PASAR EL ABUELO AL ARCHIVO
Hace unos días recibí la visita de mi amigo Juan. Se presentó en casa sin avisarme con la disculpa de que quería felicitarme personalmente por mi 90 cumpleaños, cosa extraña porque siempre lo hizo a través del teléfono. Como nos conocemos hace años intuí que algo de importancia quería contarme. Nos metimos en mi refugio, una sala espaciosa separada de la casa por un patio que hace de biblioteca, de despacho donde desarrollo todas mis actividades administrativas, donde doy forma a mis proyectos, leo, pienso y escribo, abro la caja de los recuerdos y pongo alas a mis sueños y esperanzas. Sé que algunas mentes romas y brutas pensarán, ¿sueños, esperanzas a los 90 años? Precisamente a mi edad es cuando no deben faltar esas dos cosas. Sin sueños, sin esperanza y sin entusiasmo la vida se convierte en un infierno, en “un muerto que come”, como he dicho en alguna que otra ocasión.
Fue precisamente la falta de entusiasmo en la cara de mi amigo Juan lo que dilató el conflicto interior que le martirizaba, su rostro aparecía surcado por la preocupación. Así que después de una primera conversación banal me fui directamente al grano y le pregunté qué le pasaba, pues su aspecto no era el de otras veces, enérgico, seguro, vital y entusiasta. Como estaba deseoso de descargarse pues me contó esto que yo cuento resumido:
En los primeros días de enero con motivo de la celebración de la Epifanía se juntaron los hijos con las nueras y nietos en una comida. Al término de ésta el tema de la conversación fue Juan, el abuelo que ya estaba muy mayor y, según sus hijos y sus mujeres debía dedicarse ya a descansar pues ya había trabajado bastante (Juan ha cumplido 83 años). Descansar significa dejar la administración de sus fincas de frutos tropicales y repartir la hacienda y ellos se encargarían de que a los abuelos no les faltara nada.
Juan escuchó en silencio sin decir nada, conteniéndose por la rabia que le estaba royendo las entrañas. Cuando los hijos y las nueras terminaron su exposición, Juan sólo dijo que lo pensaría. Se levantó y se metió en el aseo cerca de donde estaban reunidos y, no pudo evitar oír la voz de un nieto que dijo con sorna: “ya queréis mandar al abuelo al archivo”.
Esto fue en síntesis lo que me contó mi amigo Juan, causa de su pena y de su desesperación. Estas situaciones no son extraordinarias sino muy comunes. Después de escuchar a Juan los dos guardamos un largo silencio y finalmente le pregunté qué pensaba hacer. Me contestó tan rápido que me dio a entender que ya había tomado una rotunda decisión y así era, dijo:
“Les daré las gracias por ese interés que se habían tomado por mi descanso y por el bienestar de los abuelos, pero que en absoluto me sentía cansado y por tanto seguiré como hasta ahora, activo y desempeñando todas mis tareas, yendo al campo y gestionando mi pequeño patrimonio. El descanso vendrá cuando me muera. Por tanto, quiero morir en pleno trabajo, sabiendo que otros continuarán lo que yo ya no puedo hacer y, contento al pensar que se hizo lo que fue posible hacer. Pero mientras tanto me creo con las suficientes fuerzas y capacidades para gobernar mi casa y mi vida. Además, intento seguir lo que me dijo aquel pintor francés, Chagall: “mientras tengamos vida, debemos pintar con nuestros propios colores del amor y la esperanza”. En esto estoy, pintar con mis propios colores y no con los que otros intenten que pinte y arrumbarme al pasado, a la nada. Esta nueva sociedad piensa que los mayores no podemos tener sueños y esperanzas de futuro. Por lo que a mí respecta no pienso caminar hacia atrás.
Me parecieron muy sabias sus palabras y muy acertada su decisión de no rendirse. “el archivo del abuelo puede esperar”. Seguidamente descorchamos una botella de vino a modo de celebración y nos dimos unos tragos. El mundo se veía de otro color. La alegría había vuelto a su cara y volvía a ser el Juan de siempre. Y como es “muy leído”, como por aquí se dice al que lee y sabe, pues me soltó una serie de citas acordes con el tema; este de Leonardo Da Vinci: “El hierro se enmohece por desuso, el agua estancada pierde su pureza y cuando hace frío se congela; así llega la inactividad los poderes de la mente”.
Ni más ni menos es lo que querían hacer mis hijos y mis nueras conmigo, que me congelara, que me enmoheciera y… vi brotar de nuevo la alegría, el entusiasmo, la esperanza y las ganas de vivir en la cara de mi amigo Juan. Me acordé entonces de aquellas de Ausias March: “El hombre nunca encuentra el fin, solamente nuevos puntos de partida”.
Sin duda, Juan había encontrado de nuevo un punto de partida.
Y para terminar me quedo con la frase del poeta libanés, Khalil Gibrán que siempre me trae una nueva esperanza: “En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche viene una aurora sonriente”.
JOSÉ ANTONIO BUSTOS

Buen artículo, cómo siempre
Magnífico, como siempre y esperanzador para las personas que ya tenemos cierta edad.
Estupendo, José Antonio. Muy cierto. Lo comparto plenamente contigo y con tu amigo Juan.
José Antonio Bustos gran amigo de mi padre, siempre una lección de vida, ese entusiasmo por la vida ¡ Grande!.
Excelente artículo José Antonio.
Eso de «pasar el abuelo al archivo» es muy común hoy día.
Gracias a Dios nuestros hijos piensan de otra manera.
Un abrazo.