El elegido (2/2)

Sergio Reyes Puerta
Sergio Reyes Puerta
(Continúa tras un “Ella me observó, seria y evaluadora.”)
Estaban a punto de cumplirse todos mis sueños y, para conseguirlo, puse el mejor de mis gestos, el de inocencia y bondad suprema. Finalmente, tras un largo silencio ¡la abuela aceptó que los acompañara!
¡Me sentí tan feliz! ¡Iba a estar con él para siempre! ¡En su casa! ¡Hasta lo acompañaría en su mesa! No podía parar de temblar por dentro. ¡Qué emoción!
Llegamos a la casa de la anciana, donde también vivía el elegido. Mi elegido. Durante el camino, pude deducir de la conversación, que era huérfano de padres y que por eso vivía con la venerable anciana. Y vi que hacían una pareja adorable, enternecedora. Él se desvivía por que su abuela no tuviera ningún percance y estuviese cómoda. La hizo sentarse en un sillón orejero y, después, se quedó conmigo en la cocina, colocando la compra en armarios y estanterías. Debían de estar muy solos en la vida, pensé, lo que le habría hecho valorar la importancia de la familia y de las raíces, así como el respeto a los mayores. ¡Me encantaba ese chico! Sin duda alguna, lo había elegido bien.
De repente, cuando ya estaba todo colocado, la abuela, que se había levantado del sillón, apareció en la cocina.
―Casi es hora de comer ―dijo la buena señora―. ¿Te apetece picar algo?
―¿Un aperitivo? ¡Claro! ¡Eso siempre, abuela! Pero no te preocupes, siéntate en el sillón y…
―Déjate, déjate ―lo interrumpió con vehemencia―. No me protejas tanto, que me voy a volver inútil. Además, también es bueno que haga cosas, para no anquilosarme.
En apenas un suspiro, entre los dos, abrieron bolsas, latas, tarros y paquetes varios. También partieron un tomate y lo rociaron con un buen chorro de ese estupendo aceite de oliva de mi tierra que habían comprado hacía un rato. En definitiva, prepararon un aperitivo digno de un gran mandatario. Llevaron todo al salón, mientras yo los observaba como una boba, sin saber muy bien qué hacer. ¡Estaba tan nerviosa! ¡Tenía tantas ganas de besar esos labios tan apetecibles! ¡Y a cada minuto que pasaba faltaba un poco menos para tan mágico y maravilloso momento!
Sentados alrededor de una pequeña mesa redonda, abuela y joven nieto conversaban y daban buena cuenta del condumio. Saboreaban trozos de tomate que refulgían con un brillo dorado que solo el aceite de oliva podía darles. También comían mejillones, patatas fritas y otros manjares, mientras yo me dedicaba, impaciente desde mi sitio ―y muy quietecita―, a observarlo a él. Cómo masticaba, con qué gracia manejaba los cubiertos, cómo se limpiaba esa deliciosa boquita con la servilleta… Ay, esa boquita. ¡La miraba y me derretía solo de pensar en su primer beso!

Entonces, llegó el momento tan esperado por ambos. Me miró con deseo. ¡A mí! ¡A ninguna otra! ¡Solo tenía ojos para mí! ¡Una simple aceituna más del montón! Pero eso sí: ¡la oliva más romántica del tarro que acababan de comprar! ¡Tranquila! ¡No tiembles! ¡Seguro que te coge la primera!
Ajeno a mi nerviosismo, y como si una cosa fuera consecuencia de la otra, de entre todas me eligió a mí, tal y como, desde el principio, yo intuía que haría. Me sujetó con sus cuidadosos dedos de esa forma tierna que le caracterizaba, llena de recuerdos, suyos y míos, compartidos. Lo hizo de un modo, al fin, que me hizo sentir tan especial que olvidé, en ese preciso instante, que yo era una más del montón.
Fue un momento maravilloso. El mejor de mi vida. Yo me entregaba, en ese preciso instante, por puro y generoso amor. Él ―del que todavía no sabía si también lo hacía por amor a mí― primero me acarició con sus labios, en esa especie de beso que tanto había deseado, salado y dulce a la vez. Vi de refilón que su abuela también cogía a una de mis compañeras y amigas y se la metía en la boca, a la vez que él cerraba la suya, conmigo dentro.
Noté entonces, a oscuras, cómo me saboreaba el elegido. Creo que hasta cerró los ojos para ganar intensidad. Me mantuvo un buen rato en la boca y me masticó con extremo cuidado, casi se podría decir que con cariño. Con amor. Y, cuando escupió mi hueso en su mano y se quedó mirándolo como en éxtasis, pude confirmar que no me había equivocado, que lo había elegido bien y que el joven muchacho también me amaba tanto como yo lo había querido a él. Y si supe todo eso no fue solo por la forma en que me había mirado en nuestros encuentros previos, ni por el modo en que me había sujetado entre sus dedos antes de nuestro maravilloso beso, ni por la delicadeza con la que me había masticado y saboreado, no. Lo supe, más bien, por las palabras que mi elegido dedicó a lo que quedaba de mí, a ese huesecillo mío que seguía sosteniendo sobre su juvenil palma y del que no apartó la vista en ningún momento, como si quisiera conservarme para siempre en su vida. Pronunció aquellas esperanzadoras palabras, las que nos mantendrían juntos por toda la eternidad, con un acentuado tono de absoluta felicidad:
―Abuela, ¿y si lo plantamos en nuestro jardín?
