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¿POR QUÉ EL AMOR?

En ¿Por qué el amor?, Francisco Luque Bonilla reflexiona sobre el amor como resistencia poética y fuerza creadora frente a la violencia del mundo. Una meditación luminosa que entrelaza filosofía, literatura y emoción, recordándonos que amar —como escribir— es un acto de coraje y esperanza.

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Porque aunque muchas veces se disfraza de palabras, la poesía es, antes que nada, una forma de estar en el mundo. Una forma de mirar, de nombrar, de preguntar.

Y hoy vengo a preguntar como quien lanza una piedra a un lago y observa los círculos que se abren.

¿Por qué el amor?

Esa es la pregunta que os lanzo. Una pregunta aparentemente sencilla, pero que encierra un universo. Una pregunta que nos recuerda otra, muy distinta, pero igualmente radical:
«¿Por qué la guerra?», se preguntaban Freud y Einstein en una célebre correspondencia.

Ellos indagaban en las sombras del ser humano. Hoy nosotros, desde la poesía, nos asomamos a su luz más rebelde:
el amor como fuerza creadora, como pulsión de vida, como resistencia poética.

Cuando el amor entra por la ventana

Recuerdo un verso de Mario Benedetti:
«Cuando creí que no podías quererme / entraste por la ventana.»
¿No nos pasa así?
El amor llega sin avisar. No es un cálculo ni un tratado. Es un terremoto íntimo que nos cambia la mirada. Nos descentra. Nos vulnera. Y, sin embargo, nos enraÍza.

Freud hablaba de la guerra como pulsión destructiva. Pero la poesía nos recuerda que hay otra pulsión igual de poderosa: el deseo. Ese que nos hace escribir poemas a las tres de la madrugada. Que nos empuja a enviar flores anónimas. A mirar a alguien como si fuera la primera vez.

¿Por qué el amor?

Porque no lo entendemos del todo.
Porque aunque hablemos tanto de él, aunque lo busquemos en canciones, en películas, en libros, en versos… el amor sigue siendo un enigma.
Una fuerza antigua y nueva, cotidiana y extraordinaria, que nos transforma, que nos atraviesa, que nos desarma.

Vivimos en un tiempo acelerado. Lleno de notificaciones, algoritmos y urgencias. Un tiempo donde hablar de amor puede parecer ingenuo, cursi, incluso inútil. Pero precisamente por eso, por su aparente inutilidad, el amor —como la poesía— se vuelve indispensable.

Porque en medio del ruido, el amor sigue siendo silencio compartido. Presencia. Atención. Cuidado.

Porque nos salva de lo que nos duele

La poesía no es un escape. Es un acto de resistencia.
Fíjense en lo que ocurre hoy: guerras, injusticias, noticias que nos parten el alma. Gaza. Ucrania. Sudán. El mundo sangra. Y ante tanto dolor, alguien podría preguntar:
«¿Para qué poemas de amor?»

Yo les respondo con otro poeta, Pedro Salinas:
«Qué alegría más alta: vivir en los pronombres.»
El amor —el verdadero— nos devuelve a lo humano. Nos recuerda que somos tú y yo, no números ni banderas.

La poesía de amor es un territorio donde el odio no entra. Donde un verso como “Te amo sin saber cómo, ni cuándo” —de Neruda— desarma fronteras.

El amor, como la poesía, no se impone: se ofrece. Se escribe a tientas. Se arriesga.

El amor no es solo un sentimiento: es un verbo.

Algunos dirán: «Pero el amor duele, engaña, se va…».
¡Claro que sí! Por eso los poetas llevamos siglos escribiendo sobre él. No lo idealizamos: lo interrogamos.

Alejandra Pizarnik decía:
«Yo no sé del amor. Sé de fantasmas.»

Y aquí está la magia: cuando compartimos estos versos, por ejemplo, en un recital ocurre algo milagroso. Gente de asociaciones vecinales, colectivos culturales, abuelos, jóvenes… todos reconocemos en el poema ajeno nuestro propio latido. El amor se vuelve puente.

Tres razones poéticas

Entonces… ¿por qué el amor?
Porque es la única fuerza que puede responder a la guerra sin imitarla.
Einstein y Freud buscaban respuestas racionales al horror. Nosotros, poetas, respondemos con el cuerpo: con versos que abrazan, con poemas que acarician el alma.

Les propongo tres razones poéticas para amar:

  • Porque el amor desordena.
    Como dice Cortázar:
    “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”
  • Porque el amor es memoria.
    Miguel Hernández lo sabía:
    “Tengo estos huesos hechos a las penas / y a las cavilaciones estas sienes.”
  • Porque el amor es futuro.
    Como escribió Gloria Fuertes:
    “El amor entra en la cocina / y revuelve la sopa con una cuchara de versos.”

La poesía y el amor: una alianza frágil y poderosa

Y es aquí donde entra la poesía.
No la poesía que se conforma con decir cosas bonitas, sino la que se pregunta cómo decir.
La que se detiene, se cuestiona, se arriesga. La que intenta nombrar lo innombrable. La que lucha contra el cliché, no por arrogancia, sino por amor.

Por amor a lo que aún no tiene nombre.
Por amor a eso que sentimos y que no cabe del todo en las palabras, pero que merece ser buscado.

La poesía no tiene todas las respuestas, pero sí una actitud: la de mirar hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo.
La de preguntarse por el lenguaje. Por sus límites. Por su poder. Y también por su fragilidad.

Porque el lenguaje se rompe cuando intentamos decir lo esencial.
Pero en esas grietas, en esos balbuceos, es donde aparece la verdad.
Una verdad poética.
Que no es científica ni objetiva, pero que nos toca, que nos conmueve, que nos une.

Hacer del amor un acto político

Hoy, en este mundo lleno de rutas culturales, recitales, encuentros, tenemos una tarea hermosa y urgente:
Devolverle al amor su poder transformador.
No hablo de rosas ni chocolates. Hablo de lo que hizo Lorca con su Romancero gitano: mostrar el amor como territorio de libertad en medio de la opresión.

El amor poético es revolucionario.
Cuando una madre de cualquier ciudad escribe un verso para su barrio.
Cuando un joven lee poesía en una plaza.
Cuando todos nosotros, hoy, elegimos hablar de amor en un mundo roto…
estamos sembrando futuro.

Para cerrar…

Amar y escribir —de verdad— son actos de coraje.
Porque nos hacen vulnerables.
Porque nos sacan del centro.
Porque nos enfrentan al otro.
A lo que no podemos controlar.
Y sin embargo, seguimos haciéndolo.
Seguimos amando. Seguimos escribiendo.

Aunque no sirva para nada.
O quizás… precisamente por eso.

Porque el amor —como la poesía— no es una herramienta.
No es un medio para lograr algo.
Es un fin en sí mismo.

Una forma de estar.
De vivir.
De sentir.
De decir:
“Estoy contigo. Aunque no te entienda. Aunque no me entiendas. Estoy.”

Y quizás, solo quizás, la respuesta a Freud y Einstein no esté en las armas ni en los tratados.
Tal vez esté en una simple frase poética:
“Porque aún no hemos amado lo suficiente.”

Francisco Luque Bonilla

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