MÁQUINAS GESTANTES
Javier Serra reflexiona con ironía y crudeza sobre el anuncio de úteros artificiales con IA previstos para 2026. Un texto que mezcla sátira y crítica social, cuestionando si estamos dispuestos a convertir la vida en un producto más del mercado global.

Javier Serra
Mientras el genocidio en el futuro Goza Resort City se convierte en un acúfeno que apenas modifica nuestra rutina salvo algún pelotón (ciclista, no de fusilamiento) detenido o manifestación pacífica —gracias en parte a que determinados gobiernos especializados en silenciar periodistas (in eternum) son tan eficientes como nuestros algoritmos de entretenimiento—, hablemos de nimiedades. Hablemos de un porvenir que ya está aquí, llamando a la puerta con la delicadeza de un meteorito irrumpiendo en la atmósfera:
Una empresa china lanzará al mercado en 2026 —no en fase beta, no como un prototipo, sino a la venta— robots gestantes dotados de IA. Úteros artificiales caseros listos para la producción de bebés.
Mi primera reacción al leer la noticia, lo confieso, fue de alborozo. ¡Por fin las máquinas dirigirán nuestras vidas desde su inicio! ¿Problemas éticos? ¡Por favor! A la luz de las atrocidades que consentimos a diario, ¿qué más da industrializar la concepción? El calor y el amor de madres y padres son conceptos tan vintage, tan ineficientes y obsoletos… Imaginen las ventajas: se acabaron las bajas por maternidad, las estrías, las náuseas matutinas. Se podrá ir al Gym (¿serán las iniciales de Grande y Musculoso?) incluso el día del parto. Todo optimizado. Me pregunto si las futuras mamás tendrán caprichos durante su no-gestación. Eso sí, exijo que los bebés vengan con silenciador incorporado (al menos mientras no puedan sostener y manipular la pantalla de un móvil por sí mismos). Ya lo estoy viendo: El embarazo convertido en un servicio similar a Amazon: solo tienes que subir el material genético a la nube y esperar nueve meses la descarga del producto final. ¿Admitirán devoluciones?
Algunos agoreros, con su habitual pesimismo, dirán que esto nos sitúa «a un paso de tener supermercados de bebés». Yo me pregunto: ¿y cuál es el problema? Hace tiempo que Aldous Huxley nos advirtió ciertas cositas en Un mundo feliz, y en lugar de tomarlo como una admonición, lo hemos adoptado como un manual de instrucciones. ¿Por qué detenernos ahora? Ya somos mercancía para los poderes fácticos, productos con fecha de caducidad en un mercado laboral caníbal. Convertir la creación de vida humana en una transacción comercial es mero aceleracionismo.
¡Sí, necesitamos más robots, más Elon Musk, Trump, Putin y menos ciudadanos preocupados por los Derechos Humanos! La «seguridad y el bienestar de la población» que algunos reivindican son solo obstáculos en el camino hacia la eficiencia total, reliquias de una era en la que aún nos preocupábamos por esas paparruchas.
De todas formas, ¿quién pondría límites a esta insensata carrera del “todo por la pasta”? ¿Acaso los mencionados líderes mundiales que vampirizan a sus pueblos mientras reciben su aplauso? Su código deontológico es tan firme como un castillo de naipes bajo un huracán. ¿O confiaremos en los consejos de administración de las transnacionales, con su intachable carácter filantrópico, que seguramente velarán por el interés superior de estas criaturas… fabricadas bajo patente?
Hemos desarrollado un callo de indiferencia tan grueso que ni la trompeta del apocalipsis lograría despertarnos. La «emocracia» actual, donde un vídeo viral de un gato tiene más peso que un informe de las Naciones Unidas (da risa solo pensar en semejante denominación), es el caldo de cultivo perfecto para las tiranías. ¿Reflexionar sobre las implicaciones morales de fabricar seres humanos? ¿O de masacrarlos? Debe ser el famoso Yin y Yang.
Si ya hemos externalizado la gestación a un androide con IA y aceptado que la vida es otro producto más de software, detenerse ahí sería una incoherencia imperdonable. Una vez que optimizamos la producción, el siguiente paso ineludible es optimizar el inventario. Las existencias actuales de humanos son ineficientes y excedentarias. Propongamos la eliminación del 95% de la población.No se trata de una atrocidad, ni mucho menos de un genocidio. Es una… reestructuración de plantilla para acabar con problemillas molestos como el cambio climático, las pensiones o el tráfico en hora punta. Por supuesto, nuestros preclaros líderes y la élite financiera, como administradores del sistema, quedarían exentos de la reducción de personal. Pero que no cunda el pánico, no sería una liquidación total del resto. Hasta los más orgullosos tiranos y multimillonarios necesitan un ecosistema de sirvientes, técnicos y, sobre todo, aduladores profesionales que aplaudan en redes sociales lo ingeniosa que fue su solución final.
En fin, si no puedes con ellos, únete a ellos: ya he reservado estancia de una semanita en Goza Resort City, que sobre planos sale mucho más económico. ¿Quién se apunta?
