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La lágrima de la Virgen (V de VI)

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El relato «La lágrima de la Virgen» forma parte de mi libro «Comprimidos para la memoria o recuerdos comprimidos» (Valencia 2017)

Pese a las muchas gestiones que madre e hijos, auxiliados por Florián, hicieron para aclarar la muerte de Diego, nada se supo. Hasta Bernardo, quizás arrepentido por su desvergüenza con Gabriela, publicó que entregaría una suculenta recompensa a quien desvelara la identidad del asesino.

Felipe no dudo en manifestar su opinión al respecto:

—Más valdría que hubiese destinado esos maravedíes a que madre pudiese quedarse en la alquería hasta encontrar en que emplearse.

Tres días después de la procaz escena había aparecido la hija de Bernardo acompañando a un matrimonio que decían tener prisa por ocupar sus estancias en la alquería, lo que precipitó la partida.

Gabriela inició el traslado al pueblo acompañaba por Felipe y el único carretero al que habían podido contratar con las pocas monedas de que disponían para la mudanza. Antes de que hubiera transcurrido media jornada les alcanzó Florián, montado en un jamelgo color canela y seguido por una vieja y exhausta mula, que parecía a punto de desfallecer bajo una descomunal carga.

—¿Qué os trae por aquí maese Florián? — inquirió Felipe.

—En la Santa Hermandad ya no me miran con buenos ojos y he decidido unirme al Somaten de tu pueblo.

Gabriela, enrojeció, lo miró de forma indefinible, pero no dijo nada.

Juntos prosiguieron las cuatro jornadas de marcha hasta su destino. Al llegar al pueblo no se hablaba más que de una aparición. El día de San Juan, una semana después de que Gabriela enterrara a su Diego, había aparecido en la playa del marqués una preciosa y antigua Virgen. Había sido hallada junto a una maltrecha barca que llevaba años varada en la marina. La Virgen no tenía señal que permitiese identificarla. La gente andaba revuelta con el hallazgo y algunos paisanos, siguiendo el ejemplo del marqués, ya la denominaban su patrona. Hasta entonces el desacuerdo entre los distintos canónigos del pueblo había impedido que fuese proclamada patrona ninguna de las patrocinadas. Con este milagroso hallazgo creían haberla encontrado, la llamaron Virgen de la Barca, aunque hubiera otra con ese nombre, allá, por Galicia.

Tanto se habló de ella, que desde pueblos no muy próximos se acercaban a contemplarla, lo que alentó a Gabriela a que montara rápidamente la hospedería. En menos de dos semanas daba albergue y condumio a quienes se acercaban al pueblo a mercadear o peregrinaban a ver la nueva Virgen.

Tanto se habló de la ella, que Gabriela, reacia en principio a visitarla por no ser de las talladas por su marido, condescendió, más de un año después de su llegada, en acercarse a verla en la iglesia del marqués, lugar en la que se la veneraba.

Se decía que desde que se expuso a la Virgen los cepillos de la iglesia del marqués rebosaban y hasta el humor del noble había cambiado. Decían que la Virgen venía de Tierra Santa y que era muy antigua, según pericia de Bernardo, al que habían llamado, como especialista.

El viejo tallista se había deshecho en elogios sobre la imagen y había asegurado que el origen de la misma se remontaba a doscientos o trescientos años atrás y provenía de algún gran maestro oriental. Eso aumentó su fama.

Gabriela se sintió observada por la Virgen desde una hornacina en lo alto del ábside. El hueco siempre había estado vacío, pero parecía hecho a medida de la imagen. Le gustó y pensó que también le habría gustado a Diego, por lo que decidió que volvería a visitarla a menudo. Cuando volvía a su casa se le cruzó un clérigo de mirada estrábica, lo que le recordó una gozosa y casi olvidada tarde. Lo que le arrancó, como si de un regüeldo se tratase, una carcajada preñada de dolor, que molestó en sobremanera al capellán.  

Con el paso del tiempo, Bernardo la presentó al sacerdote como la viuda del mejor escultor que había tenido. Bernardo solía acudir al pueblo y frecuentaba la iglesia. Algún negocio tendría. Se alojaba en la posada de Gabriela, aunque nunca le reiteró sus turbios anhelos. Desde entonces el eclesiástico se mostraba respetuoso con ella, a partir de entonces la saludaba siempre que se cruzaban fuera por el pueblo o cuando acudía, acompañado por Bernardo, a comer a su fonda que había adquirido gran fama por los alrededores, aunque menor que la de la Virgen. Gabriela, a pesar de ello,  notaba que la actitud del cura no era sincera.

Felipe había partido hacia Centroeuropa en un ejército formado por españoles e italianos en auxilio de los parientes austriacos del rey Felipe IV. Ante la inamovible decisión de Felipe, Gabriela se había resignado, a pesar de los temores que la seguían asaltando. Mariano ya era oficial tonelero en Valencia, su compañera había parido una niña que habían traído al pueblo para que su abuela la conociera. Esta, aunque aún podía ser madre, se alegró de ser abuela. Afortunadamente la gran actividad de la fonda y las visitas de Florián, cada día más frecuentes, apaciguaban las inquietudes que sentía por el menor de sus hijos.

La devoción popular por la nueva Virgen se robustecía, la fama de las curaciones que se le atribuían habían traspasado los límites provinciales y pronto los exvotos inundaron las paredes y el techo de la sacristía, la iglesia debía permanecer abierta de sol a sol para recibir a cuantos peregrinaban hasta ella. Se trataba de una iglesia que, aunque grande, era propiedad particular del marqués, que en los asuntos puramente canónigos la regía mosén Macario, que así se llamaba aquel clérigo estrábico a soldada del marqués.

El negocio de Gabriela, se había consolidado al mismo tiempo que la fama de la Virgen. La fama que había adquirido su cocina, pese al poco tiempo que llevaba abierta, seguía de cerca a la de la Virgen y al ser uno de los tres únicos sitios en el pueblo en donde alojarse, desbordaba diariamente sus previsiones, lo que le había madurar una posible ampliación del negocio. Por aquel entonces Gabriela no podía acoger a cuantos se acercaban en busca de posada, a pesar de que todas las estancias que lo permitían ya albergaban catres, a excepción de lo que fue granero, que era el actual refectorio.

Su devoción a la Virgen le hacía abandonar el negocio, tras los desayunos, durante unos momentos, para visitarla. De allí solía volver con Florián.

Por aquel mismo tiempo también se quería ampliar la iglesia que cobijaba a la Virgen de la Barca.

Alberto Giménez Prieto

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