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NUESTRAS CONTRADICCIONES HUMANAS: REFLEXIÓN

Una reflexión filosófica sobre la contradicción humana: nacemos con fisuras, negociamos virtudes para sobrevivir y a veces convertimos debilidades en vicios sociales. Entre presión colectiva y responsabilidad personal, el texto afirma que no estamos condenados: nos reconocemos y elegimos.

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                                                    «La corrupción del alma es peor que la del cuerpo,

                                                      porque destruye lo que nos hace humanos.»
                                                                 

                                                             Platón (idea desarrollada en La República)

  El ser humano nace desnudo de certezas y colmado de fisuras. Antes incluso de aprender a nombrar el mundo, ya carga con una contradicción esencial: desea el bien, pero se siente atraído por la sombra; anhela la justicia, pero practica la conveniencia; proclama la verdad mientras aprende, casi sin darse cuenta, el arte de la mentira necesaria. No es un error del proceso, sino su condición más íntima. El hombre no es un bloque firme, sino una grieta en permanente construcción.

     Sus debilidades no son siempre signos de ruina; a menudo son la antesala de sus mayores fortalezas. La fragilidad enseña prudencia, el miedo agudiza la inteligencia, la culpa despierta conciencia. Sin embargo, cuando estas debilidades son explotadas  bien sea por el poder, por la costumbre, por la presión colectiva,  dejan de ser humanas para convertirse en herramientas de sometimiento. La sociedad conoce bien estas fisuras y las utiliza: promete seguridad a cambio de obediencia, pertenencia al grupo a cambio de silencio, éxito a cambio de renuncia moral. Así, lo que pudo ser una debilidad fértil se transforma en un vicio estructural.

     Las virtudes, por su parte, rara vez sobreviven intactas al contacto con la realidad social. La bondad se confunde con ingenuidad, la honestidad con torpeza, la compasión con debilidad. El individuo aprende pronto que ser virtuoso tiene un coste, y que ese coste no siempre es recompensado. Entonces comienza el trueque interior: un poco menos de verdad para evitar el castigo, un poco menos de justicia para asegurar la supervivencia, un poco menos de empatía para no ser devorado por el dolor ajeno. No es una caída repentina, sino un desgaste lento del alma.

     Los pecados no nacen siempre del deseo desmedido, sino del cansancio moral. La soberbia surge cuando el individuo se siente obligado a erigirse por encima de otros para no desaparecer; la avaricia aparece cuando el miedo a la escasez se vuelve permanente; la violencia brota cuando la palabra ha sido vaciada de sentido. La sociedad no solo castiga estos pecados: los necesita. Los administra, los dosifica, los convierte en motores invisibles de su maquinaria. Un sistema injusto requiere individuos egoístas; un orden autoritario se alimenta del miedo y de la culpa.

     El alma humana, sometida a esta presión constante, no permanece pasiva. Se adapta, se deforma, se endurece. En ese proceso, genera acciones que, vistas desde fuera, resultan perversas. No siempre porque el individuo sea esencialmente malvado, sino porque ha aprendido a justificar lo injustificable. La perversión no reside únicamente en el acto, sino en el razonamiento que lo sostiene: “no había otra opción”, “todos lo hacen”, “así funciona el mundo”. Son frases que anestesian la conciencia y convierten la responsabilidad personal en una abstracción incómoda.

     Sin embargo, incluso en este escenario sombrío, el ser humano conserva una capacidad inquietante: la de reconocerse. Hay momentos, breves, incómodos, casi clandestinos, en los que el alma se enfrenta a su propio reflejo sin excusas. En esos instantes, comprende que la sociedad influye, condiciona y empuja, pero no actúa por él. Comprende que cada renuncia deja una huella y que cada acto, por pequeño que sea, moldea el mundo que dice padecer.

     Tal vez ahí resida la tragedia y la grandeza del ser humano: en saber que participa tanto en la construcción del bien como en la propagación del mal. No es inocente, pero tampoco está condenado. Vive en una tensión constante entre lo que es, lo que desea ser y lo que la sociedad le permite llegar a ser. Y en esa tensión, incómoda y frágil, se juega el destino de su alma y el rostro moral de la comunidad que habita.

Ana Martínez (Wércal)

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