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EL SÉPTIMO DÍA (5/7)

“El séptimo día (5/7)” narra, con ironía y tensión, la culpa de un científico ante el Proyecto Tálasa y el derrumbe social tras un apagón. Entre recuerdos cotidianos y terror nocturno, el protagonista sobrevive con un hacha mientras la ciudad cae en saqueos y violencia.

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(Viene de: …ese extraño ser del que todos hablaban estos últimos días: Tálasa.)

Cuando pienso que todo esto de Tálasa y demás criaturas empezó en mi universidad… En parte me siento avergonzado. Y ahora está lo de escuchar a las turbas y gentuzas varias cagarse en nosotros, en nuestra bendita ciencia… ¡Con todos los avances que hemos aportado a esta sociedad y todas las vidas que hemos salvado a lo largo de la Historia! No es extraño que haya perdido la fe en el mundo, aunque reconozco, no sin dolor, que algo de razón tienen esos garrulos: nos empeñamos en jugar a ser dioses… y olvidamos que hasta Dios descansó al séptimo día.

El CIMES y el IBYDA llevaban años colaborando con franceses y suecos en algo gordo, algo de biotecnología avanzada para la regeneración de tejidos en entornos extremos, terrestres y marítimos. Pero hay que entender que era ―o pretendía ser― para bien de la humanidad, aunque hubiera objetivos secretos detrás de todo ello. Lo llamaban Proyecto Tálasa y, en lugar de curar, han parido un monstruo al que llamaron igual. Una especie de milagro inverso: donde esperábamos vida, fabricamos su depredador. Que el Señor nos pille confesados.

También me he acordado de los soporíferos documentales de La 2, esos que solían servirme para echar la siesta justo después de Saber y ganar. Incluso he recordado a Jordi Hurtado, el que lo presentaba durante mi niñez y que se jubiló cuando yo apenas comenzaba mi adolescencia, hace ya bastantes años. ¿Se habrá muerto ya? Muchos lo creían inmortal, pero desde que se retiró le perdí la pista.

Decía lo de los documentales por lo de los ruidos nocturnos. Hace un rato, cuando he tenido que dejar de escribir por el acojonante arañazo, me he dado cuenta de lo terrorífica que ha debido de ser siempre la noche. Y ha sido al acordarme de esos programas televisivos, de las escenas en que mostraban a esos depredadores nocturnos acechando a una fauna asustada, esperando a que amaneciera  y volviera la luz. Claro, qué indefensos debían de sentirse la mayoría, igual que yo en este instante: vulnerable, desprotegido, agazapado en las tinieblas. Y ellos, por ahí, en sus sabanas, junglas y estepas, siempre expuestos a bestias y alimañas invisibles. Ni se habrán enterado del puto apagón; la vida sigue para ellos con normalidad. Pero ¿y yo? Para mí no es lo mismo, ni de lejos. Estoy aquí, escondiéndome como puedo, y he vuelto a escribir tras un rato de silencio, sin más arañazos ni pisadas, con la única defensa ―aquí, a mi lado― de un hacha que conseguí en un saqueo…

Eso fue al tercer día. Nosotros, como imagino que muchos otros, teníamos algo de comida en casa. No demasiada, pero antes de que se echara a perder nos ventilamos primero lo de la nevera y después lo que guardábamos en los armaritos de la cocina. Nos habían dicho, poco antes, que no fuéramos a trabajar ni al cole hasta que volviera la luz. Así que, aburridos sin salir, nos ventilamos rápidamente todo lo que teníamos en la nevera. Y luego fuimos a por comida. Descubrimos, entonces, que los supermercados ya habían sido arrasados, a la par que las tiendas de tecnología y ferreterías, cuyo contenido se había vuelto inútil ―televisores, consolas o drones que ya no podrían cargar jamás―. Por lo visto, había gente que, antes del puto apagón, almacenaba en casa aún menos alimentos que nosotros y comenzaron la rapiña alimenticia desde el primer día. Aunque también hubo de haberlos que, muy espabilados ellos, habían previsto lo que sucedería en los siguientes días y habían decidido aprovisionarse de víveres antes de que se volviera complicado. Por si acaso.

Por tanto, encontrar condumio se volvió difícil y, cuando alguien conseguía algo, simplemente tenía que luchar porque no se lo quitaran y defenderlo incluso con su propia vida. Ese tercer día del que hablo vimos morir a varios, asesinados salvajemente por otros que pretendían quitarles el bote de lentejas que habían encontrado o, peor aún, una pizza con piña, de esas que todos juraban odiar pero que nunca habían dejado de fabricarse ―por algo sería―. Al de la pizza con piña lo reventaron a palos y seguro que a los que se la comieron allí mismo, sin esperar ni calentarla, les supo a gloria bendita.

(Continuará)

Sergio Reyes Puerta

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