«La chica que vivía dentro del móvil»


El día 5 de febrero se realizan las jornadas: «El lenguaje de internet que los adultos desconocen» Organizadas por la Asociación Catalana para la Infancia Maltratada (ACIM) En la Biblioteca Pública de Lleida. Jornada que se prevé importante para el abordaje de un tema que preocupa a profesionales, instituciones y familias. soy miembro de ACIM y como ponente represento la coordinación el grupo de Pedagogía y salud del Colegio Oficial de Pedagogía de Cataluña. Deseaba realizar un abordaje desde la aproximación a la adolescencia y consideraba que había de partir desde la visión que ellos/as mantienen, y que mejor que estar acompañada por una joven de 15 años. su nombre Iris Porta Ros, escritora novel, que sabe captar la esencia de cotidiano.
Deseo iniciar mi ponencia desde su relato: «La chica que vivía dentro del móvil», el cual ilustra de manera clara la situación en la que viven inmersa muchas personas y algunas de ellas, sin ser conscientes de ello.

Autora : Iris Porta Ros
Llegué a casa para merendar, atardecía. Aún recibía algunas felicitaciones por mi cumpleaños, que había sido el día anterior; había cumplido trece años y mis padres me habían regalado un móvil nuevo, ya que el anterior se me había accidentado. Estaba muy entusiasmada instalando nuevas aplicaciones; todo el tiempo que podía, revisaba los mensajes, actualizaba aplicaciones o consultaba las redes sociales. Estaba tan contenta y emocionada que me lo llevaba a todas partes: al instituto, con las amigas… hasta el día en que se volvió fundamental para mi vida.
Un fin de semana, mis padres quisieron darme una sorpresa y llevarme a una casa rural a pasar el fin de semana, y la sorpresa fue mutua: me negué. Con la excusa de que tenía que estudiar, me pasé todo el fin de semana en mi casa con mi abuela. Como pensaba que nadie me veía, miraba todo el día el móvil; por las noches, me iba a dormir muy tarde, pendiente solo de los mensajes que me llegaban y de las notificaciones de Instagram. Así fue cómo, sin darme cuenta, la habitación se volvió pequeña, muy pequeña y, sin saber cómo, me encontré dentro del móvil.
No sabía dónde estaba ni qué estaba pasando. Mis fotos daban vueltas y más vueltas a mi lado; me recordaban todos los momentos vividos, pero de una manera inquietante y peculiar. De repente, cada foto que veía me traía aquel recuerdo y aquel momento pasado; los había mejores y peores. Todas aquellas imágenes que había enviado —que no eran pocas—, con el afán de ser la que yo viera primero, regresaban insistentemente, bombardeando, hasta marearme. Muchas eran malas o vacías de contenido, hasta que llegó un punto en que la acumulación fue tan grande que no me dejaban salir de aquella aplicación llamada «Galería». Era perturbador. Me sentía abrumada y lo único que quería era huir.
Entonces, una de las fotos me preguntó: «¿Qué te pasa?». Fue en ese momento cuando reaccioné y le dije que solo quería salir, y la foto insistió en saber por qué, si precisamente yo las enviaba a la otra gente. Daban tantas vueltas y tan rápido que lo único que quería en aquel momento era marcharme, pero todas y cada una de ellas me quería saludar, y era algo que me agobiaba constantemente. La situación cada vez se volvía más desagradable.
Finalmente, cuando observé el cartel de salida en una puerta, se me iluminaron los ojos, pero las fotos continuaban dando vueltas de aquí para allá, se me ponían delante e impedían avanzar; no había manera de salir, hasta que sobre la puerta vi una ventanilla lo suficientemente grande para que pudiera escapar. Utilicé las fotos para construir una escalera; al salir de allí me caí y, al abrir los ojos, todo era amarillo. Más allá se veía un fantasma blanco: aquello definitivamente era Snapchat.
Había muchas puertas que me invitaban a entrar; al abrir una, unas orejas de perro se dibujaron sobre mi cara; cambié aquel filtro por otro que me dejaba la cara muy bien maquillada y después uno que parecía un bebé. Quería quitarme aquel filtro de la cara; me acerqué a una puerta que no había visto antes y que estaba enmarcada de color oro. La abrí y todos los filtros se me pusieron de golpe en la cara. Estaba fatal, ¿qué había hecho? No sabía cómo quitármelos. No había ningún botón que me diera esa opción. En una de las ventanas vi un punto blanco, pero al estar tan lejos no podía apreciarlo bien. Me fui acercando y, al ver que era una bonita puerta de madera blanca, al atravesarla, aparecí en WhatsApp; aunque no era exactamente WhatsApp, sino como una especie de laberinto de color negro por el que circulaban frases de todo tipo que entre ellas solas se hacían un lío.
Todas aquellas conversaciones a la vez y todos aquellos emoticonos daban vueltas por allí; que si de un grupo, que si de otro… era demasiado pesado. Tenía que averiguar cómo salir de allí lo más rápido posible. ¿Pero cómo? Pensando y pensando busqué una ventana o una puerta por la cual yo pudiera salir. En lugar de eso, encontré una especie de cajón muy intrigante y lo abrí. Dentro había un conjunto de grupos y de frases. Por el contexto que me daba, sabía que tenía que relacionarlos. Pero había demasiadas conversaciones y grupos diferentes. Se trataba de unas oraciones que hacía poco había escrito en algunos de los grupos que tenía. Solo tenía que relacionarlos. Pero no era nada fácil. Tenía unas 11 opciones diferentes y solo 5 vidas, las cuales, si se acababan, me quedaría encerrada dentro de mi móvil para siempre. Cada vez estaba más nerviosa y agobiada con aquel tema; era una situación difícil que quería superar, así que puse todos mis esfuerzos para relacionar aquellas frases con su grupo correspondiente.
El primer intento fue un fallo rotundo; en el segundo había adivinado alguna, pero la cosa no había mejorado mucho; el tercero volvió a ir tan mal o peor que el primero y al cuarto ya me empecé a desesperar, solo tenía 2 opciones más. La cuarta fue fallida. La quinta y última fue la más angustiosa; aun así, las relacioné todas menos 2. En aquel momento empecé a oír una voz muy familiar… De repente, estaba la abuela a mi lado. ACABÉ DE ABRIR LOS OJOS y estaba en mi habitación. Mi abuela me explicó que me había dormido y que tenía que ir al instituto.
Rápidamente empecé a coger mis cosas y a preparar la mochila. Cuando estaba pasando ya la puerta para marcharme, mi abuela se gira y me pregunta: «¿No coges el móvil?». En ese momento la miro y le respondo: «No, gracias, voy a estudiar».
