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DIOS COMPARTE LA COMIDA CON LOS PÁJAROS

En Dios comparte la comida con los pájaros, Rogelio Bustos Almendros relata una escena conmovedora en el Parque García Lorca que se transforma en reflexión sobre la conciencia, la compasión y nuestra relación con la naturaleza.

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Cuando el hombre deja de

                                                      ser sensible resulta vulgar

                                                                       (proverbio chino)

          Suelo ir casi a diario a dar un paseo al parque García Lorca en Granada. en este mes de septiembre, aun muy caluroso, voy muy temprano al poco de su apertura, pues es a las ocho de la mañana en horario de verano. Me dirigí, como hago casi siempre, hacia el pequeño lago artificial donde viven a sus anchas una colonia de patos y algún ganso. Ya cerca contemplé algo insólito. Sentado en un banco a la orilla del lago había un hombre y a su alrededor un montón de patos picoteando las semillas y el pan que en trozos les estaba echando. Dentro del agua, delante de él, estaban los demás patos, todos reunidos mientras él les lanzaba trozos de pan; incluso los peces de un color rojo intenso, saltaban intentando atrapar un trozo de pan. Me quedé a cierta distancia contemplando aquella escena que parecía de una película. De vez en cuando, algún pato se posaba sobre sus rodillas hasta que recibía un trozo de pan. Me vino a la memoria aquellas palabras que escribió aquel ensayista y poeta francés MONTHERLANT: “¡ Qué feliz es una vida que empieza con ambición y acaba sin más sueños que el de dar pan a los patos!”

      No sé al cabo de cuanto tiempo, aquel hombre, (¿San Antonio, San Francisco?) Se levantó, tomó el carrito que llevaba y les dijo a los patos y a los peces: “Hasta mañana”. A esa hora tan temprana, hay un gran silencio en el parque, sólo hablan los surtidores de las nueve fuentes y los pájaros que allí van a beber: palomas torcaces, tórtolas, mirlos, gorriones y toda clase de aves. Allí se sentó en otro banco en ese lugar donde están las fuentes e inmediatamente acudieron todos los pájaros. Unos se posaron en tierra, pero otros en su cabeza, en sus hombros, en sus manos… Aquel hombre suplicaba: “calma, calma, hay para todos, y, metiendo la mano en el carrito sacó  un puñado de maíz, otro de trigo y otras semillas; y mientras comían sacó pan que fue partiendo en pequeños trozos y esparciendo a su alrededor. Al cabo de un rato se levantó y les dijo: “Hasta mañana”, y se alejó de allí y se sentó bajo la sombra de un magnolio, se quitó el sombrero y se limpió el rostro con un pañuelo de papel. Me senté en un banco muy cerca de él, pero en aquel momento se levantó y comenzó a andar y cuando había dado unos cuantos pasos, como si hubiera adivinado mi pensamiento me dijo: “si mañana está aquí le explicaré todo lo que ha visto”, y se fue.

      Cuando me quedé solo vino a mi mente confusa, montones de pensamientos, pero el más fuerte era de que aquel hombre estaba loco, rematadamente loco. Entonces me vino a la memoria aquellas palabras del escritor latino, HORACIO: “Une a tu prudencia un grano de locura”. Todos los héroes, los santos y los grandes hombres han tenido no un grano de locura, sino varios puñados, como :

SAN ANTONIO, que al volver de la predicación en un pueblo que no le hicieron caso, al pasar junto al mar se dirigió a los peces y les dijo así: “Escuchad, peces del mar, ya que los herejes infieles la desprecian”. Al instante, numerosos peces se agruparon sacando la cabeza y escucharon las palabras de San Antonio.

SAN FRANCISCO DE ASÍS, es patrono de la Naturaleza y de los animales por su gran amor, compasión a todas las criaturas. A los animales los llamaba “hermanos pequeños”, y hablaba con ellos y le obedecían como aquel lobo llamado Gubbio al que amansó; las aves también le obedecieron cuando les dijo que formaran una gran cruz en el cielo; los árboles también, como en aquella ocasión que volvía triste después de una predicación en un frío invierno, y en el camino hacia el convento se paró ante un pelado almendro y le dijo: “Háblame de Dios”. Al instante el almendro floreció.

FRAY JUNÍPERO SERRA, allá por el año 1776 celebrando la misa en la misión de San Juan de Capistrano (California) el 19 de marzo, día de San José, una golondrina se posó sobre su hombro. Al término de la misa tomó la golondrina y le curó la pata que tenía rota, y permaneció en los alrededores varios meses hasta la emigración. Al año siguiente, el 19 de marzo miles de golondrinas se reunieron en San Juan de Capistrano. Nadie sabe las razones, aunque algunos dicen que es una lección divina de amor y compasión por la Naturaleza y los animales. Aún hoy las golondrinas siguen juntándose puntualmente el día 19 de marzo.

     A la hora fijada se presentó aquel hombre y yo le esperaba ansioso de escucharle. Me dijo que iba a ser muy breve, pero lo suficiente para que comprendiera el porqué de su comportamiento en el parque. Comenzó así: “He sido cazador desde muy joven y he matado muchas aves y toda clase de animales, sólo por diversión, y tengo ya 76 años. Pues bien, hace unos cinco años estando de caza con unos compañeros le disparé a una paloma torcaz que volaba no lejos de mí y cayó casi a mis pies. Al recogerla del suelo observé que tenía rota una pata y el ala, y sin más la metí en el zurrón y me lo eché a la espalda. Al cabo de tres horas nos juntamos todos y sacamos lo que habíamos cazado, y vi que la paloma que yo había cazado aún vivía. Entonces pensé el gran dolor que habría soportado aquel pobre animal que tuvo la desgracia de cruzarse en mi camino, era una crueldad sin límites. Mis compañeros me dijeron que la rematara retorciéndole el pescuezo, pero no pude. Algo en mi interior me estaba acusando, así que sin decir palabra tiré todo lo cazado, tomé el coche y me fui derecho a mi casa. La caza para mí había terminado.

Por otra parte, me he ganado la vida con una granja de gallinas y patos que vivían aprisionados en jaulas, y cuando dejaban de poner huevos se las llevaban al matadero para la carne. Otra crueldad en la que no había pensado antes. Aquella noche no pude dormir, me asaltaban toda clase de recriminaciones monstruosas. Supongo que sería ese tribunal de la conciencia que todos llevamos en nuestro interior. Me martilleaba la cabeza recordando el Génesis de la Biblia,  y dijo Dios: “Rebosen las aguas de seres vivos y que las aves vuelen sobre la tierra a lo ancho de la bóveda celeste… y los bendijo”. Yo estaba destruyendo la obra de Dios. Quince días después me había desprendido de la granja. Desde entonces vengo haciendo lo que ha visto, intento reparar algo del daño a la Naturaleza y a los animales. Por eso, cuando doy pan a los animales sé que Dios lo comparte con ellos.

   Su historia era extraordinaria. Yo también mencioné la Biblia, el Eclesiastés (3 – 21) que dice: “¿Quién sabe si el espíritu del hombre sube arriba y el de los animales baja al fondo de la tierra?”

   La gran miseria de la vida moderna es que únicamente satisface las necesidades materiales sin pensar en nada más, y alguna vez habría que reflexionar sobre el trato a los animales y preguntarnos: ¿Cómo puede el hombre conocer la inteligencia, los internos secretos  impulsos de los animales?

   Estoy convencido que aquel hombre que le echaba pan a las aves y decía que era para Dios, porque Dios lo compartía con los animales, llevaba razón. Su conciencia se había despertado. ¿Y qué es la conciencia? Se lo vamos a preguntar a Cicerón: “Es un juez interno e imparcial que tiene más valor que la opinión ajena, sirviendo como una guía moral para la acción correcta. Es un tribunal interior que emite juicios sobre nuestros actos y nos proporciona paz o condena, siendo un elemento fundamental en la búsqueda de la virtud y la integridad personal”.

  salí del parque envuelto en mis pensamientos por lo que había visto y oído, pero en el aire del parque quedaban tintineando estas palabras: Dios comparte el pan con los pájaros.

Rogelio Bustos Almendros

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