Portada » La Tierra Verde
Javier Serra

Javier Serra

Hace más de mil años un vikingo con problemas de reputación, frío como el hocico de un perro pero con una imaginación calenturienta conocido como Erik el Rojo, fue exiliado de Islandia por cometer múltiples asesinatos. Tras una pataleta digna de Rey emérito, decidió zarpar hacia lo desconocido y se topó con una masa helada, inhóspita y cubierta de hielo perpetuo. Al regresar, en uno de los primeros ejercicios documentados de marketing político, la bautizó como Groenlandia: “la tierra verde”. Una fake new primigenia, narrada con tanta convicción que cientos de nórdicos lo siguieron, seducidos por la promesa de pastos fértiles y cielos amables. La mayoría murió de frío, hambre o decepción galopante.


Mil años después, la historia se actualiza. Hoy, en pleno siglo XXI, otro Erik —esta vez sin barba, pero con traje de diseño y cartera de criptoactivos— nos asegura que otra Groenlandia es posible. Se llama Dryden Brown, y su sueño no es menos ambicioso: fundar en esa misma isla helada una ciudad-estado que se llamaría Terminus, un enclave para multimillonarios (preferentemente de empresas tecnológicas) donde las leyes serán reemplazadas por algoritmos, los impuestos por pásatelo-si-puedes y los derechos humanos… bueno, por las sobras después de optimizar márgenes de beneficios y satisfacción sin límite de sus deseos. La organización que promovió y que está en plena actividad es conocida como Praxis, una especie de fundación libertaria con alma anarco-capitalista. Praxis se define como una comunidad de “constructores del futuro”, pero en realidad funciona como una incubadora ideológica para ricos desencantados con tener que pagar impuestos, cumplir leyes laborales o someterse a tribunales que no controlan —del todo—. Su objetivo no es reformar la democracia, sino sustituirla por un modelo de gobernanza privada cuyo único objetivo es convertirlos en dioses entre mortales.


¿Y qué ofrecen estos nuevos ricos visionarios? Libertad. Pero una libertad cuidadosamente diseñada para que solo la disfruten ellos. La libertad del capital para moverse sin trabas, mientras los asalariados permanecerán con el electroencefalograma plano, secuestrada su inteligencia y su conciencia por la droga de las pantallas. Porque alguien tendrá que limpiar los centros de datos refrigerados con aire ártico, cocinar para los profetas del algoritmo y vigilar que nadie perturbe la paz de esta Arcadia tecnocrática. Esos “algunos” seguro que no serán invitados a sus fiestas salvo como sirvientes. Sus dependencias serán los sótanos y su ciudadanía dependerá de su sometimiento a la voluntad de sus amos.


Hoy disponemos de los medios para construir un mundo más justo, más conectado, más sostenible. Tenemos energía limpia, medicina accesible, conocimiento compartido al instante. Podríamos haber usado la tecnología para cerrar brechas, no para excavar fosos más profundos entre los que poseen y los que sirven. Pero en lugar de eso el futuro se nos está escapando de las manos, entregado a quienes confunden innovación con impunidad y progreso con privilegio.


Mientras tanto, en las capitales del poder político real como Washington, Pekín o Moscú, líderes autoritarios desmantelan derechos, encarcelan periodistas, se aprovechan de las guerras y abusan de su poder militar mientras reclaman el Premio Nobel de la Paz y celebran la corrupción como astucia. Este paisaje ético desolador resulta ser el caldo de cultivo perfecto para estos proyectos privados de “gobernanza alternativa”, como si la solución a esta decadencia democrática fuera… aún menos democracia. Ay, si el remedio contra los tiranos y los ultramultimillonarios fuera entregarles un pasaporte dorado hacia una isla remota… ¡Podríamos enviarlos a todos al Mare Tranquilitatis en una próxima expedición lunar!


Que conste: esto no es una distopía pergeñada por un amargado escritor de ciencia ficción: está pasando. Como muestra un botón: el embajador de los USA en Dinamarca es uno de los fundadores del proyecto. Ahora se entiende mejor tanto interés del Tío Sam por la isla ártica. Mientras los incendios carbonizan el planeta, los océanos se acidifican, el cambio climático produce todo tipo de catástrofes, comemos microplásticos con ketchup y alimentamos las mentes de los niños con veneno de pantallas hasta producirles lo que se conoce como brain rot, podredumbre cerebral, unos pocos sueñan con desconectarse del mundo… para construir uno mejor, dicen. Solo para ellos, sobre los hombros del 99,9 por ciento restante de la humanidad.


Qué tristeza. Qué desperdicio. Teníamos todo para hacerlo bien. Y en vez de eso, seguimos navegando hacia Groenlandias que nunca fueron verdes… solo porque alguien poderoso nos dijo que lo eran. Me pregunto si para obtener el carné de ciudadano de Terminus exigirán previamente pruebas de ETS negativas…

Deja un comentario