Portada » Amir Nasr-Azadani

Javier Serra

El ya ex seleccionador español de balompié, Luis Enrique, declaró pocos días antes del comienzo del mundial que la lectura de obras filosóficas de autores clásicos del estoicismo como Marco Aurelio (emperador de Roma) o Epicteto (esclavo en Roma, ¡qué formas tan diferentes de vivir y no obstante tan similares en el pensar!) le habían transformado hasta el punto de vender su Ferrari, nada menos, pues de pronto adquirió conciencia de que no lo necesitaba. Ignoramos si también se habrá desposeído tal como hizo Diógenes del resto de sus posesiones materiales excepto un barril en el que vivir o qué habrá hecho con el dinero obtenido por su venta. Quizá lo haya invertido en la compra de un Pórtico de estilo minimalista para algún nuevo Zenón.

Mientras tanto, miles de familias aún deben estar llorando la muerte de sus maridos, esposas, hijos, fallecidos en diferentes circunstancias mientras construían como mano de obra prácticamente esclava los fastuosos estadios en los que se ha jugado el mundial de balompié.

Irónicamente, parece ser que al mismo tiempo en que esas familias lamentaban la pérdida de sus seres queridos, la vicepresidenta del Parlamento Europeo, la miembra del Partido Socialista Panhelénico Eva Kaili, aceptaba (siempre presuntamente) sobornos por parte de jeques qataríes a cambio de recibir un trato de favor por parte de la más alta institución de la Unión Europea.

Jeques que por cierto acumulan Ferraris de los que Luis Enrique reniega en los inmensos garajes de sus aún más inmensas fincas obtenidas con sus todavía más inmensas fortunas.

Sin embargo, en un país cercano a Qatar tanto geográfica como culturalmente llamado Irán (pero no volverán), multitudes salían a manifestarse en diferentes ciudades del país por el trato inhumano dispensado allí a las mujeres (el caso que colmó el vaso de su paciencia fue el de Mahsa Amini, golpeada hasta la muerte en una comisaría por no llevar el velo ajustado con la precisión milimétrica exigida por los cánones religiosos allí vigentes). Las protestas llegaron hasta el mismo mundial, donde los jugadores de la selección iraní rehusaron cantar el himno de su país mientras sonaba antes del primer partido que debían disputar. También ignoramos (más desconocimiento añadido) qué gesto de protesta hubieran realizado los futbolistas españoles de haberse propuesto exhibir alguno, porque de haber imitado el de los iraníes nadie lo hubiera notado, ustedes me entienden.

A las autoridades de esa república islámica, como a todos los megalómanos que se creen investidos de un poder sobrenatural o viven embargados por un extraordinario complejo de superioridad, no les gusta demasiado que el resto de los mortales critiquen sus decisiones. Por ello decidieron condenar a muerte a Amir Nasr-Azadani, jugador de balompié profesional iraní que se atrevió a desafiar al régimen defendiendo los derechos de las mujeres de su país a existir en un plano de igualdad con sus semejantes varones. Ignoro de nuevo si cuando lean este artículo ya habrán colgado a ese héroe de una grúa en una plaza pública, como suele estilarse por aquellas tierras. Quizás a este artículo le iría como anillo al dedo, al igual que la novela de Ernesto Sábato, el título de “Sobre héroes y tumbas”. Pero creo que merece llevar por título el nombre de ese mártir por la causa de los derechos humanos.

Eso sí, el mundial se siguió jugando como si no pasara nada. Como si la cosa más importante de las que no son importantes en absoluto (así situó Valdano el balompié en el universo humano) fuera realmente una de las más importantes. El sentido de la vida incluso para turbas de aficionados sedientos de goles. Como mucho algunos seguirán vendiendo sus Ferraris en Wallapop para al fin y al cabo comprar otras cosas innecesarias con el dinero obtenido. Da la impresión de que nos hemos transformado irremisiblemente, como señalaran Deleuze y Guattari allá por el mayo del 68, en máquinas deseantes que parecen ser solo eso, máquinas, movidas por el combustible de un deseo que no podemos evitar y que, al contrario que el resto de energías, se nos ofrece día a día en mayores cantidades y sin coste alguno pero que resulta cada vez más caro aplacar: nos está costando la dignidad. Como mínimo.

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