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La primera frase: donde empieza todo

Un texto lúcido y cálido sobre el poder de las primeras frases: esas puertas que abren un pacto entre autor y lector. Enero, como página en blanco, sirve de metáfora para los comienzos honestos, necesarios y humanos que hacen que una historia —o una vida— arranque.

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Hay primeras frases que no se leen: se recuerdan. Se quedan ahí, como una puerta entreabierta que nunca terminamos de cerrar. La literatura, al final, empieza siempre así: con una frase que decide si entramos… o si nos quedamos fuera para siempre.

Enero tiene algo de eso. De comienzo frágil. De página en blanco que todavía huele a imprenta. No es un mes de certezas, sino de intentos. Y quizá por eso me parece el momento perfecto para pensar en los inicios literarios, en ese instante exacto en el que un libro empieza a existir para el lector.

Porque la verdad es que una primera frase no sólo inaugura una historia: inaugura un pacto. El autor promete una voz. El lector promete atención. A veces el acuerdo dura cien páginas. Otras, toda una vida.

“Llamadme Ismael”. Así empieza Moby Dick. Tres palabras. Nada más. Y, sin embargo, ahí ya está todo: una voz que se presenta sin explicarse, un narrador que

parece hablarnos al oído, una invitación directa, casi íntima. No hay fuegos artificiales. Hay confianza. Y eso, en literatura, vale oro.

O pensemos en Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”. No da tiempo a acomodarse en la silla. La frase te agarra del cuello y te obliga a seguir. Es memoria y destino al mismo tiempo. Pasado y futuro comprimidos en una línea. Ahí uno entiende que empezar bien no es empezar fuerte, sino empezar con verdad.

Además, no todas las primeras frases buscan deslumbrar. Algunas simplemente colocan el tono, como quien baja la voz antes de contar algo importante. El extranjero, de Camus, abre con una frase seca, casi indiferente. Y es justo ahí donde empieza a doler. Porque a veces el inicio más poderoso es el que parece no querer impresionar a nadie.

Y es que empezar un libro se parece mucho a empezar una conversación. Si suenas impostado, el otro lo nota. Si exageras, desconfía. Pero si hablas desde un lugar honesto, aunque sea inseguro, algo se abre.

Enero también funciona así. No suele ser un mes épico. Es más bien torpe, irregular, lleno de propósitos que todavía no saben si sobrevivirán a febrero. Y quizá por eso conecta tan bien con los comienzos literarios: ambos están hechos de duda, de tanteo, de pasos pequeños.

La primera frase no tiene que explicarlo todo. No tiene que ser brillante. Tiene que ser necesaria. Como ese primer “hola” que decimos sin saber muy bien qué vendrá después, pero sabiendo que, si no lo decimos, nada empezará.

Además, con el tiempo uno descubre que las primeras frases envejecen con nosotros. La que a los veinte nos parecía magistral, a los cuarenta nos resulta ingenua. Y, sin embargo, sigue siendo la misma. Somos nosotros los que cambiamos. Releer un inicio es volver al lugar donde fuimos otros.

Hay libros que regresan una y otra vez solo por su comienzo. Como si ese arranque contuviera una promesa que todavía no hemos terminado de entender. Como si la literatura nos dijera: vuelve, ahora estás preparado para leer esto de otra manera.

Quizá por eso enero no debería ser un mes de grandes decisiones, sino de primeras frases. De empezar algo sin exigirle todavía un final. De escribir, leer o vivir con esa mezcla de ilusión y miedo que tienen los comienzos verdaderos.

Porque al final, toda historia importante —en los libros y fuera de ellos— empieza igual: con una frase sencilla, dicha a tiempo, que abre una puerta y nos invita a pasar. Y lo demás… lo demás ya se escribirá.

José Manuel Gómez

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