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CLORÓMANOS

Un manifiesto que propone ser “clorómanos”: incendiarios de esperanza que, en lugar de destruir, encienden gestos verdes capaces de cambiar la vida y el planeta.

Javier Serra

Javier Serra

Un hidroavión amarillo acaba de rugir sobre mi cabeza con ese estruendo que ya asocio al verano como otros asocian el tintineo de hielos en un vaso. Pero aquí no hay cóctel: por desgracia, lo que hay es un incendio en alguna parte.

Recuerdo que Galicia, Extremadura y Castilla y León ya acumulan hectáreas convertidas en un pulmón negro, el de un fumador empedernido que no sabe —o no quiere— dejarlo. Centenares de personas han perdido sus casas, algunas lo han perdido todo, incluso la vida. Y a mí se me forma un nudo en el estómago, tan real como el humo que flota sobre esos montes que ya no son verdes, sino color ceniza.

Enciendo la tele y el presentador, con el gesto grave de quien anuncia el fin de algo que nunca valoramos lo suficiente hasta que se pierde, habla de hectáreas, de pueblos desalojados y del origen de las llamas. Cita a los pirómanos, esos tipos a los que uno se imagina como personajes resentidos, con la mirada turbia y una caja de cerillas en el bolsillo, prendiendo fuego a la realidad porque la suya propia no acaba de encenderse. Y entonces, con las imágenes de bomberos y residentes tratando de apagar llamas gigantescas, en una lucha mucho más desequilibrada que la de David contra Goliat, tengo una revelación. Una de esas ideas que te parten el cerebro en dos y luego te lo vuelven a juntar, y que te permiten ver el lado positivo de las cosas aún en la más absoluta negrura.

¿Y si fuéramos capaces de provocar otro tipo de incendios?

Miro mis manos. Son unas manos normales, de persona que solo las usa para lavarse, cocinar y poco más, con el índice ligeramente deformado por el ratón del ordenador. Unas manos que, sin embargo, podrían albergar el mismo poder que las de ese pirómano anónimo. El poder de iniciar algo. Me pregunto qué pasaría si nos convirtiéramos todos en pirómanos a la inversa. Qué ocurriría si, en lugar de prender una cerilla, encendiéramos la chispa de una cordura contagiosa. Un incendio verde. Consulto el diccionario: en griego clásico, verde se dice “Chloros”. Ahí va un neologismo: clorómanos.

El incendio provocado por un clorómano no correría a merced del viento caprichoso, sino con la contundencia tranquila de la lógica. El primer foco podría brotar en un gesto tan sencillo como separar vidrio, plástico y papel sin la desgana del que tira la toalla —y la botella— en el mismo cubo. O quizá en un grupo de ciudadanos que, en lugar de esperar a que las autoridades contraten brigadas de limpieza que quizá lleguen o quizá no, deciden coger guantes y desbrozar juntos el monte para quitarle pólvora al verano. Aunque no vivan en el monte. Pequeños actos, tan modestos como la chispa de un fósforo, capaces de prender en la mirada del de al lado. Y en la del otro. Así la cloromanía se volvería contagiosa: una epidemia de cordura que se propaga sin titulares, sin sirenas, pero con eficacia… incendiaria. Imagino plazas

convertidas en puntos de reciclaje improvisados, senderos del monte ocupados por brigadas espontáneas de vecinos, una sociedad que, de repente, recuerda que, en un mundo tan pequeño, todos hemos de cuidar de todos.

Mientras tanto, en la televisión, aparecen las cifras de muertes por golpes de calor. Muchos ancianos no soportan la hostilidad del termómetro. Y sí, es una tragedia. Pero en esta epifanía que me sacude, atisbo una solución: nuestro incendio verde sería la respuesta. Un fuego que no arrasara vidas, sino indiferencias. Que nos empujara a organizar redes de vecinos para asegurarnos de que nadie muere deshidratado en soledad, que nos recordara que la verdadera catástrofe no está en las olas de calor, que podríamos mitigar cambiando nuestro modelo productivo, sino en el abandono.

La traca final es el turismo. Los medios advierten de una debacle inminente. Los ingleses y alemanes, que hasta ahora nos veían como un paraíso de sol y sangría, pronto nos verán como un horno crematorio inhabitable. El apocalipsis del modelo turístico, dicen. Pero yo, desde el delirio de mi sofá, lo imagino como una convalecencia planetaria. Imagino las playas de Benidorm vacías, no por una hecatombe, sino por un acto de respeto. El silencio curativo de la arena. El mar, por fin, escuchando su propia voz. Nuestro incendio verde habría quemado la idea de que el planeta es solo un decorado para nuestras vacaciones. Aunque eso implique renunciar a que la economía crezca constantemente a costa de la supervivencia de las generaciones futuras.

El hidroavión amarillo vuelve a pasar por encima de mi cabeza. El trabajo de los bomberos es heroico, sí, pero también insuficiente: apagar incendios es tan solo contener síntomas. Porque el verdadero fuego no arde en los montes, sino en nosotros. En la forma en que consumimos como si tuviéramos planetas de repuesto, en esa ficción de que el confort infinito cabe en un mundo finito. Ya ni sé cuántas Tierras necesitaríamos si todos viviéramos como un ciudadano medio del llamado primer mundo. Y, sin embargo, no tenemos varias: solo una.

Apago la televisión. El silencio me devuelve a lo esencial. Miro mis manos, tan corrientes como las tuyas. Manos que pueden elegir: seguir alimentando las brasas del consumismo o prender, de una vez, la chispa de otra forma de vivir. Esa que piensa en los hijos que heredarán este suelo, en los árboles que aún resisten, en el aire que respiraremos mañana.

De eso se trata: de convertirnos en clorómanos. En incendiarios de esperanza, en pirómanos verdes capaces de prender gestos nuevos hasta que se vuelvan costumbre. No para salvar un futuro abstracto, sino para salvarnos ahora, con dignidad y con sentido. Porque al final, todos llevamos una cerilla en el bolsillo. La pregunta es: ¿qué mundo queremos encender con ella?

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