Portada » CHOQUE ENTRE GENERACIONES

CHOQUE ENTRE GENERACIONES

Una crónica-reflexión sobre el choque entre generaciones a través de Juan, 84 años, tras unas Navidades familiares amargas. Entre citas clásicas y memoria del campo, el texto denuncia el desdén hacia la vejez y reivindica dignidad, utilidad y gratitud.

An_emotional_realist_scene_inside_a_modest_Spanish_count

La vejez deja más arrugas en el alma que en la cara (Montaigne)

Una vez terminadas las fiestas de Navidad y Año Nuevo, he recibido la visita de mi amigo Juan. sólo tiene 84 años, pero parece vivir ya en otro mundo, pues todavía no se ha acostumbrado a vivir en éste aceptando los cambios que toda generación conlleva. Me ha contado con mucha tristeza y desencanto cómo han transcurrido estos días en los que han estado reunidos en su casa sus tres hijos, sus tres nueras y sus 8 nietos. Desde el principio por su poca luz en su semblante y la flojedad en sus movimientos parecía estar ya en “las últimas”, sólo su voz se mantenía firme y con énfasis juvenil. Pero cuando dejaba de hablar en los largos silencios, parecía estar totalmente derrotado. Me recordó la frase del escritor alemán Goethe que afirmaba: “Hay momentos en la vida que morimos sin que nos entierren. Se ha cumplido nuestro destino. Lo que sigue después ya no merece el nombre de vida”.
Los motivos de la tristeza de mi amigo Juan en la actualidad es de lo más corriente. Les ocurre a todas las familias, a unas más y a otras menos, pero nadie se escapa del choque entre generaciones, lo explicó muy claro el escritor español Pío Baroja con esta queja: “El viejo, sólo por ser viejo, es indeseable. Es ésta una época en que el joven desdeña al viejo de tal modo, que no le considera un interlocutor grato”.
Sintetizando el sufrimiento que le atormentaba, su alma y su cuerpo era, según su punto de vista, la poca atención que le habían mostrado sus hijos, sus nueras y sus nietos que él traducía en desafecto, falta de cariño y de respeto. Y, por otra parte, falta de carencia de ayuda en las faenas de la casa como limpiar, hacer la compra y la comida, poner y quitar la mesa… Todo lo tuvieron que hacer su mujer y él, los viejos, que para eso están. “Se creían estar en un hotel de 5 estrellas como invitados”, me dijo en un grito.
Mientras Juan me iba contando estas cosas, yo pensaba qué le diría para quitarle importancia a esos comportamientos de estas generaciones. Sé que llevaba razón pues el mundo está lleno de gente que están muertos y no lo saben, como decía Goethe. En principio pensé decirle que como su caso había muchos, pero no lo hice porque sé que ese refrán del mal de muchos no consuela a nadie, ni siquiera a los tontos. En eso estaba y sólo acerté a decirle que las nuevas generaciones lo tienen todo y no tienen nada, porque no son felices por hartazgo. Nosotros en cambio, no tuvimos nada, pero lo tuvimos todo y fuimos más felices, porque lo que comíamos nos lo ganábamos con nuestro esfuerzo y entregábamos a nuestros padres y también a la sociedad, en la misma medida en la que recibíamos de las generaciones pasadas y de la de nuestros padres a los que ayudábamos en las tareas del campo y en todo lo demás. ¿Acaso estas generaciones con todo su tecnicismo de ordenadores, móviles y ese tinglado que se llaman nuevas tecnologías tienen más sabiduría que nosotros porque dominan esas máquinas?
Nosotros vivíamos la Ley de la Naturaleza. Sabíamos contemplar con admiración los esplendores de la salida del sol, porque nos levantábamos temprano, aunque no sabíamos que estaba escrito, que “la mañana era la gracia del día y la tarde la magia del crepúsculo”; mirábamos al cielo y sabíamos si iba a llover aunque no hubiera nubes… sabíamos labrar y sembrar cebollas, tomates, pimientos, berenjenas, patatas, calabazas… y conocíamos todos los árboles y frutos; y cómo no, todos los pájaros, sus costumbres, sus cantos, la forma de sus nidos, y cuándo venían y cuándo se marchaban las golondrinas; y también sabíamos contemplar con alegría el misterio de la resurrección de los brotes de las hojas y las flores primaverales. Tú que has sido y sigues siendo labrador, hombre del campo has vivido todo esto y criaste una familia, también cumpliste con ese consejo del poeta romano de: “planta árboles que sirvan a otra generación”. Y cómo no, llevas 80 años bailando la “Danza de las chirimoyas”, muchos años antes de que se compusiera. ¿Acaso no sabes más y eres más rico que tus hijos, nueras y nietos?
En mi caso particular aprendí a hacer todas esas cosas, y además, hacer de los granos harina, pues mi familia tenía un molino cerca del pueblo. Después aprendí a hacer pan y sabía para qué valía la levadura.
En cuanto a las mujeres todas sabían coser, echar un remiendo y guisar, limpiar la casa, lavar la ropa a mano en el río… Quiero decir que ayudaban a la madre en todo. Y los abuelos eran respetados, venerados por todo lo que habían hecho por ellos, durante toda su vida, pero hoy desgraciadamente, no es así. “El viejo ni trabaja ni sabe y siempre es un estorbo”, suelen decir los jóvenes.
Y eso es muy duro, que lo más miserable que tiene la vejez es sentirse molesto a los demás. Y es que la vejez ve muchas cosas que no quisiera ver, pero también otras que quisieran ver, como ocurre a mi amigo Juan. Y también hay otro factor como apunta Cicerón cuando dice que “todas las lamentaciones de los viejos radican en el carácter porque se creen despreciados, desdeñados, burlados; además, en un cuerpo frágil todo tropiezo es molesto”.
Por eso, cuando uno llega o cree haber llegado a ser viejo hay que proponerse frecuentemente el deber de vivir, porque el propio vivir es una prueba de valor, y, nunca, a pesar de las muchas presiones, tanto internas como externas, hay que pasar por un cobarde. En mi caso particular, esto me ha sido de mucha ayuda, o sea, a no tomarme muy en serio, ni a ni a mí mismo ni a los demás, y esta postura me ha hecho más comprensivo y tolerante, y siempre tengo presente aquellas palabras de otro poeta latino que se llamaba Marcial: “Gozar de la vida pasada es vivir dos veces”. Y en esto estoy.

José Antonio Bustos

Deja un comentario