Misterios y Sombras: El Otoño en la Literatura
En Misterios y Sombras: El Otoño en la Literatura, José Manuel Gómez nos invita a recorrer la estación más melancólica desde las páginas de Henry James, Stoker o Zafón. Un viaje íntimo donde el miedo, la belleza y la reflexión se funden bajo la luz dorada del otoño.

El otoño siempre llega despacio, como si pidiera permiso para entrar. Primero una hoja, luego otra. Un aire distinto. Un silencio que se alarga más de la cuenta. Hay algo en octubre que nos invita a bajar el ritmo, a escuchar lo que no se dice, a mirar con atención las grietas del alma.
Y es que esta estación tiene un don especial para las historias de misterio y melancolía. Tal vez porque el paisaje se vuelve escenario. Las calles parecen distintas, los relojes suenan más despacio, y hasta las sombras se alargan con cierta elegancia, como si quisieran contarnos algo.
Tenemos un claro ejemplo en el libro de Henry James la Otra vuelta de tuerca. No era solo una historia de fantasmas: era una duda constante, una bruma que se metía dentro de la cabeza. Nunca supe si los espectros eran reales o una invención del miedo. Y tal vez ahí estaba el verdadero hechizo: en ese territorio incierto donde lo visible y lo invisible se confunden, como cuando el día se rinde a la tarde y ya no sabes si es luz o penumbra lo que queda.
Lo mismo ocurre con Drácula, de Bram Stoker. Más allá de los castillos y las noches eternas, impresiona la tristeza del monstruo. Su deseo de amar y ser amado en un
mundo que lo teme. A veces el terror, bien contado, no asusta: conmueve. Y en ese punto exacto, donde el miedo se vuelve ternura, el otoño se reconoce a sí mismo.
Pero no hace falta cruzar el Canal de la Mancha para sentir ese escalofrío literario. Aquí también hay sombras que respiran entre las páginas. La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, por ejemplo, es una de esas novelas que huelen a papel viejo y a lluvia en los tejados. La Barcelona que dibuja no es solo escenario: es un laberinto de almas. Cada calle parece esconder una historia que alguien olvidó. Y al final, uno no sabe si camina entre personajes o entre fantasmas.
En el fondo, el otoño nos iguala a todos. Nos recuerda que todo lo vivo se apaga un poco para renacer después. Que el misterio no siempre vive en un castillo o en una noche de tormenta: a veces está en una carta sin firmar, en una mirada que dura un segundo más de la cuenta, en la sensación extraña de volver a casa y encontrarla distinta.
La verdad es que hay otoños que se leen mejor que se viven. Quizá porque la literatura sabe encontrar belleza donde nosotros solo vemos pérdida. Pienso en esas tardes en que la luz se apaga antes de tiempo y uno enciende una lámpara, prepara un café y abre un libro. Afuera, las hojas caen; dentro, algo se despierta. Es un pacto silencioso entre el tiempo y la imaginación.
Además, octubre tiene ese olor a principio y a final que tanto atrae a los escritores. Es un mes que pide historias lentas, de esas que se saborean con calma. Novelas que hablan de reencuentros, de silencios, de miedos que no matan pero que dejan huella. Es el mes en que los personajes piensan más que actúan, en que los recuerdos se vuelven más nítidos y el presente se difumina.
Y es que, al final, el otoño no solo llena los libros de misterio: los llena de humanidad. De vulnerabilidad. De esa certeza suave de que las sombras también tienen su voz, y que escucharlas —aunque duela un poco— puede ser otra forma de entendernos.
Así que cuando llegue ese primer frío, no corras a encender la calefacción. Abre un libro. Deja que las páginas se tiñan del mismo dorado que los árboles del parque. Porque hay otoños que no se viven con los pies: se viven con los ojos. Y cada historia, como cada hoja que cae, guarda el rumor de lo que alguna vez fuimos.

