MIRADA AL PASADO – FEDERICO GARCÍA LORCA
“Mirada al pasado Federico García Lorca”, de José María Escribano Muñoz, recorre la infancia, sensibilidad y legado del poeta granadino, conectando su vida con su obra y su trágico destino.

La figura de Federico García Lorca, es imposible entenderla sin la unión con la naturaleza, que a lo largo de su vida ambos conformaron una perfecta simbiosis; circunstancia favorecida por el entorno familiar, con una ligazón principal con la tierra, donde aquel niño curioso, se acostumbra a ver cómo la actividad de microorganismos, actúan de forma discreta pero fundamental en la vida de nuestro ecosistema. Entre las rarezas de Federico niño, estaba el de jugar con lo que él llamaba gusanitos, en apariencia simples lombrices de tierra, pero que pasado el tiempo descubre que son fundamentales, en la generación del suelo fértil, desde su humildad siendo verdaderas protagonistas de nuestra alimentación.
Federico como un buen lector precoz, pronto entra en contacto con los clásicos, aprendiendo de ellos, unas veces encontrando respuestas a sus dudas otras, pero siempre, confirmando sus propias experiencias; en este estado de cosas, en una de esas relecturas del Quijote, descubre cómo en la Segunda Parte, Capítulo XVI, una definición de lo que debe ser un poeta, Federico lo encuentra tan acertado, que lo toma al pie de la letra, como lema de su vida, – la cita dice así-. “La razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perfeccionarla; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta”.
Pero este niño observador de cuanto sucede a su alrededor, graba en su retina infantil la vida de las gentes que transitan, por ese paisaje, un paisaje lleno de estampas que marcan grandes desigualdades, escenas que causan asombro, como esas familias gitanas que sin apenas recursos, son capaces de disfrutar con tan solo, unos instantes a la fresca en la puerta de sus cueva; pero también otras desigualdades sociales que le rodeaban, no entendiendo muy bien cómo él podía tener acceso a la cultura, por haber nacido en un entorno económico, mientras que otros chicos de su misma edad, no conocían ni las primeras letras del abecedario, porque cuando debían estar recibiendo instrucción, estaban obligados a trabajar en el campo, para aliviar la precaria economía familiar.
El nacimiento en el seno de una familia acomodada, con un fuerte interés por lo cultural, sin duda tuvo una influencia determinante, en lo que sería su futuro como artista, sin descartar el componente imprescindible, la sensibilidad que debe adornar a todo creador, en el caso de Federico, desde los primeros años fue una constante. Tras su traslado a Madrid y la toma de contacto con amplios círculos de la intelectualidad del momento, este componente de sensibilidad junto a la fácil capacidad creativa; sin duda fue lo que fascinaba a todo aquel que tenía la oportunidad de conocerlo, por otro lado llamaba poderosamente la atención, que una persona como él, procedente de un extracto social acomodado, tuviese una conciencia tan clara sobre las clases más desfavorecidas, hasta el punto que para él la cultura siempre fue su gran obra, convirtiéndose en el primero de los obreros, con el fin de acercarla al pueblo, como para saldar una deuda eterna…

Antecedentes:
La infancia de Federico en palabras suyas fue un privilegio, que como el mismo reconocía, debería ser la tónica general de todo niño/a, sobre este periodo nos dejó afortunadamente, bastante material escrito, suficiente para entender mejor su posterior obra, hasta tal punto que es difícil entender muchas de sus obras teatrales, sin aquellos años de infancia, pasados al rebufo de las mujeres de la casa, contando leyendas y cantando coplas del acerbo popular.
De este periodo, tenemos la descripción de su escuela, del maestro y compañeros de pupitre, que fueron sus primeros amigos, con los que compartió juegos y complicidades; a su escuela la describía de esta forma, era de amplias estancias, quizá engrandecida desde la perspectiva infantil, dicha escuela contaba con un amplio salón, sembrado de ventanas en uno de sus laterales, mientras que en el otro estaban ubicados numerosos bancos, las paredes estaban decoradas con grandes carteles, que repetían a modo de soflamas, mensajes con una fuerte carga de moralidad.
Al fondo de la estancia una tarima a modo de estrado, sobre la que estaba la mesa donde se sentaba el maestro, este maestro era un personaje como sacado de un cuadro del Greco, alto y escuálido, encorvado como no queriendo despegar de la tierra, quizá por alguna dolencia ósea, sobre su cabeza lucía un gorro bordado, no lejos de sus manos una palmeta, que a veces cumplía las funciones de puntero indicador en el encerado, pero también podía convertirse en elemento capaz de crear temor, entre el elegido alumno, este maestro era un personaje tanto temido como admirado, con unas muy pobladas barbas, que cuando se dirigía a los alumnos, tan solo con su mirada creaba cierta preocupación, su voz era fuerte y sonora , sus ojos eran dulces y expresivos, estableciendo un cierto aro de confianza y admiración entre los niños de la escuela; sin embargo no escapaba de la socarronería infantil, la de poner motes, para bien o para mal a los enseñantes, en este caso el maestro no se libró, de ser apodado como el “Tío Camuñas”.
De esta etapa infantil, Federico la valoró como un periodo donde ejerció por vez primera la amistad, presumiendo de cómo todos los niños del pueblo eran sus amigos, sobre todo recordaba, cómo en aquellos días en los cuales no había escuela, reunía a todos en su casa, donde en sus amplias cámaras, ideaban mil y una historias, solo interrumpidas con la presencia de la madre de Federico, cuando los niños corrían a esconderse bajo las escaleras. Eran niños en su mayoría hijos de los labriegos, que como el mismo Federico reconocía, cubiertos de harapos por toda vestimenta, estaba claro que la sola presencia de la madre, toda una señora a la que no reconocían, ni en sus formas ni maneras de expresarse, optaran por abandonar el escenario.
Federico describe a muchos de aquellos niños con los que compartía juegos y amistad, a pesar de sus carencias en cuanto a la vestimenta, “eran limpios, alegres, nobles y dulces”, nos habla de uno de ellos apodado (el Morito), por su piel oscura,- cuenta de él-, “era bondadoso y apacible en extremo. No hablaba sino cuando le preguntaban y siempre se prestaba gustoso a ponerse de burro y dejaba que le pusiéramos un bocado viejo que había servido a un caballo de mi abuelo… En sus ojos tenía dulzura profunda y siempre reía amable, aun a los que le ofendían…, pero era fuerte y valiente”.

Primeros pasos académicos y otras curiosidades:
Federico siempre tuvo un lugar muy preferente; en la figura de Don Antonio su maestro y padrino. Cuando Don Antonio Rodríguez Espinosa llega a Fuente Vaqueros para cubrir la plaza como maestro, entra en contacto con Dona Vicenta, madre de Federico la cual era maestra en la escuela, todo esto sucedía a finales del siglo XIX año 1895, durante este tiempo se establece una fuerte amistad entre ambas familias, hasta el punto que Don Antonio fue el padrino de Federico.
En aquel tiempo los traslados en la escuela pública eran frecuentes, Don Antonio es trasladado en el año 1903 al Instituto de Almería, en el año 1906, la familia decide mandar a Federico a casa de Don Antonio en Almería, con el fin de preparar el examen de ingreso en el Instituto de Bachiller, Federico contaba con tan solo ocho años, durante este tiempo Federico toma contacto por vez primera con la poesía, su padrino era un excelente poeta, que organizaba con frecuencia grandes tertulias en su casa, con la participación de grandes poetas, entre los que cabe destacar a Villaespesa buen amigo de Don Antonio Machado.
El 21 de septiembre de 1908, Federico se examinó de ingreso de Bachillerato, consiguiendo el aprobado al superar un dictado del Quijote y una operación de división. El primer curso lo llevó a cabo en Almería, pero debido a un contratiempo de salud, lo tuvo que dar por perdido a causa de un flemón que le afecto parte de un ojo, obligando a su padre a trasladarse hasta la ciudad almeriense para volver a Granada con Federico.
El maestro Don Antonio años más tarde terminó como maestro en Madrid, en la escuela de niños que estaba situada en la calle Fortea, 6., esta circunstancia sirvió a Federico y la familia como punto de referencia familiar para Federico, durante su estancia en la Institución Libre de Enseñanza. Hasta aquel mes de julio del 1936; cuando a la vista de los acontecimientos, le pide a su padrino las doscientas pesetas para comprar el billete que le permitiría volver a su Granada natal.

Nadie es profeta en su tierra:
Este viejo refrán, por desgracia de forma reiterada, adquiere visos de realidad, en el caso de Federico, cuando viendo la tormenta que acechaba a España y decide volver a su hogar-refugio; se enfrenta con aquella Granada de principios de siglo XX, una Granada un tanto anclada en un pasado, del cual Federico siempre voló por décadas de futuro. En aquel tiempo, los perjuicios estaban a flor de piel, la envidia era una protagonista que negaba la razón, una sociedad caciquil, sustentada por una burguesía que se negaba a que los derechos, se plasmaran en la ley.
Aquella sociedad pacata, no podía entender ni comprender a un Federico libre, un ejemplo de humanidad, acostumbrado a tenerlo todo; sin embargo solidario, negándose a la norma del privilegio, para entender esta forma de entender la vida, nada mejor que recurrir a sus propias palabras, “Yo creo que el ser de Granada me inclina a la compresión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío…, del morisco, que todos llevamos dentro. Granada huele a misterio, a cosa que no puede ser y sin embargo, es. Que no existe, pero influye”. –Desde niño, el contacto directo con los hijos de los labradores, palpando las diferencias sociales, marcadas por las carencias; como el propio Federico reconocía-.

Su humanidad, la mayor virtud de Federico:
Son muchos los analistas, amigos y estudiosos en general, que ensalzan los valores que adornaban a Federico, pero por encima de todo destacaba su tremenda humanidad, por elegir uno de esos análisis citaré a uno de Vicente Aleixandre, amigo y compañero de Federico… “A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua, con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y sin embargo cambiante, variable con la misma Naturaleza… Yo le he visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna respondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remota de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de la sabiduría profunda que llaneaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que encandecía su ceño de inspirado…”.

Versos premonitorios:
Federico García Lorca; siempre vivió tan pegado a su entorno, que para una persona de una gran preparación como la de él, no resultó difícil, intuir un trágico final, la verdad es que la ceguera de la ignorancia, barruntaba cualquier actuación negativa y es que cuando la violencia, toma asiento la razón salta por los aires, es cierto que el tiempo termina imponiendo la ecuanimidad, pero hasta tanto, cuánto dolor innecesario…
“Fábula y rueda de tres amigos”
Cuando se hundieron las formas puras, / bajo el cri cri de las margaritas, /comprendí que me habían asesinado. /Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron.
“Gacela de la Muerte Oscura”
Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios. / Quiero dormir el sueño de ese niño que quería cortarse el corazón en alta mar. / No quiero oír que los muertos no pierden sangre, / que la boca podrida sigue pidiendo agua.
“Por las ramas del laurel”
Vecinita, les dije, / ¿dónde está mi sepultura?/ En mi cola dijo el sol. / En mi garganta, dijo la luna.
Poemas del dolor:
Fueron muchas las manifestaciones, que se produjeron en todo el mundo, tras el asesinato de Federico García Lorca, creo que unos de los más sentidos, fueron los que pario nuestro maestro el gran don Antonio Machado…

“El crimen fue en Granada. A Federico García Loca”
I
El crimen
Se le vio, caminando entre fusiles,/ por una calle larga,/ salir al campo frío,/ aun con las estrellas, de la madrugada./ Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba./ El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara./ Todos cerraron los ojos;/ rezaron: ¡ni Dios te salva!/ Muerto cayó Federico/ – sangre en la frente y plomo en las entrañas-/ … Que fue en Granada el crimen/ sabed -¡pobre Granada!-, en Granada…
II
El poeta y la muerte
Se le vio caminar solo con Ella, / sin miedo a su guadaña. / -Ya el sol en torre y torre; los martillos/ en yunque- yunque y yunque de las fraguas. / Hablaba Federico, / requebrando a la muerte. Ella escuchaba. / “Porque ayer en mi verso, compañera,/ sonaba el golpe de tus secas palmas,/ y diste el hielo a mi cantar, y el filo/ a mi tragedia de tu hoz de plata,/ te cantaré la carne que no tienes,/ los ojos que te faltan,/ tus cabellos que el viento sacudía,/ los rojos labios donde te besaban…/ Hoy como ayer, gitana, muerte mía,/ qué bien contigo a solas,/ por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”.
III
Se le vio caminar…
Labrad, amigos,
E piedra y sueño, en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

