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EL SÉPTIMO DÍA (4/7)

Un relato intenso y apocalíptico donde el apagón mundial desata caos, saqueos y la caída del civismo, mientras el narrador se enfrenta al miedo absoluto encerrado en un armario… y a la inquietante presencia conocida como Tálasa.

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(Viene de: …Tálasa había aprendido a esperar.)

Recordé cuando presentaron aquella investigación a bombo y platillo como proyecto público. Lo anunciaron en charlas TEDx, envolviéndolo en palabras bonitas ―sostenibilidad, innovación, progreso―, como si en vez de querer moldear la vida a la medida de sus negocios, de verdad fueran a salvar, entre otros, a los buzos del futuro… y como mucho, actualmente me parece que si nos va a salvar de algo, a su manera salvaje, será de la superpoblación.

Antes de que todo eso ocurriera, al poco de irse la luz habíamos salido a las puertas de facultades, laboratorios, empresas, oficinas y fábricas. De los bares, como era de esperar, no salió ni Dios ―había que beberse los quintos de Victoria antes de que se calentasen―. Descubrimos que no funcionaban los semáforos, aunque la gente siguiera hablando por teléfono. Supusimos que, como en otras ocasiones, se trataba de un problema local y puntual, y que la luz no tardaría en regresar.

Cuando pasaron las horas y se acercaba el momento del cierre los jefes nos permitieron irnos antes a casa. Para entonces, la circulación ya era un caos. Las emisoras de radio, en su mayoría, todavía se podían sintonizar en el coche. Informativos especiales comentaban la situación en todas las estaciones. Fue en ese momento cuando comprendí la magnitud del asunto. A esas horas el puto apagón ya era generalizado, por lo visto, en todo el planeta. Contaban que cuando comenzó, en los primeros minutos, afectó al noventa por ciento del territorio nacional y al setenta del mundial. Un par de horas o tres después ya estábamos todos sin luz. El mundo se apagó en silencio. Sin explosiones ni invasores. Apenas con un clic. Y, de pronto, empezábamos a ser nosotros contra nosotros mismos.

Sin semáforos tardé como unas cinco o diez veces más de lo normal en llegar a casa. Los cruces se habían vuelto peligrosos y caóticos. Málaga era una olla a presión sin válvula de escape. Solo ruido, humo y rabia contenida. También bocinazos, pequeños roces, gritos, insultos, olor a combustibles, a tubos de escape… En ese trayecto es donde más tiempo perdí.

Después, entrando a mi barrio ya empecé a ver escenas peligrosas. Pequeños grupos de gente ―o debería decir gentuza― corrían y cruzaban las calles sin orden ni concierto. Cuando me fijé mejor vi que llevaban cosas, objetos. Presté más atención y reconocí a un joven vecino mío acarreando una gran caja, la de un televisor de más de cincuenta pulgadas. Horas después, robaría un saco de patatas con la misma cara de triunfo que con la tele. Prioridades, ya ves. Otro llevaba un robot de cocina, seguramente convencido de que le salvaría la vida… hasta que cayera en la cuenta de que no había electricidad. Tardé, pero al fin me di cuenta de que ni siquiera habían esperado a la noche para empezar los saqueos. Y aunque en esos momentos no lo pensé, ahora soy consciente de que, todavía entonces, teníamos la esperanza de que pronto volvería la luz.

En pocos días, tal vez debería decir horas, los saqueadores, a los que acabé uniéndome ―a mi pesar―, nos centramos en lo realmente importante. Ya sólo robábamos comida y bebida de cualquier tipo, olvidándonos de televisores, portátiles y demás mierdas electrónicas. Pero, para eso, primero tuvimos que admitir que, quizás, el suministro eléctrico nunca volvería. Desde que la corriente dejó de fluir, también fue cayendo la falsa fachada de civismo.  La estupidez humana no necesita la oscuridad para florecer, pero se siente más libre bajo las sombras y, en aquellos momentos, solo quedaba el hambre, el miedo… y la oportunidad.

*            *            *

¡Un arañazo! Algo ha arañado la madera que me envuelve. Me ha hecho sentir dentro de un ataúd. Un ataúd vertical. Joder. Un armario y un ataúd… ¿qué diferencia puede haber, aparte del tamaño y la forma? He dejado de escribir de golpe al oírlo. Esta vez no ha habido pasos previos. No he escuchado nada que se acercase a mi escondite, como si hubiera llegado reptando, con sigilo, y, de pronto, rassss, ese sonido estridente de uñas rascando la superficie del armario. He pensado tantas cosas en cuestión de segundos… Sobre todo en ese extraño ser del que todos hablaban estos últimos días: Tálasa.

(Continuará)

Sergio Reyes Puerta

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