HOBBYS PARA EDADES AVANZADAS: ALTERNATIVAS RAZONABLES
Reflexión irónica sobre los “hobbies” del poder en edades avanzadas, donde la ambición y los delirios geopolíticos sustituyen a las aficiones inocentes, con consecuencias reales para el mundo.

Javier Serra
Hay quien, al llegar al Rubicón de los setenta —o de los ochenta, los “nuevos setenta” si tenemos en cuenta la manía actual de sacudirnos de encima una década de nuestro historial—, decide dedicarse a cultivar bonsáis, a practicar baile en línea compulsivamente o a perseguir pelotas de golf por verdes y artificiales praderas. Se trata de aficiones razonables que, a lo sumo, solo ponen en peligro la paciencia de los cónyuges o la integridad de algún jardinero despistado, sobre todo si es migrante. Sin embargo, existe una estirpe de matones, generalmente instalados en despachos de geometría oval donde el eco de sus propios pasos les recuerda a su himno nacional, cuyo hobby consiste en redibujar fronteras como quien reubica los muebles del salón para forzar a que el feng shui de la historia encaje con sus delirios de grandeza.
Hablemos de los «Caprichos». Pero no de los de Goya, que los creó para ponernos en guardia frente a los monstruos de su tiempo, sino de esos caprichos autocráticos que brotan en la mente de un líder cuando utiliza la absurda creencia del destino manifiesto de un pueblo para autoproclamarse profeta elegido. O Papa. Es una deriva curiosa: uno empieza vendiendo la idea de «devolver la grandeza» a una nación y termina ordenando bombardear escuelas mientras desayuna caviar en una mesa tan larga que para pasarse el ketchup hace falta un emisario diplomático. Cabe recordar aquí dos de las cinco leyes de la estupidez humana enunciadas por Carlo Cipolla: La ley de oro, “el estúpido causa daño a otros sin beneficio propio, generando una pérdida neta”, y la última, “el estúpido es el más peligroso porque su comportamiento es irracional e impredecible”. Imagínense si además de estúpido es poderoso.
Las consecuencias de semejantes pasatiempos imperialistas son, como siempre, una cuestión de posición. Para quienes las promueven, las guerras son un fascinante ejercicio de geometría política sobre un tablero de ajedrez en el que las piezas no sienten frío, ni hambre, ni terror, ni mueren de verdad cuando son capturadas. Eso queda para quienes las sufren directamente. Para el resto de los mortales condenados a observarlas desde la distancia —de momento— , las consecuencias son algo más prosaicas: el precio del pan subiendo al ritmo de los bombardeos, la luz convertida en un artículo de lujo y la inquietante sensación de que el suelo se mueve bajo nuestros pies cuando ciertos mandatarios seniles tienen una rabieta.
Al final, cuando el humo se disipe, los muertos sean enterrados y olvidados y los historiadores traten de explicar cómo llegamos a este callejón sin salida, quizás descubran que la mayor tragedia no fue la maldad del autócrata, sino nuestra propia capacidad de acostumbrarnos a ella. Pensábamos que la democracia era un sólido edificio de hormigón y ha resultado ser un castillo de naipes que un soplido de soberbia puede derribar.
Eso sí, no teman. Si el horizonte acaba coronándose con la silueta del hongo atómico, siempre nos quedará el consuelo —tal vez mínimo, pero reconfortante para ciertas conciencias— de que quienes nos empujaron hacia el abismo lo hicieron envueltos en banderas, persuadidos de estar escribiendo una página gloriosa de la historia. Morirán
—junto con nosotros— fieles a su relato, confundiendo la devastación con el deber cumplido y el desastre con una forma superior de patriotismo. El resto, ya sin margen para la réplica, tendremos al menos la certeza de que todo fue un simple malentendido histórico: una suma
de errores tan humanos, tan comprensibles, que nadie se sentirá realmente culpable. Al fin y al cabo, la intención es lo que cuenta, ¿no?
