esperaba Javier era que Damián le llamara a las siete de la mañana del día siguiente y que lo hiciera de aquel talante. Estaba conmovido, entusiasmado, exaltado por la lectura. La había emprendido tras la cena, convencido de tener que enfrentarse a algún bodrio histórico-romántico. Pero no, se había equivocado, era una obra imaginativa, fresca, con una trama ingeniosamente planteada, unos personajes perfectamente descritos, con unas tramas originales, pero creíbles y unas figuras literarias que harían palidecer de envidia a muchos superventas. En resumen, una obra a la altura de las de muchos de los genios nacionales de las letras. Era una obra que le había mantenido despierto desde las primeras páginas y cuya lectura le había cosquilleado sentimientos que ignoraba que tuviera tan profundamente dormidos.

—Javier, tienes que rescatar a ese sobrino tuyo de las tinieblas, tienes que convencerlo de que ha nacido para escribir, tienes que presentármelo antes de que lo perviertas y se convierta en un engranaje más de la máquina de hacer dinero en la que andas metido. ¡Esa novela es un portento! ¡Tú sobrino es genial!

—Damián quiero decirte… creo que debes saber…

—Déjate de confidencias y sácalo del agujero en dondequiera que esté, hazlo venir cuanto antes para que vea la luz. ¿Es muy joven? Es una escritura fresca, virgen y sin vicios, pero por la pericia con que se desenvuelve se diría que es de un maestro consagrado. Le buscaremos un preceptor, el mejor que haya, le conseguiremos una beca y lo que sea necesario para que cultive ese don que lleva dentro y no acabe convirtiéndose en una Corín Tellado de ocasión, como su tío.

Javier, que en ese momento iba a confesarle a Damián que la obra no era de un sobrino que no tenía, sino que era cosa suya, ante lo despectivo de la comparación que le hacía con la escritora asturiana, asumió el menosprecio con lo que podría catalogarse como una rabieta infantil, que escenificó frunciendo los labios y dejando de prestar atención a lo que le decía Damián. En realidad, no sabía si ofenderse por el sentido en que Damián lo decía, o sentirse halagado por la profunda veneración que profesaba a aquella escritora. Le hubiera gustado, no solo vender tantas novelas como ella, sino disponer de la erudición de la que hacía gala la asturiana. Encerrado en esa pueril posición escuchó desde la lejanía de su desinterés como Damián se explayaba en alabanzas sobre la obra de su sobrino y reprobación hacia la suya. Javier, remató su rabieta, estrangulando la conversación.

—Damián, ya te llamaré cuando hable con mi sobrino y le comunique tu opinión.

Continuara

Alberto Giménez Prieto

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