París-Valencia. En busca del libro perdido.
Un viaje íntimo por las librerías París-Valencia y el espíritu que dejó su fundador, don Cipriano Olivert Crespo: amor por el fondo bibliográfico, oficio de librero y resistencia ante la prisa digital. Conversaciones con Esther Olivert revelan una historia familiar hechizante.

Pinceladas sobre su fundador don Cipriano Olivert Crespo, tras algunas conversaciones con su hija Esther
Hoy quiero hablar de las librerías París-Valencia, sitas en esta última ciudad, pero no quiero describir su muy amplio fondo bibliográfico, ese es el cuerpo de la librería y yo quiero fijarme especialmente en su espíritu. Para centrarme en ello no puedo eludir hablar de don Cipriano Olivert Crespo, que fue quien las soñó, las proyectó, las construyó, las mimó, las hizo grandes, productivas y las mantuvo con arreglo a su sueño para el gozo de muchos de nosotros. No sé qué tendrán, pero lo cierto es que hechizan a quien las conoce.
Quise averiguar que las hacía tan atractivas y si don Cipriano era un visionario o un Quijote, pero ya era imposible entrevistarlo, había fallecido en julio de 2023.
Para tratar de conocerlo hablaré con Esther Olivert, que además de ser su hija, es la fuerza anímica de la librería de la plaza de Alfonso el Magnánimo, la favorita de quien suscribe. Sabremos de él por ella, pero especialmente por su obra.
Esther transmite el recuerdo de su padre, en un lenguaje próximo y no exento de cariño y admiración. Cuando ella aún era muy niña, «Me pasaba las horas jugando entre libros y en verano iba a envolver con celofán los paquetes de novelas que más tarde se venderían en la Plaza Redonda». Suena aniñez feliz, en la que los libros y el trabajo de papá, eran sus compañeros de juego. La actividad de su padre era para Esther algo consustancial «Veía su trabajo como algo normal, hasta que cumplí los ocho años vivíamos en un chalet en Nazaret, me pasaba todo el día jugando y haciendo trastadas y cuando papá llegaba por la noche, salíamos a pasear al perro». A pesar de la absorbente actividad de don Cipriano, este siempre encontraba momentos para compartir con su familia. Esther no vacila al afirmar que lo recuerda más como padre que como empresario.
Me atrevería a afirmar que entre la carga genética que don Cipriano transmitió a su familia se encontraba el gen del amor por los libros, de no ser así debió ser un contagio de él, lo que es cierto es que no les llegó por imposición. «Nos educó en la completa libertad para elegir lo que quisiéramos hacer», Su descendencia decidió permanecer en el maravilloso universo de los libros. «Quizá porque era algo que lo vivíamos todos los días, a todas horas y siempre con entusiasmo».
Aunque es algo sobre lo que no albergo duda alguna, le pregunto a Esther si la colaboración de ella y sus hermanas fue importante para la empresa familiar. «Sin mi ayuda y la de mis hermanas, que empezaron a trabajar con 16 años, no se hubieran podido abrir tantas librerías. Creo que somos una familia muy unida. Mi padre era una persona muy familiar. El tiempo que le quedaba libre lo empleaba en llevarnos los domingos por la tarde a tomar café por Cullera o en alguna ocasión nos acercaba hasta Benidorm para tomar un helado y esto lo hacíamos seis personas en un Seat 850 ».
Sobre la progresiva venta de libros en establecimientos ajenos a las librerías y la venta directa por algunas editoriales, la opinión de Esther no puede ser más clara. «Con la venta de libros fuera de las librerías se dificulta la existencia del librero. Y en cuanto a las ventas directas de las editoriales, opino que es lógico que quieran vender directamente al consumidor final, para saltarse a todos los intermediarios, y aumentar sus beneficios. Con ambas cosas se hace peligrar nuestra supervivencia, la de los libreros».
«Mi padre, en un principio se dedicó a cambiar tebeos y revistas, que más tarde evolucionaría al campo de los libros. Él disfrutaba con todo lo que hacía. Nunca dudó de la viabilidad de París-Valencia, aunque decía que si el negocio flaqueaba que nos quedáramos con los libros del fondo y los de ocasión. Era una persona autosuficiente, capaz de solucionar personalmente los problemas que le iban surgiendo, hasta el punto que él mismo se construyó un montacargas para subir libros, que a día de hoy todavía funciona. También construyó un altillo en la librería de la calle Pelayo».

Fueron unos inicios muy intrincados, tanto por el trabajo, como por la inversión monetaria que precisaba. «Recuerdo que era una época muy laboriosa en la que, tras una semana en la librería y el domingo por la mañana en la Plaza Redonda, apenas nos quedaba la tarde del domingo para el descanso. Y por lo que se refiere a las vacaciones puedo asegurarte que no las teníamos». La situación económica no era menos complicada. «Yo, por entonces era muy pequeña y no era muy consciente de la administración del negocio, pero sé que se trabajaba con préstamos bancarios para poder pagar la compra de los libros».
Esther se precia de tener una abundante clientela, mucha de la cual es habitual. «Aparte de la clientela de paso, nos visita una numerosa clientela fija, que aunque ha ido evolucionando a lo largo de estos años, podemos decir que se mantiene fiel desde hace mucho tiempo. Algunos de nuestros clientes lo son por tercera generación, algo muy gratificante, aunque sean menos de los que nos gustaría».
Nos confirma que el cliente ha ido prescindiendo progresivamente de la clásica consulta al librero. «Antes la clientela nos consultaba mucho más, pero ahora apenas son un 10 % los que lo hacen. Normalmente el cliente viene con los deberes hechos desde casa: trae elegido el libro que quiere comprar. Aunque, como te digo, aún tenemos clientes que confían en nuestra opinión. Igual que los hay que aunque vengan a por un libro en concreto, les gusta pasear entre mesas y estanterías hasta descubrir algún tesoro. Ahora lo que sí ha aumentado es la cantidad de robos en las librerías que ya oscila entre un 2 y un 5 %».
A Esther no le importa saciar la curiosidad de quien suscribe sobre qué le hubiera gustado hacer, de no dedicarse a las librerías, «Aunque no me lo he planteado seriamente, pero creo que me hubiera gustado ser cocinera».
Esto me entristece, porque estoy seguro de que nos perdimos una gran cocinera. Pero que se le va a hacer, no se puede tener todo.
Mi conversación con Esther, además de una atenta, prolongada y ya ancestral observación de las librerías París-Valencia, alguna oportuna respuesta a mi innata curiosidad y, sobre todo darle rienda suelta a mi imaginación, han sedimentado en mí una particular visión de estas librerías, que desde ahora prevengo que quizá no sé si se corresponderá con la realidad, pero que es la que a mí me gusta. Y como hoy no me he levantado con el ánimo de convertirme en cronista, pues para eso los hay mejor preparados que este junta letras, esbozo unas líneas en las que solo pretendo plasmar la visión que estas librerías despertaron en mi imaginación y que no quiero callar, pues su solo recuerdo despierta en mí el anhelo por la lectura.
Nuestro personaje, don Cipriano, era un ser fuera de lugar, pues en una época en que la mayor preocupación de nuestros compatriotas era llevarse algo a la boca, él, que teniendo la seguridad de que en su mesa nunca faltaría el pan, decidió despreciar esa seguridad, la del almacén de grano que poseía su familia y apostar por algo tan etéreo, tan arriesgado y tan romántico como la cultura, como los libros.
Sin más auxilio que la tenacidad de su decisión había echado a andar, pero no se fue para dar una vuelta a la manzana, no señor, se fue a París en una época en que la cultura y el arte usaban esta ciudad como faro. Allí su decisión se fue poblando de las ideas que salían a su paso y lo deslumbraban. Era un ser curioso y receptivo que vio cuanto se le mostraba y como buen emprendedor seleccionó cuanto le interesaba y con ese tesoro intangible regresó a Valencia, a su tierra.
No crean que este ratón de biblioteca anda exagerando, pues si hay alguna desmesura estaba en aquel emprendedor que con una cabeza tan bien amueblada, no le diera por dedicar su ingenio a cualquier otra actividad más rentable y menos expuesta. Esto me lleva a pensar que, al elegir esta actividad, no lo hizo atraído por sus incentivos crematísticos. Y ahí me surge la pregunta ¿Eran los libros lo que lo atraía, o era ese mágico mundillo que los rodeaba?
Sea como fuere, lo cierto es que desde muy joven se había sentido atraído por la taumaturgia de los libros, pues estando en París y siendo esta una ciudad única a la hora de ofrecer alicientes al viajero, nuestro personaje se había sentido particularmente atraído por una actividad que, como he dicho, le acompañaría durante toda su vida, porque sería la que le inspirara su modus vivendi.
Era y es una actividad que no pasa desapercibida a quienes visitan París, y sin embargo a casi nadie le había sugerido cuál sería su futuro quehacer.
Pues bien, a don Cipriano, a pesar de todas las maravillas que lo rodeaban en aquella ciudad prodigiosa, iba a ser la imagen de unos hombres, que con frio o calor permanecían inseparables de las cajas verdes repletas de libros de cualquier época, libros entre los que el lector goza al bucear en busca de ese tesoro que siempre se encuentra en las librerías con un buen fondo bibliográfico, la que dejará en nuestro héroe una huella indeleble, que hace buena la frase de Nancy Spain «Todo empieza en París».
Se trataba del descubrimiento de los bouquinistes, deesos ancestrales vendedores de libros vetustos, descatalogados o de segunda mano, que ya venían ofreciéndolos desde el Renacimiento.
La extravagante presencia de estos libreros y sus mágicas cajas verdes, de las que, al abrirse, deslumbran los misterios que, chispeantes, afloran a pesar de lo manido de sus ejemplares cargados de historia y enigmas. Hipnotizan al voluble y caprichoso afluir de turistas, más atraídos por la extravagancia del fascinante mercado, que por unos libros, que pocas veces alcanzan a entender y casi nunca compran. Esta cultural tropa escoltará imperturbable durante kilómetros las orillas del Sena. Su existencia a pesar de ser puramente cultural, o precisamente por ello, siempre ha estado plagada de altibajos, incidentes y temporales desapariciones, pero que en la actualidad han logrado el reconocimiento mundial. La Unesco, en 1991, los declaró «Patrimonio de la humanidad».
Pues bien, fue esta actividad la que había captado la atención de don Cipriano, tanto como para que esa idea anidara definitivamente en su mente, perviviera a su vuelta a Valencia y una vez madurada, fructificara, en algo que tras sufrir las oportunas adaptaciones, había decidido poner en práctica. Era una labor muy similar a la que la había inspirado y que ponía a prueba su perseverancia.
Aunque don Cipriano ya llevaba muchos años navegando por el mundo de los libros, no es hasta 1965 cuando funda su primera París-Valencia, La marca aúna el nombre de la ciudad que se lo inspiró y el de la ciudad que lo acoge. Para llegar a ese momento ha tenido que afianzar una actividad difícil, ambulativa, casi nómada para, por fin abrir su primer comercio estable: en la calle Pelayo.
Su actividad, hasta la apertura de esta librería había sido errática por la constante mudanza de la ubicación de sus puntos de venta, aunque siempre sin abandonar el centro de Valencia: calle Sevilla, plaza Redonda, calle San Fernando. Pero no solo es que hubiera variado la ubicación de sus establecimientos, es que también le dio una vertiente itinerante a su vocación, que lo había llevado a acercar la cultura a quienes vivían lejos de ella. Algo que le habia hecho deambular por la Comunidad Valenciana y provincias limítrofes, a lomos de una furgoneta cuyas alforjas rebosaban libros y tebeos, en unos tiempos en el que las carreteras y los vehículos dejaban mucho que desear, aunque le diera a su actividad un tinte aún más romántico.
Había poco dinero en manos del pueblo y el poco que había, tenía el destino asignado aun antes de poseerlo. Solo podía destinarse a cultura el excedente de las necesidades primarias de los pocos afortunados que lo poseían.
Teniendo en cuenta que en España la publicidad que se promueve sobre los libros es puntual y nominativa, hace que aparte de los escasos y afortunados textos sobre los que esta recae, los demás permanecen en el anonimato o dependen de la buena voluntad de los conocidos del autor. Pero a su rescate acuden algunas librerías que, como París-Valencia, ofrecen un muy amplio espacio de exhibición a una literatura variada y huérfana de otros medios de promoción.
Por ello, resulta gratificante tropezar con estas librerías que, aparte de exhibir las novedades como las demás, nos muestran su amplio fondo bibliográfico sobre ménsulas y estantes para que podamos descubrir sin prisas ese tesoro con que se sueña siempre que se entra en esas fascinantes cuevas de la sabiduría.
Al fin y al cabo todos los libros son un mundo oculto, en alguno de ellos, sus enigmas se desvelarán nada más sobrepasar la cubierta, pero los buenos libros guardan su secreto hasta que en los últimos párrafos decae el sigilo, y este descubrimiento despertará en nuestra mente nuevos argumentos que pasarán muchas horas recorriendo los rincones de nuestro entendimiento y descubriéndonos que nuestra imaginación no permaneció inactiva durante la lectura.
En otras épocas, cuando se tenía más en cuenta la opinión del librero y la presión publicitaria de las editoriales no era tan acusada, el objeto de los compradores de libros era más amplio, abarcaba más títulos y más autores aunque con menos intensidad. Eran tiempos sin redes sociales y poca televisión. Esto obligaba al librero a ilustrarse, al menos, a informarse ampliamente, sobre los libros que vendía, cuando no a leerlos, para poder aconsejar al lector. Ahora nos asesora una publicidad galopante y con fecha de caducidad y convierte en obsoletas la opinión del librero y casi el paseo entre ejemplares.
No piensen que esto es el nostálgico y desgarrado grito que emito desde mi interior por unos tiempos pasados que no volverán, no, no lo es. Simplemente trato de expresar mi opinión sobre la desaparición de los fondos bibliográficos en las nuevas librerías. Afortunadamente siguen existiendo algunas, ya muy pocas como París-Valencia que, aparte de exponer la rabiosa actualidad, siguen manteniendo un amplísimo fondo editorial, que brinda a ese lector explorador, el aliciente de encontrar paraísos que ya creían perdidos entre sus títulos.
Pero volvamos al proyecto de don Cipriano que, acompañado por sus libros, sus revistas, sus tebeos y, hasta por unas aparentes cajitas con los minerales que él había recopilado en sus viajes por España, sustentado con el ilusionado empuje de su férrea tenacidad y el apoyo incondicional de su familia, había iniciado la aventura de su vida. Con esos mimbres había empezado a forjar la idea que venía fraguando desde su estancia en Francia.
No le había resultado fácil abordar el proyecto, eran tiempos muy duros, especialmente para la cultura, era una época en la que aún antes de haberse disipado el humo de la represión cultural de una guerra fratricida, se había desplomado la penumbra de una esterilizante censura de pensamiento único. Bajo esos augurios había nacido y había dado sus primeros pasos su proyecto. Era un tiempo en que era más fácil encontrar obstáculos que alicientes para el mundo del libro. Pero nuestro personaje, con pulso firme y claridad de ideas, supo navegar por aquellas procelosas aguas, hasta llevar su proyecto a buen puerto.
En medio de todos aquellos escollos, en 1965 lograba abrir su primera tienda con la denominación París-Valencia. Estaba y está en el número 7 de la calle Pelayo e iba a ser la primera de las cuatro librerías que hoy conviven bajo esa designación y distribuyen cultura, imaginación y sabiduría en Valencia.
Era una época en la que la modesta prosperidad monetaria del ciudadano empezaba a dejarse ver por las librerías. Una novedosa y creciente inclinación por la lectura, que don Cipriano parecía haber intuido, se simultánea con la bonanza económica que, salpicada por las inevitables crisis que fabrican los especuladores bursátiles o son fruto de guerras ajenas, se mantendrá durante casi dos decenios.
La confianza que le habían otorgado los lectores valencianos iba a hacer que París-Valencia se expandiera en la propia ciudad y así, se abren sucesivamente las librerías de la plaza de Alfonso el Magnánimo, 13, la de la Gran vía del Marqués del Turia, 74 y de la calle Navellos, 8.
Pero este cuento no iba a acabar con sus protagonistas comiendo perdices tan ricamente, no todo en el camino iban a ser pétalos de rosas, de improviso había surgido en él un nuevo obstáculo, había entrado en escena un nuevo competidor, el libro electrónico que sin las grandes inversiones que precisan las librerías, desde su pacata aparición, había ido extendiendo sus tentáculos y ampliando apresuradamente su cuota de mercado.
Su presencia se hizo especialmente voraz cuando ese sistema de lectura se compatibiliza con el nuevo instrumento de comunicación social y universal: el teléfono móvil. Esto, aunque significará, al menos al principio, un aliciente para la literatura no apadrinada, acabará por ser un duro golpe para libreros y literatos, acrecentando el que sufrieron los primeros cuando las grandes superficies, los grandes almacenes y los supermercados empezaron a vender libros.
Esta competencia significará, también para muchos lectores una gran pérdida, de la que parecían no ser conscientes. Perdían el asesoramiento del librero profesional, especialmente si era el habitual y conocía los gustos y las debilidades del lector, para caer en las manos de una publicidad mimetizada hábilmente como orientación, que les llevaba a comprar lo que más les interesara vender a las editoriales, más preocupadas por las ventas masivas, que por la posible bondad de la literatura que editan. Pero la verdadera pérdida será el progresivo adelgazamiento de los fondos literarios que distinguía a las antiguas librerías que, eclipsados por la furiosa publicidad de las novedades editoriales, tenderá a su pronta desaparición.
Que a uno le lleven el libro a casa será todo lo cómodo que ustedes quieran, pero piénsenlo, se priva al lector de uno de sus mayores placeres: del encuentro fortuito en la librería con compañeros de lectura; del tropiezo accidental con algún autor cuya obra nos contempla desde el distinguido espacio que le hicimos en nuestro anaquel; de enterarnos de las rocambolescas anécdotas que ha provocado la búsqueda del imposible que le encargamos a la librera; y sobre todo, pasear sin prisas por entre el aroma de los fondos bibliográficos de la librería, que desde mesas y estantes enarbolan apremiantes sus cubiertas y fajas reclamando nuestra atención; la profunda emoción de descubrir, entre esos miles de tomos, aquel que, aunque desconocido, se nos antoja una joya que antes de comprar precisamos palpar, hojear, oler, leer unas páginas y comentar la trayectoria de su autor con la librera. Esto no lo pueden ofrecer las ventas a distancia.
Muchas librerías, casi todas, habían arbitrado nuevas actividades para compensar las pérdidas que les genera la competencia de los libros electrónicos y la injerencia de los nuevos competidores y así, en ellas empiezan a proliferar las presentaciones de libros, las conferencias, los talleres literarios, las firmas de ejemplares y un largo etcétera que harán que las librerías afectadas busquen espacio hasta debajo del pavimento para albergar todos estos eventos.
Don Cipriano, que también había evaluado la oportunidad de seguir aquel movimiento e incluir estas actividades en sus librerías, tras una profunda reflexión, decide mantenerlas como estaban y redoblar la atención al lector, a pesar de que dispone de más de 1200 metros cuadrados. No está dispuesto a restarle espacio a su amplio fondo bibliográfico (más de 150.000 libros) y restarles atención a los lectores que por allí pasan. París-Valencia, seguirá dedicándose exclusivamente a librería, pero una librería que seguirá exhibiendo cuanto pueda del amplio fondo que dispone y por entre el cual pueden pasear sus clientes, no será solo el escaparate de las novedades editoriales, que también tienen un amplio espacio en París-Valencia, será le exposición, lo más amplia posible de cuanto se ha editado.
Su consigna de satisfacer a todo aquel que entre a alguna de sus tiendas buscando un libro, por raro que este fuese, seguiría en pie. Él, o su especializado personal se encargarían de buscarlo y, casi siempre, de encontrarlo. Primero en su extenso fondo y de no encontrarlo en él, lo perseguirá hasta hallarlo, o asegurarse de su inexistencia. Sus contactos con otros libreros que, como él mantienen un extenso fondo, le garantizaban que si ese libro está en el mercado de nuevos o usados lo localizará para su cliente.
En su anhelo por satisfacer al cliente, ya hace muchos años que París-Valencia reproduce facsímiles de libros desaparecidos.
Le hubiera sido más cómodo limitarse, como otras muchas librerías, a mostrar los libros que llegaban de la editorial con la promoción ya hecha. Y ante esas peticiones tan laboriosas de encontrar libros raros, responder sencillamente: «Está descatalogado», pero París-Valencia no es así.

De estos conflictos París-Valencia había salido indemne en un tiempo en que esas contrariedades forzaron el cierre de muchas otras librerías. Sería largo y penoso enumerarlas, y solo a título de ejemplo, mencionaré las históricas Maraguat y Bello. Pero también alguna de reciente apertura y a pesar de estar dotada de todas esas actividades complementarias de las que hemos hablado, cerró. Sirva como paradigma la librería Leo, que no llegó a subsistir un decenio.
Al autor de estas líneas le hubiera gustado conocer a don Cipriano, conversar con él, y saber por él, de la idea que le llevó a gestar París-Valencia, saber si con la obtención del premio a la mejor trayectoria de una librería en la Comunidad Valenciana, otorgado en el 2015 a París-Valencia por la Consejería de Educación, Investigación, Cultura y Deporte de la Generalidad Valenciana, culminaba su proyecto o si aún quedaban anhelos en su horizonte. Sin duda ese premio es la oficialización de un sentir popular, un premio como el que los muchos miles de lectores valencianos le llevan otorgando diariamente desde hace muchos años con su habitual visita a esta librería familiar que encabeza a las de su ralea.
No sé qué tendría en la cabeza don Cipriano cuando pensó en crear Paris Valencia, pero a mí me suena mucho a esos mágicos paraísos que se entreveían en los libros de Ruiz Zafón, solo que con más luz.
¿No sería qué…?
Pero tampoco podré preguntarle al escritor si fueron las librerías París-Valencia la que se los inspiró.
Visionario o Quijote, sigo sin saberlo, pero el caso es que don Cipriano nos ha dejado en Valencia un paraíso para los amantes de la lectura

