El abuelo
Apenas falta una hora para la salida y Alicia sigue colocando las felicitaciones de navidad sobre la chimenea, la de los Martínez, los García, los Strauss. A estos últimos los ha conocido el mes pasado, pero la costumbre es la costumbre y esa misma mañana recibió la felicitación de rigor.
Mira por la ventana, el taxi no ha llagado, comienza a impacientarse, le sudan las manos, echa un vistazo a sus maletas, están todas alineadas junto a la puerta de entrada, como una columna de infantería dispuesta a emprender la marcha. Una, dos, tres y hasta cuatro maletas, su bolso y una mochila donde lleva su ropa y sus efectos personales, las maletas van repletas de regalos para sus padres, sus hermanos…
El más importante, el de su abuelo Calisto, tardó dos semanas en encontrarlo, quería que fuera muy especial, tan especial como el propio abuelo, era una estatuilla de bronce representando a un bohemio tocando el clarinete, vestía un traje arrugado y una larga bufanda que le llegaba casi hasta los pies, calzados con unas botas raídas por el uso. Era la misma estampa de su abuelo cuando éste tenía treinta años y conoció a su abuela Asun. Cuando Alicia vio la figura su corazón dio un vuelco. Ese seria el mejor regalo que le podía ofrecer a su abuelo.
La bocina del taxi la devuelve al presente, mete su equipaje al ascensor cierra la puerta con llave y se la entrega a su casera.
─ Por favor no se olvide de dar de comer al gato y regar las plantas.
─ No te preocupes, tu gato y tú me hacéis mucha compañía y no quiero perderos. Diviértete y vuelve pronto.
─ En una semana estoy de vuelta ─ Dijo adiós con la mano y apretó el botón de la planta baja.
Alicia llega a Madrid, en la estación de Atocha la esperan sus padres. Después de los besos, abrazos y alguna que otra lagrima de emoción, cargan el equipaje en el coche.
─ Siempre igual, la próxima vez traigo una furgoneta ─ dice su padre entre risas.
Al llegar a casa, el abuelo la está esperando en el portal. Alicia corre a refugiarse entre los brazos de su abuelo. En ese momento vuelve a ser esa niña chica a la que lo que más le gustaba era sentarse en el salón, a los pies del abuelo y escuchar una y otra vez, sus muchas historias.
─ Te he traído un regalo de navidad, pero te lo voy a dar ahora en cuanto entremos y lo saque de la maleta, no puedo esperar más para ver la cara que pones.
Cuando Calisto abre el paquete, lágrimas de emoción corren por sus mejillas y muy bajito, casi susurrando, dice
─ Mira Asun así era cuando nos conocimos, qué pena que ya no estés conmigo para disfrutarlo juntos.
Germana Fernández
