Arte, historia y cultura: los tres fantasmas del siglo XXI
Vivimos en una sociedad que ridiculiza la sensibilidad cultural. La lectura, el arte y la historia han pasado de ser admirados a ser ignorados. En este mundo acelerado y superficial, pensar, emocionarse o contemplar se han vuelto actos de rebeldía. Y, sin embargo, ahí reside la verdadera libertad del ser humano.

No es una exageración decir que cada vez son más los jóvenes que viven desconectados de lo más esencial que puede tener el ser humano, la cultura y el espíritu de aprender aquello desconocido. La lectura aburre, el arte parece banal y la historia se estudia por obligación, sin entender que ahí están las respuestas de muchos hechos que vivimos actualmente. No es que los jóvenes de nuestra generación sean superficiales, lo que pasa es que se han acostumbrado a vivir sin apreciar y sin mirar con profundidad toda nuestra realidad. Estamos llenos de estímulos inmediatos, que detenernos a pensar fuera de una pantalla —a leer alguna de las obras de Lope de Vega, a contemplar un cuadro Rubens, a escuchar una sinfonía o a leer sobre la historia de España desde sus orígenes más olvidados— nos resulta casi antinatural. ¿Cuál es la realidad detrás de todo esto?
¿Qué está ocurriendo?
Hace no tanto tiempo, decir que te gustaba leer o que ibas a un museo era algo que generaba mucha admiración. Hoy, para muchos, suena raro, ya que solo lo hacen los “frikis”, los empollones y los que no tienen vida social. Vivimos en una sociedad en la que mostrar sensibilidad por el arte o por la historia no se valora, sino que incluso se puede llegar a ridiculizar. Y eso, poco a poco, ha generado una especie de vergüenza cultural para una minoría que va decreciendo poco a poco: jóvenes que aman leer, pero no lo dicen; sienten un torbellino de emociones al ver una obra de arte, pero lo esconden para no parecer “intensos”.
Lo que realmente se premia ahora es lo rápido, lo gracioso, lo viral. Lo que genera carcajadas o polémica en cuestión de segundos y que no nos aporta nada más. La cultura profunda, la que requiere tiempo y silencio, ha perdido protagonismo porque no se traduce en likes ni visualizaciones con un fin más allá que ganar seguidores. Y eso es grave, porque cuando desprestigiamos lo que nos hace humanos —la belleza, la reflexión y el pensamiento— acabamos perdiendo también el interés por nosotros mismos, por crecer, por entender, por dejar huella en el mundo.
Estamos tan metidos en esta lógica de la utilidad que hemos olvidado que no todo lo valioso es productivo. Leer te hace más libre y nos ayuda a conocernos y a conocer. El arte no te da dinero, pero te conecta con lo eterno y lo más profundo de nuestro corazón. La historia no es simplemente aprobar un examen, sino que nos ayuda a no repetir los mismos errores que llevaron a muchos fracasos. Y eso es mucho más importante que lo que parece, pero no sabe verlo la juventud, en la que yo muchas veces me incluyo.
¿Cómo podemos abrirles los ojos y el corazón a los jóvenes? Porque yo también he sentido esa apatía. También he estado en esa inercia de lo fácil, de lo inmediato, de
lo que no exige demasiado. Pero en algún momento me di cuenta de que algo me faltaba. De que podía estar rodeada de todo y, aun así, sentir un gran vacío interior.
Hagamos un llamamiento a recuperar el asombro. A leer algo que no entendamos del todo, y seguir leyendo para poder comprender. A ir a un museo no solo para subirlo a las redes. A ver una película antigua sin mirar el móvil cada cinco minutos. Descubrir la historia como si fuese una novela emocionante donde nosotros también tenemos un papel.
Quizás el primer paso no sea cambiar el mundo, sino cambiar de actitud y de mirada. Atrevernos a vivir más despacio, a sentir profundamente, a preguntarnos quiénes somos más allá de un algoritmo. Porque aunque el mundo vaya rápido, pensar, leer, emocionarse y recordar sigue siendo un acto de rebeldía hermosa. Y lo necesitamos más que nunca. Buscamos la libertad plena, y qué libertad más hermosa nos da el arte, la cultura y la historia.


Enhorabuena Carmen, muy interesante de leer.
Un abrazo
Magnífico el artículo de Carmen Corral. Ella con pincelada sencilla y directa nos ha puesto ante nuestra cara uno de los problemas más relevante que aqueja a nuestra sociedad indolente. Carmen prosigue por ese camino crítico.Enhorabuena.
Sabiote