REFLEXIONES PARA LA VIDA
Pongamos en práctica los tres aspectos de Dios: VOLUNTAD, SABIDURIA Y AMOR. Pero ¿qué voluntad? ¿La de imponer? ¿O tal vez la de dominar? No, que sea la Buena Voluntad, regida por una sabia decisión, tomada con Amor y discernimiento. Entonces surgirá la resolución de todo lo confuso que nos acontece. Resolución que es probable nos lleve a ser contundentes a la hora de actuar, tanto con nosotros mismos como con aquellos que puedan estar implicados. De este modo la Verdad se hará evidente y podremos al fin liberarnos todos del yugo continuo auto impuesto como condena y castigo. Somos libres de ejercer la voluntad, la propia, pero no contra los demás, sino en beneficio de todos, incluso de nosotros mismos.
La incomprensión ha sembrado numerosas guerras en todo el mundo. La avaricia llevó la pobreza a equidistantes lugares. El egoísmo trajo consigo la superioridad de las razas y el enfrentamiento entre las religiones. Cuando el hombre actúa, con frecuencia ignora el alcance de sus acciones. Si supiera que el odio tiene raíces que se hunden en varias generaciones, desterraría para siempre todo sentimiento de perfidia y de maldad.
Descubrir que la vida es un don preciado que debemos cuidar con esmero y solicitud, nos hará más generosos frente a nosotros mismos y nuestros semejantes. Descubrir que es inútil someter por la fuerza, dado que solo la verdadera comprensión nos aúna y libera, fomentará la solidaridad entre los pueblos de la tierra. Si queremos que el mundo sea un lugar diferente, donde nuestros hijos puedan crecer en Paz y Prosperidad, tenemos que preguntarnos, al menos una vez al día, si estamos haciendo lo correcto. Y en caso contrario rectificar a toda prisa.
La Paz es un don sumamente preciado y necesario, que no consideramos lo suficiente. La Paz de la que hablo no es solo aquella que mantenemos con nuestros familiares, amigos o semejantes. Es la Paz que habita todos los momentos y lugares, es la Paz que todos llevamos en nuestro interior. Sin duda la única que no puede instaurar todo el oro del mundo. Esa Paz es genuina y tan nuestra que la perdemos con más frecuencia de lo que debiéramos. Sin embargo, basta un sencillo acto de voluntad para volver a recuperarla.
Poco antes de irme a la cama voy bajando el tono mental, predispongo todo hasta quedarme a media voz. Luego, esta voz se hace mucho más distante y desaparece por completo. Entonces me arropa el sueño en una agradable y confortadora sensación semejante al calor de las mantas en invierno. Transportado en sus alas transcurre la noche sin que al despertar tenga el menor recuerdo. Más tarde, y a lo largo de la mañana, me muevo ligero y tranquilo, consciente y despejado. En cambio, cuando por diversas razones los pensamientos se ven alterados y bullen en todas direcciones al tiempo de acostarme, no es sólo que dé vueltas hasta cansarme, es también que me levanto apaleado y me abruman en la mañana un sin fin de imágenes.
El silencio es tan acogedor que a menudo me refugio en él y detengo las palabras. Dejo que una especie de quietud, de calma interior, se extienda hasta sosegar mi mente. Entonces, una vez calmados los pensamientos, sobreviene una sensación dulce. Quedarse quieto, detenido, es también darnos una oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos. Abrir un paréntesis en la continua agitación en que vivimos, supone cuando menos un puente sobre el abismo. Por ello te invito a tomar con frecuencia un buen trago de silencio, que entres en continuos éxtasis de silencio, que te abraces al silencio una y otra vez. Creo que nada o poco voy a equivocarme si te digo que aquellas cosas que vienen con el silencio, van a sorprenderte en más de una ocasión.
Son muchas las ocasiones en que oímos hablar del Maestro. Existe aquella frase consabida de «cuando el alumno está preparado, el Maestro aparece». Y cruzamos por la vida buscando al Maestro desesperadamente. Y nos preguntamos en cada esquina cuándo llegará. Puede incluso que lleguemos a frustrarnos al comprobar con el paso de los años que la presencia física del Maestro nunca se concretó. A mi parecer esto no es sino fruto de nuestra ignorancia. No concibo que podamos avanzar un solo peldaño sin estar motivados por un designio, sin que una voz queda y profunda nos hable desde adentro señalando la mejor dirección. Podemos quedarnos a contar las interminables horas en que aguardamos la supuesta llegada de un Maestro lejano. O, por el contrario, damos gracias y aceptamos seriamente al Maestro interior, que desde el comienzo nos ha acompañado y en ningún recodo del camino nos va a abandonar.
Voy a hablaros del Amor, del Amor que es Luz para quien lo ofrece o lo recibe. El Amor que erosiona toda dificultad, que vence todo obstáculo. Os hablaré del AMOR con letras grandes, luminosas, pues se trata del motor que agita los corazones para que avancen por el océano de la vida. Os diré de él que lo recibáis si os lo ofrecen y entregadlo si veis que lo necesitan. El Amor tiene la mágica propiedad de corresponder igualmente al que lo porta como estandarte o lo solicita continuamente en sus oraciones.
Con frecuencia sostenemos que la Verdad es lo que decimos. Sin embargo, la Verdad es mucho más de lo que incluso imaginamos. Podemos, eso sí, exteriorizar alguna parte. Pero al igual que sucede con los icebergs, el 90 % está bajo la superficie. Consideramos ciertas tantas mentiras, que si la Verdad toda nos fuese dada a contemplar nos sobrepasaría de forma inconcebible. Pero estamos llamados a conocer la Verdad, la Verdad toda, y la contemplaremos tarde o temprano.
Antonio Quero
