Portada » El relato
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A pesar de su edad les habían conducido hasta una de las aulas del instituto de enseñanza secundaria como si fueran adolescentes, les habían invitado a que tomaran asiento en alguna de aquellas sillas de formación con pala para escritura.

En el encerado constaba el tema sobre el que debían versar sus relatos: Los sueños.

«Pues si quieren sueños, yo estoy dispuesta a hacerles soñar», pensó Catalina mordisqueando el bolígrafo.   

Al observar el lugar en el que debía escribir, el fatalismo de Clara volvió por sus fueros. Empezaba a encontrar problemas e inconvenientes por todos lados.

El primer problema le surgía aun antes de tomar asiento. Al parecer no disponían de sillas para zurdas como ella y escribir en una pala para diestros no era algo que tuviera muy ensayado y por tanto sin posibilidades de prosperar.

El segundo problema vino pisándole los talones: No le permitían que utilizara la vieja máquina de escribir Olivetti que llevaba en la mochila y mucho menos que utilizara el ordenador, que había dejado en el coche, aunque demostrara que no contenía nada en su memoria y no existía conexión con internet. Las normas exigían que se escribiera a mano y no consiguió que se apearan de ellas. Sin cualquiera de aquellos adminículos ella se sabía perdida: su letra era poco menos que indescifrable, incluso para ella.

Pensó en abandonar el concurso, ese era el momento oportuno para ello, si no le permitían expresarse con los medios que lo posibilitaran era mejor no competir.

Pero algo que atravesó su mente como un relámpago y que inmediatamente olvidó, le hizo seguir en el concurso. Cuando ella misma se preguntó que había sido lo que le había persuadido de permanecer, no lo recordaba, pero sentía una sensación muy placentera al estar allí. No quiso perder más tiempo en sensaciones y tonterías. Lo que tenía que hacer era escribir.

«Pero antes que nada era recuperar la calma y no volver a perderla», se repitió mentalmente.

Con una tranquilidad impostada depositó la estilográfica y el papel que le habían entregado sobre la pala de escritura de la silla y antes de tomar asiento volvió a preguntarse si seguía queriendo concursar y, por tanto, si debía permanecer en aquella aula juvenil o recogía velas.

El galardón por el que se pugnaba tampoco era de la suficiente entidad como para compensar todas las molestias que le iba a causar la participación y eso en el improbable caso de que llegara a ganar la confrontación, algo que se presentaba complicado hasta límites insospechados si tenían que leer algo escrito a mano por ella, o más bien habría que decir escrito a contramano. Decidió proseguir e intentó encontrar algún remedio al problema que se le presentaba al tener que escribir en una posición contra natura.

No lo encontró.

Miró la pantalla en la que el cronometro de la cuenta atrás señalaba que ya habían transcurrido doce minutos de los noventa de que disponía y ni siquiera había abierto su estilográfica.

Quería ponerse a escribir, pero para hacer eso le era imprescindible serenarse, olvidar el disgusto que acababa de pasar, algo que no iba a ser fácil. Y no era solo el disgusto por la inapropiada ubicación y por su fatal caligrafía, era también por lo indigno de su posición que había consentido en todo ello en lugar de retirarse dignamente. Trataría de escribir todo el relato con mayúsculas que al parecer eran más legibles. Si quería participar en el concurso no quedaba más remedio que escribir a mano y en aquel lugar.

Pensó que era un error seguir allí, pero levantarse en ese momento era tanto como admitir que se iba, no porque le negaran unas facilidades mínimas para poder escribir, sino porque era incapaz de escribir sobre el tema. De haberse ido antes de sentarse, hubiera sido una salida digna. Ahora si no quería hacer el ridículo no le quedaba más que seguir hasta el final

Respiró profundamente, como Raquel le había dicho, ella llevaba varios años practicando yoga. Procuró retener el aire aspirado el máximo tiempo posible, luego lo dejó escapar poco a poco, y tras repetir la maniobra varias veces, no sabía cuantas, creyó sentirse mejor y decidió enfrentarse con el papel que tenía ante ella.

Aquellas hojas en blanco despertaban su ansiedad, solo  albergaban, por ambas caras, el sello del ayuntamiento convocante. Empezó a sentir que el estrés se le echaba encima. Volvió a los ejercicios respiratorios. De nuevo pareció remitir la tensión. Tomó la pluma, retiró el capuchón y se dispuso a escribir…

¿Pero qué iba a escribir? No se le ocurría nada relacionado con el tema. A pesar de ser un tema tan fecundo como el propuesto. Recordaba haber escrito decenas de relatos sobre ese argumento, pero en ese momento no recordaba ninguno de sus contenidos, no le acudía ninguna nueva idea.

De nuevo empezó a estresarse y, también de nuevo, quiso repetir los ejercicios respiratorios, pero esta vez tropezó con dificultades en la inspiración inicial, no conseguía dilatar sus pulmones, que permanecían sin aire, era como si hubiera olvidado cómo se respiraba y esa sola idea agravaba más la carestía de oxigeno. Se acentuó el agobio. Por experiencias anteriores intuyó que aquello no era más que una jugarreta de su coco y, sin pensárselo más, echó mano del sedante que llevaba en el bolsillo,  se lo llevó a la boca y lo empujó garganta abajo con un trago de agua. Los «guardianes» de la prueba le habían dejado pasar la botella. Eran más comprensivos que los de los aeropuertos. No era amiga de esos medicamentos, pero ante la emergencia…

Engullida la pastilla, creyó sentir sus inmediatos efectos, se dio cuenta de que respiraba normalmente y que la anterior dificultad respiratoria solo había sido un lapsus mental. Puso en práctica los ejercicios respiratorios mientras trataba de encontrar un argumento para su relato.

La concentración fue tan profunda que interrumpió su vigilia, sin que en sueños dejara de perseguir un argumento para su relato, pero seguía sin acudirle, a pesar de que por su mente se sucedían, como fogonazos de flash, una serie de imágenes que sabía relacionadas con el mundo de los sueños, pero que era incapaz de interpretarlas en ese momento.

Esa cascada de relampagueantes imágenes era algo que solía preceder a la inspiración, por lo que siguió tranquila. Pero aquella calma no solo no socorrió a su imaginación, sino que fue consumiendo minutos. Imágenes caleidoscópicas y sensaciones alucinantes tomaron vida en su mente, empezaron a moverse y a mezclarse entre ellas, sugiriéndole mil formas de iniciar el relato. Si antes no tenía ninguna idea sobre la que escribir, ahora eran tantas que no acertaba a elegir y tenía que decidirse pronto  si quería escribir las mil palabras mínimas que se exigían.

Entre el alud de ideas que se le venían encima, hubo una que le pareció más factible que las demás y para la que estaba sobradamente documentada y era la de alguien que, como ella, debía completar un relato en un tiempo determinado, solo que su personaje lo hacía desde su domicilio y ella tenía que hacerlo desde un aula de examen, como si de un adolescente se tratara y en un pupitre para diestros siendo zurda.

Apoyó la pluma sobre el papel y quiso empezar a escribir, pero la tinta debía haberse secado o no quedaba. Hacía tanto tiempo que no la utilizaba… La había sacado hoy de su olvido para aparentar algo más de categoría. Desenroscó el cuerpo de la estilográfica. Efectivamente el cartucho estaba vacío. Menos mal que solía llevar uno de repuesto en la misma pluma. Colocó el nuevo y se dispuso a iniciar el escrito.

Un agudo chirrido la desconcertó, al parecer se había acoplado la megafonía, que expresó a continuación:

—Por favor los que no hayan entregado todavía sus relatos, que los firmen y los entreguen. Estamos en el último minuto. Fuera de ese tiempo no se admitirá ninguno.

Catalina firmó cada una de las seis páginas de su relato, las entregó y mordisqueando el bolígrafo se compadeció de Clara, su personaje, pobrecilla que mal se lo había hecho pasar.

Salió satisfecha del aula, había sido un mal sueño para Clara, pero un buen relato para ella.

Alberto Giménez Prieto

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