La última sabiduría
En La última sabiduría, Juan Antonio Mateos reflexiona sobre la muerte como maestra de vida. Un texto sereno y profundo que transforma el miedo en esperanza, recordando que solo quien acepta morir aprende a vivir con plenitud.

“El miedo a la muerte es el principio de la esclavitud.”
EPICTETO
“Solo quien ha aprendido a morir ha aprendido a vivir.”
FRANCIS BACON
Acabamos de celebrar los días en que la muerte se vuelve presencia. La vida se detiene un instante para mirar su final, y, en ese gesto, se vuelve más viva. Hablar de la muerte es hablar de nosotros mismos. No hay tema más radical, ni más temido. Es el espejo donde se revela el misterio de existir. José Manuel Caamaño escribió que “el modo en que afrontamos el dolor y la muerte revela quiénes somos y en qué creemos”. En esa frase late la clave de toda antropología espiritual: solo quien se sabe mortal puede descubrir la hondura de la vida. Y, sin embargo, vivimos como si la muerte no existiera. Hemos aprendido a disimularla, a expulsarla del lenguaje y del pensamiento. Morir ya no se nombra, se maquilla; no se acompaña, se gestiona. La muerte se ha vuelto un asunto técnico, casi ajeno, una tarea para los profesionales del silencio. Pero la muerte, incluso así, sigue llamando. No hay máquina ni anestesia capaz de borrar su pregunta.
Morir no es solo un hecho biológico. Es una experiencia total, una frontera que todo lo transforma. No hay dos muertes iguales, porque cada una refleja una historia, una conciencia, un modo de estar en el mundo. La muerte no pertenece a la ciencia, sino al alma. Es un acontecimiento humano antes que médico, espiritual antes que físico. En ella se concentra lo más propio y lo más universal. Todos morimos, pero nadie muere en lugar de otro. Nadie puede sustituirnos en ese tránsito; es el acto más personal de la existencia.
Dorothee Sölle decía que “el terror a la muerte ha sido reemplazado por el terror a la tecnocracia”. Y tenía razón. Hoy no tememos tanto el morir como la deshumanización del morir. Nos aterra la idea de ser reducidos a una cifra, a un diagnóstico, a un cuerpo mantenido artificialmente. Morir bien —morir humanamente— no es morir sin dolor, sino morir con sentido. Es poder hacerlo en relación, en comunión, en presencia de los otros. Es aceptar los límites, sin renunciar a la dignidad. Es entregar la vida como don, no como derrota. Caamaño lo expresa así: “Morir humanamente es entregarse, confiar en manos más grandes que las nuestras.” En esa entrega se esconde una sabiduría antigua: la de quien reconoce que no posee la vida, sino que la recibe y la devuelve.
La muerte, cuando se la mira de frente, deja de ser enemiga. Es el reverso inevitable de la vida, su condición de posibilidad. Sin la muerte, la existencia sería infinita, pero vacía. La conciencia del fin nos obliga a elegir, a amar, a dar sentido al tiempo. Morir es el límite que da profundidad a la vida. Rilke lo comprendió como pocos: “La muerte es el lado de la vida que no está vuelto hacia nosotros.” Es la otra cara del mismo misterio. No hay frontera entre ambas, sino un tránsito. Por eso, más que temer la muerte, deberíamos aprender a convivir con ella, a integrarla en nuestra mirada, a reconciliarnos con su presencia.
Sin embargo, la cultura contemporánea es tanatofóbica: teme la muerte porque teme el vacío. Se aferra a la ilusión del control, a la eterna juventud, a la prolongación técnica del cuerpo. Pero al negar la muerte, empobrecemos la vida. Philippe Ariès lo advirtió al hablar de la “muerte prohibida”: la que ya no se ve, ni se comparte, ni se llora. Al desaparecer la muerte del horizonte, desaparece también la verdad de la existencia. Quien vive de espaldas a la muerte vive distraído, ajeno al misterio. La muerte, en cambio, nos devuelve a la realidad: nos recuerda que somos finitos, que todo lo que amamos es frágil, que el tiempo es un bien prestado.
Hay en la muerte una forma de revelación. Nos muestra quiénes somos sin máscaras, sin poder, sin títulos. En ella todo se desnuda: el orgullo, la riqueza, el miedo. Todos iguales ante lo inevitable. “Morir es despojarse”, escribió Unamuno, “quedar solo con el alma desnuda ante el misterio.” El pensador vasco veía en la muerte no una aniquilación, sino una pregunta. Una pregunta sin respuesta, pero necesaria. La fe, en ese sentido, no elimina la angustia, sino que la ilumina. La esperanza no es una certeza racional, sino una confianza nacida del amor. Ratzinger, en su teología del límite, lo expresa con serena profundidad: “La vida eterna no es una prolongación sin fin del tiempo, sino la transformación del amor en comunión definitiva.” Morir, para el creyente, es entrar en el amor que no muere.
El miedo a la muerte nace de la separación. No tememos dejar de existir, sino dejar de amar. Nos aterra pensar que todo lo vivido se disuelva, que los vínculos desaparezcan, que el amor no baste. Pero la muerte, cuando se vive en esperanza, puede convertirse en comunión. Caamaño escribe que “la muerte no destruye la comunión, la lleva a su plenitud”. Morir, entonces, no es el fin de la relación, sino su consumación en otro plano, más hondo, más invisible. Para quien ama, la muerte no borra: transforma.
Aceptar la muerte no es resignarse, sino comprender que no somos el centro del universo. Es reconocer el don del tiempo, agradecer lo recibido, y aprender a soltar. Morir con serenidad no significa no sentir miedo, sino dejar que el miedo se vuelva confianza. Es mirar el abismo y seguir amando. Es aceptar la oscuridad y, aun así, encender una luz. Sölle lo dijo con palabras que rozan la oración: “Solo quien acepta a la hermana muerte puede vivir sin violencia.” La muerte, entendida así, no es negación, sino reconciliación.
Quizá lo más difícil no sea morir, sino mirar de frente la muerte de los otros. En cada pérdida se anticipa la propia, en cada cuerpo que se apaga se refleja el nuestro. Pero también ahí se revela algo esencial: que la vida no es propiedad, sino comunión. Somos fragmentos en un tejido más amplio, hilos de una historia que no controlamos. Y cuando uno de esos hilos se rompe, el tejido entero tiembla. La muerte ajena nos enseña a vivir con más humildad, con más ternura, con más gratitud.
Morir es el último aprendizaje. No puede improvisarse. Se aprende lentamente, en cada renuncia, en cada despedida, en cada límite aceptado. Aprender a morir es aprender a vivir con conciencia, con presencia, con amor. Montaigne, que reflexionó sobre la muerte como nadie en su tiempo, escribió: “Privémonos del poder de la muerte sobre nosotros, habituándonos a ella.” No se trata de desearla, sino de no negarla. De hacerla parte de la vida, de hablar de ella sin miedo, de mirarla sin horror.
Tal vez por eso los días de los difuntos tienen algo de belleza secreta. No son solo jornadas de duelo, sino de verdad. Recordamos a los que se fueron no para encerrarnos en la nostalgia, sino para afirmar que el amor es más fuerte que el olvido. En cada nombre pronunciado hay una promesa: la de que la vida no se extingue del todo, que algo de lo amado permanece. Morir no es desaparecer, sino transformarse en memoria, en luz, en presencia interior.
Al final, la muerte no es un enemigo, sino una maestra silenciosa. Nos enseña la humildad de existir, la urgencia de amar, la gratitud por cada instante. Nos recuerda que la vida no se mide por su duración, sino por la hondura con que se entrega. Quizá, como escribió Caamaño, “morir en esperanza es morir viviendo”. Porque morir bien no es dejar de ser, sino volver al origen, al misterio del que venimos. Y en ese retorno, si hay amor, hay plenitud.

