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ANDALUCÍA, LA TIERRA QUE NUNCA SE OLVIDA Y EL CORAZÓN AL QUE SIEMPRE SE VUELVE

Día de Andalucía en clave de memoria y dignidad: Blas Infante, bandera verde y blanca, himno y Estatuto como símbolos de un pueblo que se reconoce y se levanta. Un homenaje a la raíz andaluza, especialmente a quienes emigraron y siguen volviendo con el corazón.

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El Proyecto Global de Cultura Granada Costa se une con emoción y profundo sentimiento a este gran día, 28 de febrero, Día de Andalucía y de todos los andaluces, una fecha que no solo nos invita a celebrar nuestra tierra, sino también a recordar su historia, su lucha y el alma de un pueblo que, incluso en la distancia, nunca ha dejado de latir al compás de su raíz.

Andalucía no es solo un nombre en un mapa. Andalucía es una manera de sentir, de hablar, de recordar. Es la luz blanca de los pueblos al amanecer, el verde de los campos después de la lluvia, el olor a pan recién hecho, a jazmín en los patios, a tierra caliente en verano. Y también es la pena callada de tantos andaluces que un día tuvieron que hacer la maleta, despedirse de su gente y marcharse lejos para buscar el pan que aquí se les negaba. Por eso, cuando hablamos de Blas Infante, del himno, de la bandera y del Estatuto de Autonomía, no hablamos solo de historia ni de política: hablamos de memoria, de dignidad y de una herida que todavía late en muchas familias andaluzas.

Blas Infante fue la voz que supo escuchar el alma de esta tierra cuando muchos aún no querían oírla. Supo ver que Andalucía no era una tierra condenada a la resignación, sino un pueblo con historia, con cultura, con derechos y con una identidad propia que merecía ser reconocida. Él comprendió que un pueblo solo empieza a levantarse de verdad cuando aprende a nombrarse a sí mismo, cuando deja de verse con los ojos de quienes lo despreciaron y empieza a mirarse con orgullo. Su lucha fue la de una Andalucía más justa, más libre, más dueña de sí misma. No luchó por enfrentarnos a nadie, sino por devolvernos la conciencia de lo que éramos.

Y de esa conciencia nacieron también nuestros símbolos. La bandera andaluza, con su verde y blanco, no es solo un emblema oficial: es una imagen de esperanza. El verde de la esperanza, de la vida, del campo que alimenta; el blanco de la paz, de la honradez, de la luz limpia de nuestros pueblos. En esa bandera caben siglos de trabajo, de humildad, de sufrimiento y también de esperanza. Es la bandera de una tierra que no se rindió, aunque tantas veces la obligaran a doblar la espalda.

Y junto a la bandera, el himno de Andalucía. Pocas veces unos versos han dicho tanto con tan poco. Cuando se escucha “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad”, no suena solo una canción: suena el eco de los jornaleros, de los campesinos, de las madres que vieron marchar a sus hijos, de los hombres y mujeres que se subieron a un tren con el corazón encogido rumbo a Cataluña, a Madrid, al País Vasco, a Alemania o a Suiza. Suena el dolor de quien se fue, pero también la dignidad de quien nunca dejó de sentirse andaluz. Porque el himno no llama al odio, llama a la esperanza. No invita a separar, invita a levantarse. Es un canto que nace del pueblo y vuelve al pueblo, como una oración laica hecha de memoria y de justicia.

Todo ese sentimiento, toda esa lucha y todo ese sueño encontraron con los años una forma legal y política en el Estatuto de Autonomía de Andalucía. El Estatuto no es solo un texto jurídico: es la traducción en derechos de una aspiración antigua. Es la prueba de que aquella semilla que Blas Infante plantó no murió con él. El primer gran paso llegó con la autonomía, pero el proceso siguió creciendo hasta el Estatuto aprobado en 1981 y consolidado después, ya en el siglo XXI, como una manera de reforzar el autogobierno andaluz, de reconocer mejor nuestra identidad y de dar más fuerza a los derechos sociales, a la igualdad y a la dignidad de nuestro pueblo. Fue, en el fondo, una forma de decir que Andalucía no quería vivir solo de su pasado ni de su belleza, sino también de su capacidad para decidir su futuro.

Por eso, cuando un andaluz que vive lejos escucha el himno, ve la bandera o recuerda el nombre de Blas Infante, siente algo más profundo que el orgullo. Siente un nudo en la garganta. Siente que, aunque pasen los años y cambie la vida, hay una raíz que no se arranca. Andalucía sigue siendo la voz de la madre, la calle de la infancia, la plaza del pueblo, el acento que nunca se pierde del todo. Y entonces se comprende que Blas Infante no luchó solo por una autonomía, ni el himno se escribió solo para los actos oficiales, ni la bandera ondea solo en los balcones: todo eso existe para recordarnos que esta tierra tiene alma, que tiene memoria, y que sus hijos —incluso los que tuvieron que marcharse— nunca han dejado de pertenecerle.

José Segura
Presidente del proyecto de Cultura Granada Costa

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