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NOSTALGIAS DE VERANOS PASADOS EN MELILLA

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Bueno, y me diréis: ¿A qué vienen esas nostalgias del pasado? Sencillamente, porque estamos en verano y esta es la estación del año en que yo disfrutaba más de niña, de adolescente y de joven. Ahora, con unos cuantos veranos, otoños… y algún invierno a cuestas (es un eufemismo), los estíos ya no me resultan tan hermosos y felices como antes. Gruñona, me quejo del calor y, sobre todo, me causan mucho dolor los INCENDIOS. ¡Esos campos quemados por unas manos impías! ¡Esos animales abrasados entre las llamas! Vivían felices en su hábitat pero el fuego lo arrasó todo. Y lo peor es que los causantes de estas desgracias siguen impunes y cada verano se queman más bosques. ¡Con lo que cuesta que crezca un árbol! Obra maravillosa de la Naturaleza para beneficio del hombre. Del hombre de bien que la cuida y no la maltrata.

          Los árboles nos dan sus frutos, sus flores, su madera, su sombra. Sirven de cobijo a las aves, así como a otros animales. Respiramos aire puro junto a ellos. Adornan parques y paseos. Y si te abrazas a su tronco, sientes como si te protegiera cual amoroso padre.

          Si la madre Naturaleza pudiese hablar nos diría:

“Hijo mío, sé que en el fondo de tu alma eres bueno y la mayoría de las veces me has causado daño quizá sin darte cuenta, sin comprender el alcance de tus actos. Cuídame de ahora en adelante como madre tuya que soy y que desea lo mejor para ti. Haz que todo vuelva a ser el Paraíso Terrenal del principio de los tiempos. Uníos entre todos para conseguir un mundo mejor y os aseguro que seréis más felices”.

          Bien, y con esta utopía, demos comienzo a las nostalgias de pasados estíos.

NOSTALGIAS DE UNA PLAYA EN MELILLA

          Estoy sentada sobre la arena de la extensa playa de la Malvarrosa contemplando el mar. Esa maravilla que la madre Naturaleza nos ha donado. Nuestro mar o, como lo llamaban los antiguos romanos, el Mare Nostrum. Sereno, azul, cálido, casi un gran lago, testigo de la historia y cultura de tantos pueblos a los que a través de los siglos bañó. Y mi mente, preñada de nostalgias, navega en un barco imaginario por sus aguas hacia el sur hasta llegar, etérea, a las costas africanas donde sus olas acarician una pequeña ciudad: MELILLA. La tierra querida en que nací, valerosa, caritativa, acogedora. Pero Melilla es mucho más que todo eso.

          Transportada totalmente con la imaginación, me veo paseando  por sus bonitas playas de arenas finas y doradas, bañadas por unas aguas cálidas y transparentes en donde hace años, siendo niña, me entretenía en la orilla recogiendo nacaradas conchas y veteadas caracolas de las que aún conservo algunas como pequeños tesoros. Ahora ya, lamentablemente, han desaparecido casi por completo.

          Un radiante sol mandaba sus rayos inundando de color todo el paisaje marino y ligeras barquitas y veleros surcaban las aguas meciéndose en sus olas y llenando de pintoresquismo la playa. Yo, transportada por completo a mi pasada niñez, recuerdo la playa de la “Hípica” -Balneario, playa, polideportivo- donde solíamos ir al ser socia mi familia, cuando un día llevé a “Luna”, la mítica muñeca que me hizo mi madre, toda ilusionada para que se bañase conmigo. En un descuido, al caérseme al fondo del agua, mis llantos se oían en toda la playa.  Afortunadamente, se encontró y aún la conservo, querido fetiche infantil, mirándome con sus grandes ojos azules a través del cristal de la vitrina en que la guardo como un preciado tesoro.

          Mientras nos bañábamos, a ratos nos entreteníamos cogiendo coquinas haciéndole la competencia al hombre que venía todos los días a “coquinar”. Era gracioso verlo “bailar” con su rastrillo. Con solo arañar un poco en el fondo, las coquinas se  encontraban a ras de la arena. Eran enormes. Hacíamos un buen acopio de ellas y, metidas en bolsitas, luego se cocinaban en casa. Nunca he vuelto a comer coquinas con ese sabor tan exquisito. Como anécdota, algunos mayores, a medida que las cogían, se las comían… crudas. De cualquier forma estaban buenas. Ahora creo que apenas quedan, ni sé si la figura del coquinero sigue formando parte del paisaje.

          En los días de poniente, recio viento que junto con el levante son los dos colosos que reinan en la ciudad, nos íbamos a la playa de las Rocas, que estaba cercana, y siempre había algún mayor que se ofrecía pacientemente, yo diría que temerariamente, a bañarnos con él, sosteniéndonos a flote porque aún no sabíamos nadar y la profundidad era de bastantes metros. Esa sí que era una  aventura. ¡Me he bañado en las Rocas! Hoy, en toda esa zona han hecho un magnífico paseo pero a  mí me gustaba más el antiguo y agreste espigón donde podían verse de cerca los erizos, lapas, mejillones. Todo un acuarium natural.

          Recuerdo también que hasta la playa nos llegaban los  sones de las canciones que a los vientos lanzaba el pick-up, dotado de un enorme altavoz, que tenían en el Balneario de la playa: Mirando al mar, La vie en rose, Dos gardenias… inolvidable banda sonora de mi infancia junto con los famosos discos dedicados de E.A.J. 21 Radio Melilla.

          Después del agradable día de baño, o bien comíamos en la playa, cosa que nos encantaba, o a veces, en el restaurante del Balneario, y una vez duchados en nuestra caseta particular, salíamos a todo correr para coger la entrañable C.O.A. (el bus, entonces no se tenía coche), si teníamos la suerte de que “esa” hubiera entrado hasta el Balneario. Si, por el contrario, no era así, recorríamos el agradable caminito bordeado de setos y árboles, hasta la puerta principal del Balneario, contentos y felices por lo bien que lo habíamos pasado. Éramos más ingenuos y sencillos. Un simple día en la playa era una gran aventura para nosotros los pequeños. Y es que aquella playa y aquellos veranos dejaron grabados en mi alma infantil recuerdos imborrables.

          Vuelvo a la realidad. Aquellos veranos quedaron lejos en el tiempo. De esos años tan solo nos queda el recuerdo y las notas en el aire de aquellas eternas canciones como esta, que bien podría dedicarle a mi tierra:

Mirando al mar soñé

que estaba junto a ti.

Mirando al mar

yo no sé qué sentí

que acordándome de ti…lloré.

Te quiero, Melilla. Desconocida Cenicienta esperando un príncipe que la descubra.

            Es verano. Los árboles están cubiertos enteramente de generosas hojas que nos dan sombra. El cálido sol y unas gotas de lluvia de verano han hecho brotar tímidas florecillas silvestres por los paseos. Esas flores humildes que pasan desapercibidas y que encierran una gran belleza en miniatura si te inclinas a mirarlas. Me encanta pasear en las mañanas radiantes de luz mirando la hermosura de la naturaleza y disfrutando del don que se nos ha hecho.

Y de pronto, me viene a la memoria el pequeño jardín de mi casa donde tanto jugué cuando era niña y donde tantas veces dejaba volar mi fantasía soñando con hadas y princesas e hilvanando historias que, a veces, llegaba a creerme.

            Era un jardín como de cuentos, con su altísima parra que jamás nos dio frutos, pese a los mimos y cuidados que le prodigábamos. Años después, al tener que vender nuestro chalet, con pena, por trasladarnos  a otra ciudad, nos enteramos que al nuevo propietario le dio unas magníficas uvas. Creo, sinceramente, que fue una parra bastante ingrata.

También tenía malvalocas de variados colores. Unas rojas como de terciopelo, otras de un rosa fucsia, otras pálidas, casi transparentes, pero todas bonitas luciendo erguidas en sus tallos. Entre ellas crecían unos lirios silvestres de un tono morado vivísimo. Nunca los he vuelto a ver tan preciosos. Quizás es que los tengo mitificados como todo lo de mi niñez.

A ambos lados del jardín había dos pequeñas palmeras, mi árbol preferido, que siempre servían de fondo cuando alguien nos visitaba y se le hacía la “foto del recuerdo”. Eran dos ejemplares preciosos, aunque yo les tenía miedo al acercarme porque siempre acababa pinchándome con sus hojas.

Otro árbol curioso que teníamos era un ricino, cuajado de vistosos frutos rojos, que era el protagonista absoluto del jardín. Yo solía subirme a él y me sentaba en la bifurcación de dos de sus ramas, y así me pasaba mucho tiempo viendo mi mundo infantil desde aquella pequeña altura. Un día subí, no sé cómo, a una niña amiga mía a la rama más alta y luego no la podía bajar. Y para que no me castigaran le eché la culpa a Tabú, nuestro galgo, que ajeno a todo ni se enteró de “su” fechoría.

Enfrente del ricino, algo acomplejado ante la prepotencia del primero, había otro arbolito, lacio, de flores amarillas, cuyo néctar me gustaba chupar, y al que llamábamos cariñosamente “el gandul” por sus ramas alicaídas. No sé por qué, pero siempre le tuve lástima a este árbol. Quizás él lo sabía y me premiaba con sus dulces flores.

Un banco adosado a la pared, todo él decorado con conchas rizadas de colores, recogidas por mí en la playa, completaba la decoración.

            Pero en el pequeño jardín también había pobladores de la fauna animal. Teníamos una tortuga, llamada Cleopatra, que siempre estaba pensativa. Creo que era una filósofa estoica. En un tiempo, apareció por allí un camaleón, debió traerlo alguien, que nos miraba con cara de pocos amigos. Y un buen día dejamos de verlo. Alguien se lo volvería a llevar. Felinos teníamos unos cuantos. Estaba Teseo, un gatito rubio que recogí recién nacido un día viniendo del colegio, y al que alimenté con un biberón de juguete. También tuvimos otro, cojito debido a los malos tratos, igualmente recogido. Una gata muy vieja, pero que cada dos por tres nos sorprendía con una nueva prole, y por último, un gato enorme con rayas atigradas en tonos grises, al que pusimos de nombre, lógicamente, Tigre. Era el auténtico señor en la fauna del jardín.

En la primavera nos visitaban las mariposas. Si eran blancas daban buena suerte o nos anunciaban que recibiríamos cartas. Los pajaritos venían a picar las flores del gandul y,  a veces, veíamos brillar alguna luciérnaga escondida entre los dondiegos en las noches de verano. Es lo que recuerdo con más añoranza: el perfume de aquellas flores, de las cuales se llenaba el jardín, semejantes a blancas estrellas.  Era una delicia estar allí en cuanto atardecía. Incluso ahora siento cierto fetichismo por estas flores. Su perfume me recuerda aquel jardín, plantado totalmente por mi madre con manos de hada, y aquel tiempo feliz de mi niñez, que ya pasó, de veranos en los que por las noches podíamos contemplar las estrellas en el cielo.

            Ese jardín ya no existe. Al derribar la casa, para construir un edificio de pisos, él también fue destruido, con sus flores, sus árboles, sus pequeños habitantes… Pero yo estoy completamente segura de que su alma aún sigue vagando por allí

          Hace unos veranos, me trasladé a Melilla por motivos familiares.  Aprovechando mi estancia en la ciudad, fui invitada por la Consejería de Cultura en la persona del presidente nacional de la Unión de Escritores de España, a la que pertenezco y de la que soy Miembro de Honor, para tomar parte en un acto literario. Ni que decir tiene que acepté con mucho gusto, ya que así volvería a ver a mis compañeros escritores melillenses, aparte de que asistir a un buen acto cultural es motivo de satisfacción para mí. Puede decirse que, prácticamente, es de las pocas cosas que me llenan hoy en día.

          Resultó todo muy ameno y de un alto nivel literario, pues Melilla siempre ha sido cuna de grandes poetas y escritores, tales como Fernando Arrabal, Guerrero Zamora, Francisco Mir, Eladio Algarra, Miguel Fernández, Encarna León y un largo etcétera. También me sorprendió agradablemente descubrir que los dos canales de televisión autonómica estaban allí grabando y haciendo entrevistas a los que tomábamos parte en el acto. Lástima que me olvidé de pedirles unas copias como recuerdo. Con la gloria se me fue la memoria.

          Bueno, ¿y qué tiene todo esto que ver con lo de los mochuelos? Sencillamente, ocurrió que una de las noches, cuando veníamos de recogida después de pasar una agradable velada en el Club Marítimo con mi familia, se nos ocurrió visitar al senador CB, muy amigo de todos,  ya que dos de mis sobrinos han sido compañeros suyos de estudio, y entre copitas, tapitas, servidas amablemente por el anfitrión, y amena charla, nos dieron las dos de la madrugada. Allí nadie tenía prisa por recogerse hasta que al enésimo intento de yo ponerme en pie conseguí que arrancasen los demás.

         El senador, vitalicio ya, muy brillante en su época por sus intervenciones en el Senado, como recuerdo de mi visita me regaló una colección de pequeños mochuelos de cristal deseándome suerte, ya que es creencia popular que estas aves la traen a quienes las poseen. Pero… al regresar a Valencia y deshacer la maleta se me ocurrió dejarlos encima del tocador envueltos en un kleenex con la idea de colocarlos más tarde en la vitrina. Salí después para hacer unas compras y al volver ¡horror! Los seis mochuelitos habían desaparecido de encima del tocador. Asombrada me puse a buscarlos y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que estaban todos desparramados por el suelo hechos trizas. ¡Ni uno solo se salvó!

          ¿Quién había sido el causante de aquel estropicio? Elemental. Mi perrita Yasmín (a la que tanto quise y añoro y ahora ya se encuentra en su cielo particular), que como le encantaba comerse cualquier papel que encontrara (un día se comió un  billete de mil pesetas que alguien dejó encima de una mesa), al ver aquel kleenex tentador, poniéndose de pie sobre sus patitas traseras, tiró del kleenex y de todos los mochuelos que tan amablemente me habían regalado. Por supuesto, Yasmín ni se inmutó cuando me vio recoger resignadamente los restos de lo que un día fueron… los mochuelos del senador.

Carmen Carrasco Ramos, Delegada Nacional Granada Costa

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